Imagínate hacer enojar al Dios Tláloc y que como consecuencia cayera un diluvio en la Ciudad de México y confirmamos lo poderosos que pueden ser nuestras deidades mexicas, y nunca más se volvió a mover una estatua o monolito sobre algunas de nuestras figuras prehispánicas.
Todo pasó hace casi más de 60 años, cuando México estaba a punto de vivir una de las mayores experiencias culturales y deportivas del mundo, pero también quedaría marcada con una de las más grandes tragedias sociales que hasta el día de hoy se recuerda cada 2 de octubre.
La vez que CDMX hizo enojar a Tláloc
Corría el año 1964 y México se preparaba para los Juegos Olímpicos, ahora sí con tiempo (no como el Mundial 2026, ¿verdad?) el gobierno estaba construyendo el Museo Nacional de Antropología en el Bosque de Chapultepec. Sin embargo, para que el museo fuera perfecto, necesitaba una pieza central y la pieza que ‘ganó’ ese lugar fue el Monolito de Tláloc, una mole de piedra de 167 toneladas que descansaba en el pueblo de San Miguel Coatlinchán, Estado de México.
El problema era que los habitantes de Coatlinchán no estaban nada contentos. Para ellos, la piedra no era solo una pieza de museo, era la guardiana de sus tierras a quienes le rendía tributo para que nunca le faltara agua a sus cosechas; y de hecho sí lo cumplía.
Según cuentan las crónicas de la época, los pobladores intentaron sabotear el traslado desinflando las llantas de los remolques y bloqueando los caminos, pero nada de eso detuvo al gobierno y llegaron a un “acuerdo” en el que prometieron convertir el lugar en una zona con mayor ‘teconología’ e infraestructura, pero más bien fue un engaño para trasladar la roca hasta la CDMX.
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Parece que todo esto lo sintió Tláloc y justo durante el traslado a la capital, cuando la estatua entraba al centro de la capital por el Paseo de la Reforma, una tormenta sin precedentes se desató sobre la ciudad. No fue una lluvia común; fue un diluvio con granizo y vientos tan fuertes que inundaron avenidas principales en cuestión de minutos. Los periódicos del día siguiente no hablaban de la hazaña de ingeniería, sino de la “venganza” de la deidad prehispánica porque curiosamente, estábamos en fechas de sequía; de hecho, no había llovido nada por aquellos días de abril que ocurrió esta historia.
Sin embargo, pese a que Tláloc literal lloró esa noche, las aguas finalmente terminaron y el monolito de casi 7 metros de altura tuvo su nuevo lugar de descanso, pero estamos seguros que si alguien hubiese ofendido más al Dios de la lluvia, seguramente nos dejaba bajo el agua durante una semana.
Como dato extra, muchos arquéologos aseguran que el monolito no es el Dios de la lluvia, sino que es Chalchiuhtlicue, la diosa de las aguas terrestres, la esposa de Tlaloc, aunque el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en su página oficial, afirma que esa estatua le pertenece al dios y no a la diosa, pero entre si son peras o son manzanas, la historia es la misma y una deidad del agua se enojó con nosotros.
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