Amor de cabaret

Amor de cabaret

Por: Andres -

amor de cabaret
Yo quería ser escritor a toda costa, con fervor infinito. No atinaba a dilucidar mi capacidad en contraste con mi aptitud. El deseo me llevaba a la puerta de la fantasía. No ansiaba la fama, el dinero o las mujeres que se postrarán a la pluma arrebatadora de alientos, provocadora de emociones. Buscaba la forma de dominar a diestra y siniestra a los grandes; perseguía la gloria eterna entre los críticos ácidos, los lectores distintos, los escritores consagrados, seguidos por culturas completas repletas de feroces intelectuales, idiotas, seductores, mamones, mujeres de todas las clases y formas. Trascender tras bambalinas. Cuando me ponía melancólico recitaba versos de algunos clásicos. Admiraba lo mismo alguno de Kipling que otro de Yeats. 

No discriminaba por gusto o estilo. Me dejaba atrapar por la emotiva prosa expuesta con la entraña vuelta pluma o tecla. El romanticismo lo visualizaba en la palabra, no en la estética. Así las cosas, yo me daba ánimos para no sucumbir ante el rigor incesante de la indiferencia. Ser un don nadie en un corazón seco es natural. La vida se puede pasar de largo hasta expirar sin alteración. Pero ser un fracasado en un corazón sensible es cosa seria. No me podía dar ese lujo en tiempos de ignominia. Andrés Silva. Ese soy yo. Un poeta de la crudeza, un amante de la mujer poseída por la gracia de su deseo e insípida consistencia moral. Me gustaba la pauta y forma de aquellas féminas que flotaban por el aire mostrando sus contornos sin mirar al piso. Sudaban fuerza de encanto entre la podredumbre de la envidia, mezclada con la contaminación de avenidas cargadas de carnes trémulas, vigías reprimidos, seres indecisos, muertes instantáneas.

 Admirador de la poesía vuelta silueta femenina, me adentraba a cada tanto en el cabaret "Sultán erecto". Allí me recreaba una y otra vez las más inverosímiles historias que cincelaba con los movimientos de cada dama que exponía sus carnes con sonrisa diabólica en un escenario burles moderno. La poesía me llegaba con miradas lascivas mientras imaginaba muslos, caderas, senos apretujados a mi pecho, mordiscos de pezones erguidos invitándome al besuqueo lento, suave, salvaje. Algún día la muchedumbre y los secuaces críticos sin alma reconocerán el estilo del gran Andrés Silva. Será algún día cuando me reverencien por vergüenza y admiración.

No era "en sí " lo que buscaba, pero estaba seguro que llegaría. Por ahora sólo debía de esperar, escribir, pelear como un púgil deseoso de gloria y aguardar. La vida de un escritor no tiene nada de fantasía. Esa surge a través del lirismo, de la inspiración cortante que sorprende cuando se está en algo gordo o en fútiles escritos que no merecen ver la luz del día. La espera era dura sin mecenas a la vista. Vivía en una habitación del centro de la ciudad, propiamente en el corazón de México, país por demás surrealista y estrambótico. Aparcaba mi emoción cada que me enfilaba al trabajo. Un vendedor de poca monta era lo que yo parecía de las diez de la mañana a las seis de la tarde. Vendía tarjetas de descuento para servicios médicos. Todos los días salía a vender y terminaba comprando un sin fin de objeciones, razones, dramas, chismes de tantos arrebatos cometidos en el nombre de la humanidad colectiva. No esperaba mucha pasta al final de mes. No había más. A penas lograba arrancar uno que otro pedido a cualquier atarantado más despistado que yo, suficiente para mantenerme a flote en la circunstancia que es la vida, cada vez más cara e incierta.

Al menos, antes, todos creían cada vez más en un dogma general. Hoy se cree en lo que se siente, se mueve, se palpa o se traga. La ligereza de la vida me pasaba cada año sin dejar de pensar en nada que no fuera el deseo extenuante de escribir. No pocas veces dudaba de la imaginación. Me arrinconaba en aquella habitación fría para quedarme desnudo ante mi realidad sin nada que decir, sin poder siquiera hilvanar una frase que me aventara de nuevo al ruedo de la fantasía. Con cien pesos en la bolsa y ciertas pastillas para calmar las ansias me arrojaba cada noche al cabaret citado en busca de la luz perdida. Bailaban a pierna suelta el miedo y la duda a través de mi cabeza, se reían del gran Andrés Silva sin conmiseración. Apuraba el paso rumbo al elixir de mis pasiones; era el oasis en medio de un desierto cada vez más asfixiante. Al cruzar la alfombra de la entrada, la presión de las arterias, la voluntad de la esperanza , la pasión anestesiada y un cúmulo más de sensaciones se levantaban erguidas dispuestas a todo. Ordenaba lo de siempre: ron del más "corrientito" para que durara la velada con armonía. Casandra, Lola, Fela, Hellen, Azul, Anabelle, Mirna, Linda, Vanesa… todas ellas eran ya grandes cómplices de la noche desgraciada, ansiosa de atención sin cobro. Yo imaginaba una orgía, en la que me elevaba sobre ellas con un calcetín puesto en el pie izquierdo lleno de frases que iban cambiando al calor del desenfreno y lujuria . Mágicamente aparecían y se esfumaban palabras, letras, instantes. Todas ellas admirando al gran Andrés Silva recitándoles poemas que les hacían correrse con tan sólo parar oreja y tocarse sus nerviosos clítoris sin prisa. Una vez expuesta la palabra en el aire con fuerza decidida, descendía sobre sus pensamientos para terminar juntos en una orgía de ensueño. Ellas brindando amor eterno, yo jurándoles lealtad absoluta a sus caderas, formas, cachondeos , miradas. Todas ellas para mí y el Gran Andrés Silva para sus adentros pulsantes, vivos. La ironía de esta vida es que a falta de amor, lo que se desea es la atención mientras que la excesiva vigilancia asfixia, ahoga, es vomitiva. 

