Si Dios hablara contigo, te pediría que dejaras de rezar por él. Dios según Baruch Spinoza
Historia

Si Dios hablara contigo, te pediría que dejaras de rezar por él. Dios según Baruch Spinoza

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Por: Andreatrujillo

11 de marzo, 2016

Historia Si Dios hablara contigo, te pediría que dejaras de rezar por él. Dios según Baruch Spinoza
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11 de marzo, 2016





"Deja de rezar y disfruta de la vida, trabaja, canta, diviértete con todo lo que he hecho para ti. Mi casa no son esos templos lúgubres, oscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi morada. Mi casa son los montes, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es donde vivo. Deja de culparme de tu vida miserable. Yo nunca dije que eras pecador y que tu sexualidad fuera algo malo. El sexo es un regalo que te he dado para que puedas expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. No me culpes de lo que te han hecho creer. No leas libros religiosos. Léeme en un amanecer, en el paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de un niño. Deja de tenerme miedo. Deja de pedirme perdón. Yo te llené de pasiones, de placeres, de sentimientos, de libre albedrío. ¿Cómo puedo castigarte si soy yo el que te hice? Olvídate de los mandamientos que son artimañas para manipularte. No te puedo decir si hay otra vida. Vive como si no la hubiera, como si esta fuera la única oportunidad de amar, de existir. Deja de creer en mí. Quiero que me sientas cuando besas a tu amada, acaricias a tu perro o te bañas en el mar. Deja de alabarme. No soy tan ególatra".

—Lo que te diría Dios, Baruch Spinoza


Baruch Spinoza

Cuando éramos niños, fuimos bautizados bajo los lineamientos de una religión que nosotros no elegimos. Parte de nuestra educación también se encontraba en las creencias con las que otros se formaron, y era natural seguir su ejemplo en lugar de permitirnos escoger un camino propio, pues eran otros tiempos en los que educar se limitaba únicamente a la mímesis de las ideas y comportamientos que ellos consideraban correctos. Aprendimos que hay distintos tipos de religiones, pero que sólo debíamos venerar a la deidad (o deidades) que a la nuestra correspondiera. Algunos se referirían con gran respeto y reserva hacia otras creencias, mientras que otros afirmarían que sólo la suya era la correcta.

Entendimos que la religión está asociada a diferentes símbolos, actitudes y comportamientos que fueron descritos en un libro sagrado, y que Dios podía tomar la forma de un ser humano, o incluso tener representaciones animalísticas, cualquiera de ellas trasladadas a diferentes formas de arte donde podíamos materializar esa imagen. 

Nos enseñaron que Dios es bondadoso, pero que también castiga, y que debíamos sufrir por él de la misma manera en que lo hizo por nosotros. Aprendimos a avergonzarnos de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, de la misma manera en que Eva lo hizo cuando cedió ante la tentación; que si queríamos algo, habríamos de pedirlo de rodillas, y tendríamos que hacer un sacrificio a cambio. Nos hicieron creer que para conocer a Dios teníamos que leer un libro, asistir a un templo todos los domingos y celebrar algunas fechas en el año. Pero, ¿todo esto es necesario?


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A pesar de que Baruch Spinoza creció en un ambiente donde la educación tradicional judía era más que rigurosa, paulatinamente comenzó a distanciarse de sus creencias y la fe de sus ancestros, así como a cuestionar el judaísmo y la religión en general. Spinoza reinventó por completo la religión, apartándola por completo de las ideas supersticiosas y de intervención divina. Él afirmaba que toda representación de Dios como persona se trataba de una proyección de la imaginación del hombre; en cambio, proponía la idea de que Dios está presente en todas las cosas, y que no puede ser personificado. Aun con una cosmovisión totalmente diferente a la del pueblo judío, Spinoza no se declaraba a sí mismo como ateo; al contrario, defendía a Dios y le dedicó un capítulo completo en "Ética" (1677), obra que fue considerada como la mejor de su producción.


Influenciado en gran medida por el estoicismo, el filósofo neerlandés retomó la idea de que el conocimiento no está en la desaprobación y crítica del funcionamiento del universo, sino todo lo contrario; el hombre debería tratar de entender cómo funciona y por qué, para después aceptarlo tal cual es. Bajo esta misma concepción, es que Spinoza se interesa particularmente en la plegaria, pues mientras que el hombre reza para cambiar el orden de las cosas, lo ideal sería que en lugar de eso, intentara comprender cómo funcionan y estar en paz con esa idea sin tener que trastocarla. Baruch asevera que la mejor manera de conocer a Dios es comprendiendo la vida y el universo, y eso sólo puede lograrse a través de la psicología, la filosofía y las ciencias naturales, y no a partir de la lectura de la Biblia. 

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Spinoza sostenía que la plegaria se trataba de un pensamiento narcisista, pues como seres humanos tenemos la idea incorrecta de que Dios se va a interesar lo suficiente en nosotros como para cambiar las reglas de la existencia para mejorar nuestras vidas. En lugar de eso, Baruch propone que debemos entender qué es lo que Dios quiere a partir del razonamiento, pues éste lleva a una perspectiva eterna y divina. Así, Spinoza sugiere dos maneras diferentes de percibir la vida; una, desde nuestro limitado punto de vista; y la otra, de manera global y eterna. La primera se reduce únicamente a la vida perceptual, y en la segunda, la razón y la inteligencia nos dan un acceso único a una perspectiva totalmente diferente. Ambas visiones nos permitirían, como decía Baruch, participar en una totalidad eterna.


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Su ideología panteísta le ocasionaría a Spinoza serios problemas, entre ellos, el haber sido excomulgado de la comunidad judía en 1566, y que su obra cayera en el olvido por un largo periodo de tiempo. Fue hasta principios del siglo XX en que grandes filósofos alemanes como Hegel, Goethe y Schelling reivindicaron su trabajo y lo consideraron padre del pensamiento moderno. Sin embargo, su obra apenas pudo convencer a algunos de abandonar su religión para cambiar a un modo de pensamiento mucho más racional; a Spinoza le faltó comprender que lo que lleva a las personas a practicar una religión no es solamente el razonamiento, sino la emoción, creencias, miedos, tradiciones y el deseo de pertenecer. 


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