El día que nos dimos cuenta que este amor nunca nos perteneció

Un pastel de cumpleaños redondo con el número 50, Ricardo estaba ahí a punto de apagar las velas mientras pensaba en su deseo. Guardó silencio y sonrió mientras soplaba, en su pensamiento estaba ella con su sonrisa tan tierna y delicada: Gabriela.  Ricardo era ingeniero, padre de una pequeña niña a la que amaba por

Escribidora GzNv

El día que nos dimos cuenta que este amor nunca nos perteneció

Un pastel de cumpleaños redondo con el número 50, Ricardo estaba ahí a punto de apagar las velas mientras pensaba en su deseo. Guardó silencio y sonrió mientras soplaba, en su pensamiento estaba ella con su sonrisa tan tierna y delicada: Gabriela. 

Ricardo era ingeniero, padre de una pequeña niña a la que amaba por sobre todas las cosas, un tipo carismático, reservado y con una severa carga emocional que nunca contaba. Vivía en el lado Este de la ciudad, en una de las zonas más exclusivas. Gabriela era maestra en una prepa federal, también era madre de una pequeña niña exactamente de la misma edad que la hija de Ricardo, era una mujer fuerte, inteligente y con una alegría que conquistaba hasta el alma más amargada, ella vivía una situación económica difícil. 

Fue una tarde de frío invierno cuando ambos se conocieron. Ricardo fue a dar un curso a la escuela donde trabajaba Gabriela. Él entró por la puerta y lo primero que vio fueron los hermosos ojos de ella, admiró su sonrisa sin saber que se convertiría en lo mejor de su vida. Por su parte, Gabriela no hacía otra cosa que prestar atención al curso que le daría un aumento de sueldo. Al terminar, Ricardo se acercó a ella para brindarle atención especial, ella lo rechazó y salió inmediatamente del salón.

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Tenían algunas cosas en común: hijas de la misma edad, pasión por la música, gusto por el cine y que ambos tenían una pareja que los esperaba en casa. Gabriela se había casado con Arturo siete años atrás, era el amor de su vida, su mundo giraba en torno a él y su pequeña hija: Amanda. Jamás se había fijado en alguien más. Todas y cada una de sus expectativas las cubría su esposo. 

Ricardo, por su parte, no se había casado, no estaba enamorado de Daniela, la madre de su pequeña Alondra, la había conocido en su antiguo lugar de trabajo y en una noche de copas había engendrado a la niña; sin embargo, siempre había sido un padre responsable libre de aventuras románticas. Pero Gabriela había robado su completa atención y lo había inspirado a iniciar una aventura.

Se veían cada viernes después de las siete de la tarde, en un pequeño departamento que habían rentado a las afueras de la ciudad, platicaban, reían y aunque normalmente el sexo los acompañaba, no siempre era la finalidad de su encuentro. Ricardo disfrutaba la compañía de Gabriela, de vez en cuando cocinaban y se relajaban, pero siempre con el fantasma de la incertidumbre rondando su mente. Así pasó el tiempo, ambos se enamoraban y a la vez se preguntaban si hacían lo correcto.

Una tarde de verano, Arturo, el esposo de Gabriela, regresó a casa con la noticia de un ascenso laboral, pero esto sucedería si cambiaban de residencia a un estado al norte del país. Ella se sintió muy feliz por su esposo, lo abrazó y besó, sabía que Arturo se esforzaba todos los días para ser reconocido en la empresa. En aquel remolino de emociones pensó en Ricardo, sintió ese frío en el corazón al saber que dejaría de verlo, no sabía cómo decírselo, mucho menos la manera en la que tomaría tal noticia. 

Llegó el viernes, Gabriela se dirigió al departamento y espero a Ricardo, con lágrimas en los ojos lo recibió mientras le daba un gran abrazo, él le preguntó sobre su estado de ánimo y ella le dio la noticia de que en un par de semanas se mudaría kilómetros lejos de los besos, los abrazos y las caricias que le habían dado la ilusión de un amor. Ricardo salió sin decir una palabra, estaba destrozado y con el alma rota, no sabía cómo controlar la ira que le causaba sentir que Arturo le había ganado la batalla. Una batalla que desde el principio estaba perdida, pues era un amor sin cimientos y condenado a un triste final. 

Los meses pasaron, Ricardo volvía al departamento cada viernes, esperando a que algún día Gabriela regresara, y eso nunca sucedió. Después de algunos meses sacó las cosas que ambos tenían ahí, quiso olvidar, pero a pesar del tiempo no podía hacerlo. Una tarde de octubre, al salir del trabajo, decidió dar un paseo por el parque, caminaba mientras fumaba un cigarro. A lo lejos vio a Gabriela sentada en una banca con su pequeña hija Amanda, riendo y comiendo un gran helado de chocolate. Entonces Ricardo quiso correr hasta donde ella estaba, se imaginó probando sus besos, sintiendo sus brazos, el calor de su cuerpo tan cerca que desvanecería el dolor que le había causado su ausencia. Caminó rápido hasta aquella banca del parque, ella lo miró y le sonrió, el sentía que de nuevo tenía el mundo a sus pies.

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Se dieron un abrazo fuerte, como de dos amigos que añoraban encontrarse, así pasaron los segundos y la memoria de sus cuerpos hacían la armonía perfecta entre tiempo y lugar. Gabriela se soltó de entre los brazos de Ricardo y con los ojos empapados en llanto le confirmó que esperaba un hijo de Arturo, y que sería la última vez que se verían, pues un nuevo ascenso laboral los llevaría a otro continente, tomó su bolso, a su pequeña hija y se perdió entre la gente, las lágrimas de él y los buenos recuerdos de ambos.

Con el paso de los meses, Ricardo intentó seguir sus días sin ella, perseguía nuevos sueños, trataba de entregarse a la madre de su hija, ser feliz con lo que la vida le había dejado y, por supuesto, olvidar aquellos brazos, aquellos besos, aquella mujer que nunca le había pertenecido.

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Si no has superado a tu amor, tienes dos opciones: leer estos poemas para los que no quieren olvidar o tratar de seguir adelante leyendo estos 5 poemas para superar una despedida.

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Las fotografías que acompaña al texto pertenecen a Kadito Bin.

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