Yo quería vomitar todos los días por culpa de un amor, de alguna caricia que ilustraba tan sólo en aquellos sendos escritos que morían en los estantes de aquel cuarto estudio donde permanecía al acecho de un gesto, un guiño de algún agente o editor literario que se fijase en mi obra. Rechazos incesantes, cada que lanzaba anzuelo a revistas de toda índole, eran recibidos a mi correo: "Gracias". " Necesitamos un periodista, no un aspirante a escritor". "Agradecemos tu interés en colaborar en nuestra revista, por el momento estamos completos "… Son algunas de las respuestas que recibía.

No tenía salida. La puerta era angosta. Aún así le daba a la tecla y decidía arrastrar la mano. Sin sentido, incoherencia burda, poema cursi, dilema extenso. Todo escribía. Leía a los grandes, lo mismo que a los pequeños; releía a mis favoritos, me hacía acompañar de Hamsun, Fante. Proust me dejaba al punto de la siesta, Bukowski me arrancaba risas e impulsos a querer imaginar aquel estilo de vida. Faulkner me invitaba a dominar el instinto, me conminaba a ordenar las ideas para construir un par de frases decentes. Dostoievsky me mostraba a Raskolnikov desnudo, detalle que me infundía valor, gratitud por estar aún vivo en un sitio no tan inhóspito.

 De regreso al cabaret la vida tenía sentido. Olvidaba por unas horas la indiferencia del mundo por el talento indiscutible de Andrés Silva. Era, en ese espacio de lujuria, que me sentía importante. A pesar de mi pobreza llegué a simpatizar con un par de chicas. Con el tiempo me invitaron a su mundo al filo de la noche rozando el alba. Detrás de aquellas carnes, bragas, sostenes, tacones altos, se escondían las fantasías más increíbles y deliciosas que cualquier testigo de ocasión contemplara. Las desgracias se juntan a la par de los vacíos para crear un mundo adyacente a la realidad. De alguna manera ellas escribían las historias en vida. Yo las intentaba inmortalizar en letras que pasaban de la cabeza al papel. Ellas sólo se movían en el aire para plasmarlas en la memoria de algunos desdichados, lujuriosos y cabrones que deambulaban por el sitio. Me sentí culpable. Me invoqué inferior: “Oh sí ¡Andrés Silva,  El flotador con calcetín mágico, la mierda!” Ellas eran las verdaderas heroínas ante la falta de símbolos sinceros en nuestro tiempo. No es que fueran puras como la miel de la colmena. Eran crudas realidades que recreaban cada noche la fantasía. Poco a poco me inmiscuí en sus vidas más que entre sus piernas. Me agarraron cierto cariño fraternal. Yo observaba sus movimientos en busca de las ideas, la inspiración para la novela que retumbara en todos los confines de este globo. Ya estaba sentado imaginando el final de la historia que sacudiría consciencias y pondría a los críticos de todas las nacionalidades a condenar, elevar, imponer, emular al Mítico Andrés Silva. Más de diez borracheras terminaron en mi cuarto con las bragas tiradas, restos de vino botados, uno que otro porro de mariguana atestado de bocanadas consumadas. Ellas “arrejuntadas” en mi cama, acostadas una a otra dormidas, perdidas en sus impulsos. 

Observaba una vez más la escena. En cierta medida me sentía parte de ella. Buscaba en mis escritos un guiño de pertenencia, un calor de aprecio, de abrazo, un mundo de entendimiento ante tanta desolación. Intentaba retratar un poco a la vida a través de unas palabras escritas. En el fondo, El gran Andrés Silva era un fracasado enamorado del amor y sus groserías. 

Todas ellas valían la pena por vivir al menos un suspiro entre la bruma del deseo, la caricia del entendimiento, la mirada de complicidad absoluta. En el vacío total intente encontrar un poco de cariño. De pronto una voz me trajo de vuelta a la habitación. Hellen se levantaba y pedía un abrazo. Sollozaba entre resaca y desgracia. Le abracé. Por un momento olvidé al escritor. Me dispuse a dar un poco de atención sin esperar retribución.

El abrazo duro un instante. Para mí fue eterno. Le tomé la mano mientras la miraba con efusiva sonrisa. Le recité lo primero que llegó a mis labios:

Son otras la cosas que nos alcanzan: sin embargo, no es el amor el que hay que dejar. Dulce, agrio, renuente, imposible, reacio, desdén, compás.

Amar con sutileza, hacerlo con medida, desnudarlo, morderlo, odiarlo, abrazarlo, soltarlo, la gracia no importa, el estilo tampoco. Hellen sonreía. La besé con fuerza mientras le daba calor con mis brazos. Las otras chicas siguieron allí, perdidas en la fantasía.

Referencias: