Soy un artista de la muerte: 16 víctimas, todas atractivas mujeres
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Soy un artista de la muerte: 16 víctimas, todas atractivas mujeres

Avatar of Celeste Garza

Por: Celeste Garza

10 de marzo, 2017

Letras Soy un artista de la muerte: 16 víctimas, todas atractivas mujeres
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Por: Celeste Garza

10 de marzo, 2017



El acto narrativo muchas veces consiste en darle voz a una imagen, encontrarle tono y personalidad a algo inexistente pero que se siente tan vivo como un ser real, con un corazón palpitante, sangre en las venas y un brillo en sus ojos.

La cordura comienza por administrar el material del imaginario, hacer algo con él. En la ficción se vale dar rienda suelta a las pasiones más retorcidas. En el relato que reproducimos a continuación, Celeste Garza describe a un personaje perturbado y despiadado que atrapa con su verborrea, su historia y su pasado.


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El pasado de un fantasma


Puedo asegurar que recuerdo a detalle aquel momento, ese día en particular que cambió por completo el rumbo de mi vida. Este fue el principio de mi historia, era muy tarde. Una madrugada de jueves que pudo ser igual que cualquier otro, pero no lo fue. Dormía en mi habitación; me despertaron algunos gritos. Eran mis padres discutiendo, era más que común verlos pelear. Hasta que pude oír a mi madre azotando las puertas del armario, mientras decía que se iba y que no le importaba dejarnos.

Me apresuré en salir a su encuentro, alarmando e intentando evitar que se marchara, tanto como un niño de 6 años podía ayudar en una pelea marital. En el pasillo me crucé con mi madre, tenía un gesto endemoniado, ella volteó mirándome como a un desconocido que sin razón le causara un tremendo asco. Sostenía dos grades valijas, una con cada mano. Pregunté entre llantos "¿Qué estás haciendo, mamá?"  Obtuve por respuesta un terrorífico silencio. Avanzó rápidamente hacia las viejas escaleras. Mientras yo, en un intento por detenerla, me colgué de sus piernas con todas mis fuerzas. Fue inútil. Con un golpe me apartó, en menos de un segundo me sentí dominado por una ira que nunca antes había sentido. Y sin pensarlo más la empujé violentamente; anonadado observé en cámara lenta cómo rodaba escalón por escalón, terminando su vida con un golpe letal en la cabeza. No fue una pesadilla, aunque por momentos quise negarlo, maté a mi madre. Al salir del shock, volteé hacia atrás buscando a mi padre, quien estuvo todo el tiempo tras de mí, él lo vio todo.

Sin decir una sola palabra me tomó con fuerza del brazo y nerviosamente me jaloneó hasta mi recámara, donde me encerraría. Pasaron muchas horas, quizás días, en los que la confusión se apoderó de mí, por un lado sentía horror pero también una agradable sensación que no podría definir. Ambulancias y patrullas rompieron el silencio y, husmeando en la conversación de un par de policías, pude enterarme de que la muerte de mi madre fue confirmada y mi padre se declaró responsable del asesinato. Mi custodia quedó en manos de la abuela, una vieja amargada de pocas palabras que pasaba días enteros frente al televisor. Todos los días comíamos alimentos congelados, vivíamos en un barrio bajo de la ciudad, era un pequeño apartamento que apestaba a cigarro y a orines gracias al malcriado y estúpido perro, patearlo cuando no había nadie en casa era de las únicas cosas que me hacían feliz.


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De mi padre no supe jamás, puedo imaginar que para él morí ese día junto con mi madre, a quien sé que yo maté, lo cual seguía siendo un secreto de ambos. No sabía cómo reaccionar, descubrir ese instinto tan mío y por otro lado sentir el abandono y un rechazo total.

En el presente, mientras analizo todo esto en retrospectiva, debo confesar que no sentí ni pizca de remordimientos o miedo. Por el contrario, disfruté de la adrenalina que causó en mí todo este embrollo. Pude adaptarme sin problemas a mi nuevo estilo de vida. Así pasaron los años y con ellos fui olvidando de poco en poco mi pasado. Puedo decir que viví una infancia tranquila gracias a una compañera del colegio. Su nombre era Nancy, su familia era acomodada y de buenas costumbres. Al saber mi situación despertaba lástima en ellos, decidieron acogerme en su núcleo, sabía claramente que también influía el hecho de que deseaban un hijo varón que nunca pudieron tener. No puedo decir que sentía simpatía por ellos, aunque era bastante agradable que sin esfuerzos de mi parte, decidieran proporcionarme lujos y comodidades. Si requería fingir cariño hacia esa familia de snobs, sin mayor problema lo haría.


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Así conseguí que me adoptaran legalmente, lo cual era mucho mejor que vivir con esa horrible anciana, no había competencia. Llegaron días de aparente felicidad y prosperidad, hasta que llegó la adolescencia con emociones alteradas. Más de una vez llegué a notar cierta preferencia hacia Nancy por toda la familia, lo cual me disgustaba, yo merecía más que esa boba niña, siempre en su mundo color de rosa. Traté de ignorar las voces que me exigían tomar cartas en el asunto. Y lo logré, hasta que llegó el día de la graduación de la secundaria, y para ella hubo un gran regalo: un automóvil. Herví de celos, seguí sin dejarme dominar por ellos. Ya que para mi sorpresa, me emocionaba el viaje con todos los compañeros de la escuela, aunque no tenía muy buena relación con ellos, simplemente tenía un buen presentimiento al respecto.

El lugar era un frondoso bosque con unas cabañas. Hacía un tremendo frío y realmente no tenía algo de especial, incluso al llegar me sentí defraudado por unos minutos. Un hecho que debería destacar de este viaje es que fue también cuando descubrí que Nancy tenía novio. Era uno de los chicos más desagradables de la escuela, con una bien merecida reputación de cretino. Al verlos de la mano sentí otra vez ira por todo mi cuerpo. Se suponía que era como una hermana, cosa que por supuesto me tenía sin cuidado, ya que no nos unía ningún lazo familiar verdadero. Tampoco estaba enamorado de ella, sentí celos pero como si se tratase de un objeto, que realmente no me interesaba aunque tampoco toleraba ver a alguien más usándolo.


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Hirvió mi sangre de furia, así fui indagando acerca de esta parejita de tórtolos y rápidamente supe que habían planeado verse a escondidas en alguna cabaña, así los espié toda la tarde. Después de armar cautelosamente un plan para terminar con esto, era como si algo dentro de mí me diera los pasos a seguir. Así conseguí el material que necesitaba. Y cuando los vi entrar a la cabaña, entré tras ellos en silencio, inicié un incendio y salí de la misma manera para luego bloquear las puertas y ventanas, evitando que lograran escapar.

Eliminé cada rastro que pudiera evidenciarme como culpable y luego caminé hacia la fogata y disfruté un rato de su calor. Miraba fijamente al fuego sintiendo que esta vez él era mi cómplice. Pensando a la vez que al terminar con la vida de Nancy no sólo evitaría sentir nuevamente celos por ella, sino que también tendría toda la atención de sus padres y todos los lujos y dinero serían ahora para mí.

Era tarde, por lo que nadie notó que la cabaña ardía en llamas. Sino, hasta el día siguiente cuando ya no había marcha atrás, se pensó que fue un accidente. Quedaron pocos rastros de Nancy y el sujeto que la acompañaba. Pero por su ausencia se dedujo que fueron ellos las víctimas en este incidente. Cuando avisaron a la familia, sentí nervios momentáneos, pero recordé mi gran habilidad para actuar. Así es como hasta el día de hoy logré convencer de mi cariño a esta familia. Se consideró la tragedia más grande en la familia, se respiraba un ambiente gris y fastidioso en el ambiente. Duró bastante tiempo, pero de igual forma valía la pena, tal como lo planeé. Ahora toda la fortuna y los lujos eran para mi padre adoptivo. Se concentraba en el trabajo más de lo habitual y mi madre, entre compras y salidas con sus amigas, evadía su dolor, y qué mejor, de ese modo no los tenía sobre mí, podía decir que la vida me sonreía.


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Pasaron meses y ya estaba cursando la preparatoria. Ahí conocí a Miriam, la chica más linda de la escuela, era bastante banal y me atrevería a decir que era algo tonta, pero era tan atractiva que sentía deseos de que fuera sólo mía. No me acercaba a ella, pero solía observarla de lejos, solía fantasear muy a menudo con ella. Los hoyuelos en sus mejillas y sus ojos almendrados. Varias ocasiones, al salir de clases, la seguía a casa. No tenía interés en hacerla mi novia, pero disfrutaba al espiarla, me agradaba verla caminar y cada uno de sus movimientos. Trataba de imaginar su aliento y poder morder sus labios, tocar su piel. Descubrí que más de uno la cortejaba, así que cedí nuevamente a mis impulsos. Comencé a hablarle poco a poco para ganar su confianza. Hasta que un buen día esperé a que saliera de su clase de baile, me ofrecí a llevarla a casa. Jamás fuimos a su casa, la llevé a una calle solitaria y la apuñalé 24 veces, una por cada hora del día que pensaba en ella. Otra vez fue muy fácil deshacerme de toda evidencia.

