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Reliquias históricas en la CDMX que seguro no conocías

13 de septiembre de 2018

Alder Hugo Corona Amador.

Checa las reliquias históricas poco conocidas de la Ciudad de México, y sal a conocerlas este mes patrio.

“No me explico todavía

El porqué te has alejado

Si bien sabes vida mía

Que eres tú mi adoración

Todo México me ha visto

Calle arriba y calle abajo

Por doquiera te he buscado

En mi desesperación”


Por las calles de México

Mario De Jesús – La Sonora Santanera


El 8 de noviembre de 1519, en la intersección de las hoy calles de República del Salvador y la Avenida Pino Suárez, Moctezuma Xocoyotzin, noveno Huey Tlatoani, llegó en compañía de sus nobles a su cita con los invasores.


“Otros muchos señores venían delante del gran Montezuma, barriendo el suelo por donde había de pasar, y le ponían mantas para que no pisase la tierra”, escribió Díaz del Castillo. El gobernante bajo de sus andas, con distinción mostró sus riquezas, usaba perlas, un medallón a la altura del pecho, sandalias –el único calzado de los nativos- y un penacho de oro, decorado con hermosas y alargadas plumas de quetzal, águila y flamenco. Cortés intentó acercarse pero un par de hombres le impidieron tocarlo. Donde el mundo europeo y la nación Mexica cruzaron sus destinos, actualmente se alza el Templo de Jesús Nazareno y el antiguo Hospital de Jesús, frente al palacio de los Condes de Santiago de Calimaya.


En los primeros años del renacimiento en Europa, la antigua ciudad de Tenochtitlán rindió sus defensas ante el ejército invasor que los acorralaba. Un asedio de 11 días venció los intentos de la capital del imperio por sobrevivir, cedió el 13 de agosto de 1521 frente a una hueste que penetraba a través de sus puertas; fue entonces cuando una potencia mesoamericana que disfrutaba la guerra, perdió la más importante de toda su historia.


Con la caída de Tenochtitlán a manos de Cortés, inicia la historia de casi 500 años de la ciudad. Una hazaña imposible, esta es la ciudad que no debía estar, pero existe. Donde la historia se encuentra con sus ciudadanos.



El hospital de Jesús



Este hospital, abrió sus puertas en 1524, en el valle de México que después de la conquista adquirió un estilo europeo, y su construcción acabó un siglo después. Su diseño es responsabilidad de Pedro Vázquez y en el proceso participó Alfonso Pérez de Castañeda, quien dirigió la construcción del templo contiguo. Una leyenda cuenta que esta iglesia ganó una imagen de Jesús de Nazaret en un sorteo, pero como la comunidad carecía de recursos y estaba imposibilitada a darle un hogar a la figura, solicitó que se repitiese la rifa. Volvió a ganar el hospital y de igual forma en los intentos sucesores, hasta que finalmente decidieron conservarla y se retomaron las operaciones para consagrar el recinto en 1668.


La clínica se ha convertido en la más antigua del continente, sobrevivió los 300 años del México virreinal, los 200 años de la soberanía nacional y sigue funcionando hasta nuestros días. Cortés pasó a la historia como esos maquiavélicos personajes que apegados o no a la realidad, para cambiar su fama habría que viajar al pasado y reescribir la historia. El conquistador dejó dicho en su testamento las razones tras la existencia del edificio y por qué quería construir una obra de esa naturaleza, su deseo era ofrecer los esfuerzos del hospital a la gracia divina, anhelaba así poder expiar sus culpas. Lo que Cortés buscaba era un sanatorio que sirviera a la posteridad y que quizás, pudiese darle descanso en la muerte.


Un documento filtrado de la embajada española, permitió hallar la tumba de Cortés a mediados del siglo XX en un muro contiguo al templo. Habiendo sido entregados sus restos a las autoridades respectivas, se tomó la decisión de devolver la osamenta al sitio. Las cajas de plomo, su cubierta exterior de terciopelo, el cofre de madera y la urna de cristal que integraban el recipiente donde yacían los huesos, fueron restaurados y devueltos al nicho. La comunidad de la iglesia vio colocarse una placa, por encima del muro, que hasta hoy, solamente reza: “Hernán Cortés 1485-1547”.


Sin vítores o sensación de bienvenida volvió Cortes a pasar la eternidad en el templo que levantó, al lado al hospital que debía servir para lavar sus culpas, clavado en el corazón de una ciudad que ayudó a construir y que aún lo ve con el rencor prolongado de la memoria.


El lugar aún conserva sus patios, escaleras y arcos, también su composición al interior; pero durante el siglo XX, con el ensanchamiento de la avenida Pino Suarez, la fachada del hospital fue destruida. En su lugar el arquitecto José Villagrán García, con una visión puramente racional de la arquitectura, cubrió los patios del antiguo edificio con materiales del mundo moderno. Podríamos que decir que, literalmente, envolvió la historia en concreto y vidrio.


García era un enemigo de la necedad, la distribución caprichosa, la abundancia o el lujo; en su lugar, abordó su trabajo a través de un estilo fundamental, sintético y axial. La construcción original quedó encerrada en una obra según los estándares modernistas; como en pocos sitios, en el Hospital de Jesús, convergen dos momentos históricos y sus respectivas expresiones artísticas.




