El policía que descubrió el crimen que él mismo cometió sin saberlo

Jueves, 14 de diciembre de 2017 10:00

|Rodrigo Ayala Cárdenas
robert ledru

¿Se puede ser el responsable de un crimen sin saberlo? Robert Ledru vivió en carne propia esta posibilidad.



Su rostro se puso pálido al ver las huellas sobre la arena, justo al lado del cuerpo que yacía en ella con un tiro de revólver en el pecho. Los demás policías que habían llegado antes a la escena lo notaron y se sintieron extrañados al ver a su detective en jefe, uno de los más reputados de toda Francia, perder la compostura cuando algo que lo caracterizaba en su trabajo era la calma y la sapiencia para resolver un crimen.


Pero este no era cualquier asesinato. El cuerpo había sido hallado justo a la salida del Sol y Ledru había llegado tan sólo media hora después de haber sido avisado por sus agentes. El cadáver era el de un hombre de unos 35 años, complexión media y ropa que indicaba que no ocupaba una posición alta en la sociedad pero que tampoco carecía de recursos. Su nombre era André Monet, propietario de una tienda de vestidos en París que estaba de vacaciones en Le Havre, al parecer por motivos de salud.


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Robert Ledru se puso de pie y ordenó el traslado del cuerpo a la morgue. Por el momento no habría interrogatorios a los pescadores de la zona ni a nadie que pudiera ofrecerles una pista. Mandó que los agentes especiales extrajeran moldes de las huellas sobre la arena, las cuales les serían de mucha ayuda para dar con el culpable. Después abordó una patrulla y se dirigió en ella a la comisaría de París, a dos horas de camino.


El resto del trayecto lo hizo sumido en sus pensamientos, con la mirada clavada en el paisaje. El agente que lo acompañaba de vez en cuando echaba una mirada por el retrovisor para observar al detective. Ledru no podía dejar de recordar el rostro del cadáver, la herida en su pecho y las huellas que iban y venían de la escena del crimen. Se tapó el rostro con las manos y cerró los ojos para intentar calmar sus nervios.


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Al llegar a la comisaría pidió entrevista con su superior. Éste lo recibió con efusividad, pues sentía un especial cariño por su detective favorito, al que conocía desde sus primeros pasos en el cuerpo de policía francés hasta su consolidación, cuando se ocupó de la detención y desarticulación del grupo conocido como la Hermandad del Orden Social, un importante conglomerado de personajes poderosos que practicaban estafas y otros delitos para hacerse con el control de Francia y Europa entera.


Robert Ledru le devolvió el abrazo a su jefe y después tomó asiento en uno de los mullidos sillones de la oficina. «¿Y bien?», preguntó su superior a Ledru, «¿tienes alguna pista acerca de este crimen? ¿Asalto, rencilla, un asesino del que nos debamos preocupar?». Ledru guardó silencio unos instantes, meditando su respuesta. «Tal vez no le guste lo que tengo que decirle, pero no tengo opción», dijo Robert Ledru. «Creo que soy yo el que mató a aquel hombre: André Monet».


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Su superior abrió mucho la boca antes de decir: «¿Cómo que has sido tú? ¿Pero qué estupideces estás diciendo, Robert?» Por toda respuesta, Ledru sacó su revólver, lo abrió y le enseñó que en la cámara de las balas faltaba una. Después, comenzó a quitarse los zapatos, los calcetines y le mostró sus pies al superior. Éste se sorprendió al ver que a Ledru le faltaban los dedos pulgares. «Es un defecto de nacimiento», le dijo el detective.


Después comenzó su relato: «Esta mañana, cuando uno de los agentes me fue a buscar a mi alojamiento para notificarme del crimen, al despertar me di cuenta de que mis pantalones estaban húmedos de la parte baja. Al correr para buscar mis calcetines y zapatos, éstos estaban igualmente húmedos. Algo realmente extraño, ¿no cree? Al llegar a la playa, lo primero que noté además del cuerpo caído fueron unas huellas que iban hacia la escena del crimen, ahí se confundían con las de Monet y después se alejaban. Esas huellas no tenían el pulgar derecho… ¿Acaso este defecto es algo común en Le Havre o en todo Francia?»


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El inspector lo escuchaba con atención sin dar crédito a lo que decía. «Robert, ¿estás seguro acerca de las huellas? Tal vez crees que les falta el dedo pulgar pero no viste bien…». Ledru lo interrumpió: «Pedí una muestra de las huellas y en la morgue seguramente extraerán la bala que atravesó el cuerpo de Monet. Las muestras y el resultado de la autopsia deben estar a punto de llegar». Señaló el revólver que descansaba sobre una mesita: «Si mi teoría es cierta, la bala que le falta a mi arma debe ser la que está alojada en el pecho de ese pobre hombre».


«Pero hay algo que no entiendo», dijo el superior de Ledru. «¿Por qué lo hiciste? ¿Qué tiene que ver el detalle de tu ropa mojada con esto?». Robert Ledru se llevó una mano al rostro y habló: «Ésta es la parte más terrible de mi historia. Sospecho que soy sonámbulo. Seguramente en mitad de la noche me puse mi ropa, salí sigilosamente hasta llegar a la playa y ahí me encontré con André Monet cuando éste paseaba solitariamente en ella. Tal vez discutimos, tal vez simplemente al verlo saqué el arma y le quité la vida. ¡No lo sé!, pero me aterra saber lo que he hecho y el sufrimiento que le estoy causando a su familia!»


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Retrato de Robert Ledru


El jefe de Ledru intentó consolarlo y sobre todo, calmarlo. No había pruebas concluyentes de que él fuera el asesino, le dijo. «Quizá todo esto sea una gran confusión que tú mismo estás creando y el culpable esté allá afuera, Robert». Los hombres bebieron un poco de whisky y hablaron de otras banalidades para intentar aliviar la tensión. Pasadas dos horas, las pruebas de las huellas y de la bala llegaron a la comisaría. Las sospechas de Ledru resultaron ser ciertas: los moldes de las huellas mostraban la carencia del dedo pulgar y la bala alojada en el pecho del muerto era del mismo tipo que las del revólver del detective donde faltaba una de ellas.


«Soy un peligro para la sociedad, inspector. Retíreme del cargo, no soy apto para seguir ejerciendo», dijo con angustia el detective. «Espera, se me ocurre una última prueba para asegurarnos de que tus sospechas son ciertas, Robert. Si todo sale como lo estoy pensando, ya tomaremos las medidas adecuadas».


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Esa noche y las dos siguientes, Robert Ledru fue alojado en una celda de la comisaría parisina bajo la estricta vigilancia de dos guardias. A la tercera, Ledru despertó en la madrugada, tomó un revolver que le habían dejado a la mano y abrió fuego contra los agentes. Por fortuna, el arma no estaba cargada con balas de verdad sino únicamente de salva. Al día siguiente, al tanto de lo ocurrido, el jefe de Ledru se presentó en la comisaría para decirle lo que había ocurrido en la noche.


Ambos tomaron la decisión de que el detective debía retirarse del cuerpo de policía de inmediato. Efectivamente se constató que Robert Ledru padecía un cuadro de sonambulismo homicida. No sólo eso: desde hacia diez años era víctima de una infección aguda de sífilis mal tratada que en combinación con el gran estrés que vivía en su empleo lo había llevado a experimentar episodios recurrentes de sonambulismo grave.


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Tras grandes triunfos en la policía francesa, con un brillante futuro por delante, Robert Ledru decía adiós en junio de 1887 a una de las carreras más brillantes del sistema de justicia de Francia. Se tomó la decisión de recluirlo en una granja en las afueras de París bajo estricta supervisión médica. Así vivió hasta su muerte en 1937. El caso de este personaje ha sido revisado en libros como The Two Lives of Robert Ledru: an Interpretative Biography of a Man Possessed, de Frederick Oughton. 


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Rodrigo Ayala Cárdenas

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