Letras

Absurdo inconveniente

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Ayer me perdí en el primer libro que a tientas alcanzaron mis parcas manos en la negrura de las tres de la mañana. Desperté sudando de frío, decía la abuela. Tomé el libro con las dos manos e intente reconocerlo en la primera tentada, mas no pude porque la imprenta esa que los fabrica los hace todos de un tamaño y a veces les pone letra de diferentes tamaños, lo cual dificulta llegar a una conclusión por el volumen de hojas. Abrí las primeras páginas y fui pescado por un agujero color hueso, estaba en un pozo amplio y hondo, con un clima cálido que daba pereza y un silencio que espantaba; no supe si caminar porque todo parecía una sola forma un cuerpo. Minutos antes había llegado ahí a tientas pero esta vez estaba seguro de que no había objetos por tentar y que, por ende, me condujeran a una especie de salida. Giré en dirección contraria a la que estaba y di vuelta en la primera página, entonces escuché una voz… Tras 92 pasos entendí una charla entre dos conglomerados de letras que parecían párrafos, no supe identificar su tipografía pero supe de inmediato que sería un trato cordial cruzar instrucciones, pues ambos reían como dopados.

Después de preguntarles, me dieron santo y seña de cómo llegar al próximo capítulo para hacer un transborde a la posible salida. Me advirtieron bien que no debía rebasar la línea del lomo y que jamás de los jamases debía correr como desesperado, esto sólo causaría un efecto de letargo y, al final, no encontraría diferencia alguna entre la puerta que conducía a la salida y las que frustrarían mi intento.

Estos dos conglomerados, mejor dicho, doctos conglomerados de letras, supieron darme pistas de cómo salir pero no cómo encontrar un retrete -una vejiga y la noche son rivales de intereses opuestos para dar paz a mis 58 años, cuando ya todo se dilata, todo-. Caminé pues y cruce por la vida de los personajes. En la colonia parecía amanecer y me pregunté si también allá afuera o arriba (dependiendo la posición en que se había quedado el libro) ya había amanecido; para entonces el camión de la basura me despertaría, eyectándome fuera de este evento. No pasó nada, ni las campanas de la iglesia sonaron, ni el camión me despertó.

Hubo un sórdido tiempo en que, por páginas, no sé cuántas, me perdí y no supe qué fue de mí, no recuerdo una sola coma, mucho menos la trama; lo cierto es que me sirvió para darme cuenta de mi endeble paso por la historia.

Me quedé absorto cuando la primera gota de vinagre cayó sobre mi hombro izquierdo, supe identificar la sustancia por su inconfundible olor. Mi pijama quedaría asquerosa de olor después de esto. Por un momento me quedé pensando si estaba soñando y si cada suceso era la reacción natural del cuerpo ante el hambre, la necesidad del coco por hablar con gente interesante, la pasión de amar a un mujer e incluso la inoportuna necesidad de orinar; para ser honestos, todo esto me tenía muy confundido, sólo quería despertar y que todo esto terminara.

Pensé que de ser un sueño ya habría despertado, pues sólo había deseado un sueño profundo pero no un sueño eterno, ¡carajo!, quién entiende la máquina del ensueño. Menuda treta me estaban jugando. Conforme las gotas de vinagre formaban un apestoso chapoteadero, las letras en mis pies eran más claras de leer, porque, dicho sea de paso, algunas secciones del libro parecían sucias o enlodadas, entonces aproveché el chubasco y su tortuoso olor. Me coloqué de rodillas ante tal revelación, sin duda alguna por fin sabría qué estaba pasando en todo esto.

En resumidas cuentas, en el fragmento en que me hallaba un tal Doctor Carlos De la Pesca, explicaba una enfermedad padecida por un personaje secundario de la historia; el mal consistía en soñar todos los sábados con adquirir la vida eterna por diferente métodos, entre los que destacaba tragar doscientos gramos de carne de ornitorrinco y medio vaso de leche materna; absurdo o no, el tipo adquiría la vida eterna y, cuando por fin el personaje se percató de lo aburrido que resultaba este ideal, decidió hacer algo al respecto, se colgó con un gancho de ropa y las agujetas reforzadas de sus botas mineras, claro que se puso las botas ya sin agujetas para tener una muerte con estilo. Según decía la nota que dejó, también se hizo un nudo diferente en la corbata para dar a entender que había sido mera decisión y no condición o aflicción. Murió con cuádruple nudo: garganta, corbata, agujetas y corazón. El Doctor De la Pesca decía sentir admiración por aquel que utilizó en completa libertad el suntuoso recurso del suicidio; según De la Pesca, esa era una de las pocas decisiones que se pueden tomar en la vida después de no pedir un viaje por este mundillo.

Por supuesto que no yo deseaba el mismo fin para mi avanzada vida, aún tenía cosas por hacer, empresas por concretar. Estaba claro en mi mente que la vida parecía un absurdo, pero no era como para recibir tal flagelación; no ahora, quizá después.

Confié en mi intuición y continúe leyendo la triste historia de la esposa del muertito, y la protagonista que amaba la danza chamula. Me aprendí todos los detalles de la historia pensando que esto me retornaría al mundo, nada de eso ocurrió, esa no era la puerta de salida.

Heme aquí, borré algunas páginas de esta historia, lo hice con una infusión que creé entre el vinagre y la tinta seca con el propósito de ser socorrido por alguno de ustedes, y que por fin me libere de vuelta al absurdo de la vida que me conseguí durante años de oficinista barato. Ojalá usted pueda tomarse el tiempo de analizar cómo sacarme de este lugar, de no ser así: permítame platicarle que ayer me perdí en el primer libro que a tientas alcanzaron mis parcas manos en la negrura de las tres de la mañana. Desperté sudando de frío, decía la abuela. Tomé el libro con las dos manos e intenté reconocerlo en la primera tentada, mas no pude porque la imprenta esa que los fabrica los hace todos de un tamaño y a veces les pone letra…


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