La historia del genio que entendió el amor después de la muerte

martes, 11 de julio de 2017 11:07

|alejandro lopez


Richard Feynman conoció a Arline Greenbaum antes de los 17 años mientras cursaban la preparatoria. A pesar del carácter tan diferenciado entre ambos, la brillantez del físico conquistó poco a poco a Arline, sin importar el sinfín de pretendientes que acechaban a la pianista aficionada; una chica con dotes artísticas que complementaban perfectamente a la rigidez de Richard (y viceversa).

Más tarde y después de hacer patente su inteligencia para resolver problemas complejos y habilidad innata para las matemáticas, los profesores de Feynman sabían que el joven debía asistir a una universidad donde pudiera desarrollar al máximo sus habilidades. Después de ser discriminado al intentar ingresar a Columbia por sus raíces judías, Richard eligió el MIT (Massachusetts Institute of Technology) donde finalizó sus estudios en 1939, mientras mantenía una relación a distancia con Arline, misma que con el paso de los años se fortaleció de las diferencias de ambos hasta crear un núcleo sólido que ni siquiera la distancia pudo separar.

Tres años más tarde, Feynman ingresó a Princeton con la etiqueta de prodigio, sin saber que sus investigaciones habían dirigido su nombre hacia el Congreso, donde en plena Segunda Guerra Mundial se gestaba un ambicioso plan para lograr desarrollar la primera bomba atómica antes de los alemanes. El "Proyecto Manhattan" reunió a los científicos más brillantes de entonces bajo las órdenes de Roosevelt –y tras una advertencia malentendida de Einstein– para trabajar en distintos ensayos atómicos hasta conseguir un resultado exitoso.

Feynman fue uno de los físicos reclutados por Julius Robert Oppenheimer, científico a cargo del proyecto. La iniciativa gubernamental le hizo separarse una vez más de Arline, esta vez en un contexto trágico: un par de meses antes, Greenbaum y Feynman se habían comprometido a pesar de que la salud de Arline se encontraba delicada a causa de una tuberculosis que poco a poco le impedía llevar una vida normal.

Después de tres largos años, donde aprovechaba cada instante libre para visitar a Arline, la enfermedad de su esposa se tornó irreversible. Su estado de salud empeoró súbitamente, mientras, Richard se preparaba para el primer ensayo nuclear en Nuevo México, en junio de 1945. Como una pesadilla que paulatinamente se hace realidad, Feynman se había preparado para recibir la llamada una y otra vez en su mente. Visualizaba el instante en que tendría que manejar a toda velocidad hasta Albuquerque, a cuatro horas de distancia, e imaginaba todo el dolor que sentiría en aquél instante.

Finalmente, la fatídica llamada llegó al laboratorio el 16 de junio de 1945. Arline estaba en su lecho de muerte y Richard siguió el protocolo que había practicado en su imaginación durante tanto tiempo. Cuando llegó al hospital aún encontró a su esposa con vida; sin embargo, Arline fue incapaz de pasar otra noche con vida.

Para Feynman, la preparación y el espíritu crítico que cargaba consigo, propio de su quehacer científico, le impidieron vivir el duelo por la partida del amor de su vida. El físico pasó por un estado de shock disfrazado de aparente calma, del temple que otorga dominar la complejidad de una ciencia y formar parte de la élite que trabajaba para el gobierno en un proyecto secreto.

«No sabía cómo me iba a enfrentar a todos mis amigos en Los Alamos. No quería que la gente con largas caras me hablara de la muerte de Arline. Alguien me preguntó qué pasó. "Está muerta. ¿Y cómo va el programa?", respondí».

Richard no soltó una sola lágrima en todo el duro proceso de ver morir y enterrar a su esposa. El físico se mantuvo estoico, actuando con la misma fortaleza que Arline lo hizo desde que se enteró de que la tuberculosis estaba acabando con su vida. Durante todos los años juntos, el físico siempre mostró el coraje y escepticismo que lo caracterizaron, hasta que después de un mes, descubrió cuán sólo estaba luego de mirar fijamente un vestido en un escaparate y pensar cuánto le gustaría a Arline. Un año y cuatro meses después de su partida, el 17 de octubre de 1946, Richard decidió escribir una última carta a Arline, con la que puso final a su correspondencia, al estado de shock que lo caracterizó durante el proceso de duelo y donde mostró sus sentimientos como nunca antes:

«D’Arline,
Te adoro, corazón.
Sé lo mucho que te gusta escucharlo. Pero no te lo digo sólo porque te guste. Te lo digo porque me hace sentir un calorcillo por dentro cuando lo hago.
Hace muchísimo tiempo que no te escribo, casi dos años, pero sé que me perdonarás porque me conoces y sabes que soy tozudo y realista, y no le veía mucho sentido a escribirte.
Pero ahora sé, amada esposa, que lo correcto es hacer lo que he venido retrasando tanto tiempo y que antes hacía tan a menudo. Quiero decirte que te quiero. Quiero quererte. Siempre te querré.
Me resulta complicado comprender qué significa quererte cuando ya te has muerto, pero aún así quiero consolarte y cuidarte, y quiero que tú me consueles y me cuides a mí. Quiero tener problemas de los que hablar contigo. Quiero hacer pequeñas cosas contigo. Hasta ahora no me había dado cuenta de que podíamos hacer cosas juntos. ¿Qué podríamos hacer? Juntos empezamos a aprender a coser, aprendimos chino y nos compramos un proyector de películas. ¿Puedo hacer algo yo ahora? No. Tú eras la mujer de las ideas y la instigadora general de todas nuestras locuras.
Cuando estabas enferma te preocupabas porque creías que no podías darme algo que querías darme y que pensabas que yo necesitaba. No tenías que preocuparte. Como yo te decía, te quiero tanto y de tantas maneras distintas que no me faltaba de nada. Y ahora es más cierto que nunca. No puedes darme nada y aun así te quiero tanto que sigues estando en el camino de mi enamoramiento hacia cualquier otra. Y quiero que siga siendo así. Tú, muerta, eres mejor que ninguna otra viva.
Sé que me dirás que soy tonto y que lo que deseas es mi felicidad, y que no quieres interponerte en mi camino. Seguro que te sorprende saber que no tengo novia (salvo tú, cariño) dos años después. Pero tu no puedes hacer nada, querida, ni yo tampoco. No puedo entenderlo, porque he conocido a muchas chicas estupendas y no quiero quedarme solo, pero al cabo de dos o tres citas ellas se convierten en cenizas. Tú eres lo único que me queda. Tú eres real».

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Danwin

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