Masacre en el Templo Mayor o La Conquista de Tenochtitlán



Cortés se alojó en el templo mayor, rodeado del pueblo Mexica, llamó a una reunión a sus capitanes y Moctezuma se convirtió en prisionero como una fianza de seguridad para los invasores. Pero poco después, Diego Velázquez de Cuellar -también conquistador y primer gobernador de Cuba- ordenó la aprensión o la muerte de Cortés, obligándolo a dejar la ciudad de Tenochtitlán. Al mando quedó Pedro de Alvarado que, temeroso de una rebelión, mando asesinar a los nobles de la ciudad durante las vísperas festivas del mes del Toxcatl.


Un fresco en uno de los muros del colegio de San Ildefonso, en el acceso al segundo nivel del edificio sobre la escalera, nos cuenta la historia. Mide 4.8 por 7.8 metros y fue pintado por Jean Charlot entre el 2 de octubre de 1922 y el 31 de enero de 1923, a más de 400 años después de los sucesos.


“Ya entrada la noche, mientras pintaba bajo la raquítica luz del foco, mi espíritu estaba propenso a preguntarme y a murmurar como era que estos efectos tan difíciles de lograr fuesen tan deslumbrantes como los de Picasso”


Charlot pintó a los soldados españoles sin rostro, como robots, los despojó de su humanidad para darle sentido al trabajo que realizaba e hizo un autorretrato en la esquina inferior del mural; en él se le ve junto a Rivera y a Fernando Leal, contemplando la historia de un país que ni siquiera era suyo.




El templo de San Hipólito



Delante de San Hipólito existió un foso con fortificación que defendía la calzada de Tacuba, donde las tropas europeas sufrieron el mayor golpe durante la guerra, el recuerdo amargo los hizo levantar allí una Ermita tras el fin de los combates. Después de haber sido renombrada en distintas ocasiones, fue dedicada a San Hipólito; y en él un grabado muestra a un hombre siendo llevado por un águila, esculpido por José Damián Ortiz de Castro.


En su libro, “México viejo”, Luis González Obregón abre con la leyenda detrás del monumento, como para recordarnos que esta ciudad está construida de tradiciones e historias. La leyenda nos presenta a un labrador del pueblo de Texcoco en tiempos del emperador Moctezuma, quién mientras cultivaba advirtió una enorme ave acercándose, para después encontrarse envuelto en las garras del animal a una gran altura. El águila lo transportó hasta un monte y lo soltó en la entrada de una cueva; dentro, el labrador halló un aposento iluminado y en él, al emperador Moctezuma recostado.


"Mira ese miserable Moctezuma," se escuchó una voz, "está sin sentido, embriagado con su soberbia e hinchazón. Si quieres ver cuan fuera de sí se encuentra, dale con este humazo ardiente en el muslo y verás como no lo siente."


El labrador así lo hizo, y marcó al emperador que dormía en la cueva con fuego. Cuando el águila lo llevó de vuelta frente a Moctezuma para que lo hiciese entender que tenía enojado a los Dioses con su vanidad, el emperador, al revisar su muslo encontró la quemadura que el lacayo había hecho a su doble y que no le había causado ningún dolor.


Moctezuma, sin embargo, ignoró la advertencia y mandó encerrar al labrador sin comida ni agua, para que muriese de hambre. La desgracia cayó sobre su imperio y su poder, por orgullo, desapareció a manos del enemigo. Eso dice la leyenda, y está narrado en la piedra que adorna una de las piezas de San Hipólito, la confluencia entre la calle Zarco y la avenida Hidalgo.




La serpiente aprisionada en el Museo de la Ciudad de México



En la esquina del ex Palacio de los Condes de Calimaya, hoy Museo de la Ciudad de México, hay una serpiente esculpida en basalto que muestra sus fauces y ha visto pasar cantidad de peatones, a lo largo de los siglos.


La serpiente en el cruce al costado del edificio, fue hallada en el siglo XVIII mientras se realizaban las excavaciones para la construcción de una Ciudad Capital. Quedó allí, hundida en la fría piedra de una noble residencia, curiosamente, al frente del lugar en el que Moctezuma se vio por primera vez con Cortés; donde, de alguna forma, se reinventó la ciudad y comenzó la caída de Tenochtitlán. Ahora vigila el paso de los ciudadanos, los secretos de las crónicas que se han escrito respecto a esta ciudad a la que vio caer, de la que resurgió y en la que pasará más años que cualquier hombre.



Del Imperio Azteca nos quedan sus monumentales templos, del Virreinato los portentosos palacios, pero no somos ninguno, ni conquistadores, ni subyugados. Esta ciudad se reconstruye, su identidad y la de sus ciudadanos es producto de una evolución sabia, con raíces milenarias y forasteras. De esta ciudad surgimos, en ella nacimos o nos recibió; a ella le damos todo y a cambio nos dejamos cobijar en sus calles, aquí nos encontramos, compartimos los sueños y trabajamos por todos. Esta ciudad nos alimenta y le estamos en deuda; nos permite ser lo que queramos y con el tiempo nos fundirnos en sus crónicas para ser un episodio más en la ciudad de las historias.



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TAGS: Historia del arte historia de méxico crowdsourcing
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


Colaborador

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