Luego siguió Samanta, era pelirroja y sus ojos eran verdes. Ella era dos años mayor que yo, así que aunque intentara hablarle, no me prestaría atención, salía con chicos mayores. Un día la sorprendí saliendo de la fiesta de algún amigo, la ataqué por la espalda y puse cinta en su boca. Viendo clara la oportunidad de raptarla, descubrí la pasión que despertaba en mi torturar, ver sangre derramarse, sentir el miedo y sufrimiento ajenos. A ella decidí descuartizarla, siempre hay que probar nuevas cosas. Por eso decidí que en cada chica sacrificada probaría distintas técnicas. Aunque no iba a permitir que otros se llevaran los créditos, debía idear alguna forma de dejar mi marca tanto en el mundo como en las víctimas. Esta marca sería su número, marcado en la frente.


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Terminé la preparatoria y convencí a mis padres adoptivos de que me permitieran ir a la universidad en otra ciudad. Luego de insistir un poco, accedieron siempre y cuando estudiara negocios internacionales y más adelante pudiera administrar las empresas de la familia. ¡Par de viejos estúpidos! Claro que acepté sus condiciones, un par de semanas después me mudé y así fue como llegué al descubrimiento de lo que es mi misión de vida. La primera fase fue aprender tanto como pude de las mujeres, cómo seducirlas, hacer que se entreguen. Dediqué todo mi tiempo y atención, perfeccioné mis tácticas.

Soy un artista de la muerte: 16 víctimas, todas atractivas mujeres. Aprendí a leerlas, saber cómo abordarlas, conquistarlas, hacerlas mías, sin importar si esto se llevaba un mes o dos años. Una vez seleccionada la víctima, no hay marcha atrás. Cada una de ellas, mis musas, su muerte, mi obra. Así logré tantas veces hacer mío su último suspiro. Jugaba tan limpio que tenía a las autoridades persiguiendo un fantasma, sin más pistas y completamente en mis manos, resultaba hilarante.


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Encontré a un prospecto para ser la número 17. Era bartender del sitio al que iba luego de realizar mis crímenes. Las primeras veces pensé que me parecía tan atractiva como cualquier mujer cuando sólo es una figura lejana. Me acerqué a ella, me senté en su barra y bebí los tragos que me servía, siempre con las medidas exactas, como si supiera leer las mentes. Ella logró hacerme sentir vulnerable, ninguna de mis tácticas funcionaría con ella. Al verla me veía a mí mismo, su mirada gritaba soledad, contra mi razón, yo deseaba acompañarla. Cada persona entraba en una categoría, pero para ella no tenía definición. La única forma de entenderlo sería aceptar que era amor, pero yo no creo en tal cosa.

El último jueves que fui a ese lugar, iba preparado para abordarla, pero me congelé, sentí mi corazón palpitar apresurado cuando por accidente su mano rozó la mía al servir mi trago. Tomé el tiempo para beberlo como de costumbre y salí huyendo, sintiendo una gran frustración al reconocer que mis habilidades se estaban viendo opacadas. Esto salía de mi control y el tiempo se estaba agotando, caminé a casa agitado y sin poder pensar con claridad. Me sentía noqueado. Llegué al edificio, estaba a punto de llegar a casa donde sentí que encontraría un poco de calma. Pero había otro obstáculo en el camino, me encontré de frente con la vecina, de la cual desconozco su nombre. Sólo sabía que era francesa y solía flirtearme en cada oportunidad. Me estaba hablando en un muy mal español y no entendí nada. Sólo llegó a mi mente la noche en que asesiné a mi madre, sentí la necesidad de cometer mi último crimen de la misma forma que el primero.


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Todo era confuso, grité que se callara, ella seguía hablando, ahora en francés. Algunos vecinos salieron para cerciorarse de que todo estuviera en orden, debía controlarme. No era seguro, no era el lugar ni el momento. La ira me hizo su presa otra vez, no puedo seguir luchando contra mi destino. La empujo con fuerza, ella continúa gritando. Pensé en huir, seguro mis padres adoptivos me apoyarían para salir del país. No, no podía dejar una obra sin mi sello, me acerco y ella está muerta. Sostengo un pedazo de vidrio, logro grabar en su frente “17”. Subiré a mi apartamento por algo de ropa y no volverán a verme. Pero ya no hay escapatoria, la policía está aquí, he sido atrapado y no por los policías sino por la mujer del bar.

Llegó el momento de confesarme, como una señora mojigata ante un sacerdote. Yo no tengo miedo y mucho menos espero el perdón de nadie. Me divierte que tardaran tanto en descubrirme, me río a carcajadas mientras ellos se horrorizan y sienten náuseas, describo a detalle las atrocidades que hasta ahora eran mi secreto.

Viene a mi mente la mirada de la bartender, siento un gran desprecio hacia mí mismo por haberme rendido ante ella. Si no fue mi musa, no pude hacerla parte de mi arte, lógicamente llegó la retirada y sería yo mi propia obra maestra. Un disparo en la sien y nunca lograrían atraparme realmente…

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Referencias: