A ti que no conoces el amor pero me devolviste las esperanzas

viernes, 9 de diciembre de 2016 8:13

|Majo C




Hay presencias que no reconocemos desde un principio como importantes; sin embargo, hay otras que de inicio nos revuelven el mundo y el estómago, nos sacan de órbita, a pesar de saber que no se quedarán...

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A ti que no conoces el amor pero que a mí me devolviste las esperanzas

Tú decías no saber lo que era el amor, pero me besabas como si lo conocieras de pies a cabeza. 

Antes de ti hubo alguien que me rompió en mil pedazos el corazón, la sonrisa y hasta los días. Fue mi mejor amigo, mi primer amor y hasta parte de lo que llegué a ser. Me lastimó tanto que poco a poco toqué fondo, estaba más que rota, pero fue ahí cuando también aprendí a rescatarme y a levantarme, a dejar ir lo que ya no estaba conmigo.
Me tomó más de un año volver a encontrarme y sentar cabeza de nuevo. Cuando por fin logré enterrar todos esos recuerdos que dolían y por primera vez en mucho tiempo volví a estar intacta, siendo yo nuevamente, me topé contigo.

Estabas preguntando mi nombre a los demás, te acercaste a mí con la excusa más tonta que se te pudo ocurrir, pero funcionó. Y qué bueno que llegaste, qué bueno que trajiste contigo mil besos y mucha alegría, mensajes de “eres muy bonita” y mucho amor. Tengo que admitir que al principio me sentí desconfiada porque yo no quería que me dañaran de nuevo, hasta que me enamoré de tus ojos, de tus manos y de tu voz, y me ganaste por completo.

¿Quién iba a imaginar que me enamoraría tan profundamente, sobre todo, de ti?

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Era inevitable no mirarte con una sonrisa gigantesca y sentir que todo volvía a su sitio.
Me enamoré.

Me enamoré de despertar primero y verte dormir, de cómo me hacías sentir la mujer más segura del mundo. De escucharte decir “hola, mi amor” como los mejores buenos días, diario con un beso y una sonrisa a mitad de éste, y de cómo me robabas los primeros de nuestros tantos besos. Con el paso de los días no quería despegarme de tu cama, de tus brazos ni de tus labios. De ti.
De tus ganas de hacerme el amor y de ir como locos de la mano por la calle.

Yo sabía que tenías secretos, y también que antes de mí también hubo alguien en tu vida que no se fue de la mejor manera. Estaba segura de que no quería ser el clavo que saca a otro clavo, pero tampoco dejaría que nuestro pasado afectará lo que estábamos comenzando a construir juntos.
Por un momento creí que era yo quien te ayudaría a salir de todo eso, pero fuiste tú quien le devolvió a mi vida y a mi corazón las risas, los sueños y las ganas de empezar y de sentir de nuevo.
Me gustaba escuchar tus quejas de todo y el sinfín de canciones que te sabes de memoria. Amaba ser parte de tu día, de principio a fin, a pesar de que los kilómetros se interpusieran los fines de semana.

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Me hacías sentir como si fuera una tonta por estar completamente enamorada, como si perdiera la cordura cuando te tenía de frente. Me hacías desear que el mundo se detuviera justo cuando estaba entre tus brazos; soñaba con tus labios, y las piernas se me volvían de gelatina cuando estaba cerca de ti. Me hacías mil y un cosas a la vez, de mil y un maneras. Me hacías y me volvías a deshacer.

Hoy tengo muy claro que no debo y no puedo pensar en un para siempre, porque los “siempre”, siempre se terminan; que hay que dejar fluir las cosas y que todo nos llega cuando en el momento preciso.
Nunca dudes que te quiero,  aunque a veces no te quiero como debo o como esperas que lo haga.

“Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera”. – Pablo Neruda

Te sentí y conocí por dentro y por fuera, y agradezco a la vida por haberte encontrado; agradezco a quien tenga que agradecer porque te pusieron en mi camino. No puedo hablarte de cuánto tiempo vaya a durar esto, porque entiendo que hay personas que en nuestras vidas son estrellas fugaces, desaparecen dejando marcado su camino con tinta indeleble, huellas en la piel y en el recuerdo. Gracias por ser mi baúl de secretos, mi amigo, mi amor, mi primero en muchas cosas y quizá el último en unas tantas.

Gracias por ser tú y por dejarme ser yo.

 
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Es bueno confesarle a esa persona: "Te escribo porque eres la única referencia que tengo del amor", para dejar de ser cobardes y aventurarnos a ser felices. 

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