Beauvoir y Sartre, la pareja que hizo de su amor un refugio existencialista
Letras

Beauvoir y Sartre, la pareja que hizo de su amor un refugio existencialista

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Por: Diego Fernandez

13 de junio, 2016

Letras Beauvoir y Sartre, la pareja que hizo de su amor un refugio existencialista
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13 de junio, 2016




Para su desgracia, Georges Bertrand de Beauvoir tuvo dos hijas en una galaxia en la que los hombres eran el sol y las mujeres planetas. La mayor de ellas tenía unos ojos que sugerían el absoluto y una capacidad intelectual única –casi masculina–, cosa terrible en un mundo donde sólo los varones tenían el don divino de la razón. Desde muy pequeña, Simone pensó que poseía un cerebro de hombre enjaulado en la cabeza de una mujer. A veces se escabullía entre las calles parisinas en la búsqueda del inasequible infinito, pero fue entre las páginas de los libros de la biblioteca de su padre donde halló un universo paralelo que alimentó su famélica afición por las letras y por las ideas.

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Era de una belleza irrebatible, con un par de ojos como galaxias, con los labios delgados como susurros y un semblante finísimo que la dotaban de un esplendor sobrehumano. Su padre nunca le escondió sus deseos frustrados de haber tenido un varón y no dos mujercitas, esto desató en Simone un sinfín de pensamientos que estructuraron sus teorías feministas en el porvenir. Simone vivió su adolescencia absorbida por el mundo de la guerra. Las mujeres tuvieron la necesidad de trabajar en las fábricas y hacer cosas que antes hacían los hombres que, por aquellos años, se encontraban en el campo de batalla. Las ideas feministas tomarían consistencia ya entrados los años 60, después de la Segunda Guerra Mundial, en plena liberación de las ataduras del conservadurismo y ya publicada la obra más famosa de Beauvoir: "El segundo sexo".


Con el paso de los años, ya en la mocedad, Simone descubrió aquellos entes ajenos y extravagantes que se hacían llamar “hombres”. Ellos eran distintos al de su casa –que a veces la hacía de consejero y a veces de gendarme–, pues esos seres recién descubiertos buscaban en ella algo más: el aroma de su piel, la curvatura de su cintura, el sortilegio de su belleza y, sobre todo, el hueco misterioso entre sus piernas.

Simone creció con las ideas altivas de su padre. Con pensamientos de superioridad que engrandecieron su figura durante muchos años y que implantaron en ella una personalidad narcisista que marcaría su vida.


Simone


Conoció a Jean-Paul Sartre -su destino- cuando ella tenía 21 años y él 24.
Se encontraron para unir sus cuerpos en el acto del amor libre, pero la verdadera esencia de su relación radicaba en la palabra. Quizá ninguna pareja en el mundo ha demostrado tanta fidelidad al vocabulario como lo hicieron ellos dos. Comenzaron a escribir juntos, a hablar sin parar en los bares de Montparnasse y se sumergían con asiduidad en un torrente de sílabas en los que era inevitable no ahogarse.


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A decir verdad, Jean-Paul era un hombre feo en toda la extensión de la palabra, pero lograba conquistar a las mujeres con su labia de poeta y con sus ideas libertinas sobre la vida como armas mortales de galantería. Sartre tuvo amantes a montones, de todas edades, bellezas y estructuras. Las mujeres se enamoran de las palabras y los hombres de las imágenes. A Simone le cautivó su voz y lo que con ella decía.

No había duda, aquellos dos eran almas gemelas. Compartían un gusto brutal por la literatura, pasaban horas hablando sobre lo absurdo de la cotidianidad, bebían juntos hasta parecer dos idiotas y consumían píldoras estimulantes y sedantes al por mayor para vislumbrar las verdaderas puertas de la percepción (esto tendría sus consecuencias: Sartre juró hasta el último de sus días que una langosta lo perseguía por las calles, y Simone murió a los 78 años con cirrosis hepática en su lista de enfermedades).
También compartían personalidades semejantes: los dos eran narcisistas, egocentristas, megalómanos, elitistas y, por supuesto, insufribles, ingobernables. Los dos deseaban ser famosos y no se limitaban a compartir su deseo de cambiar el mundo por medio de la literatura.

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Aunque tejieron una realidad de sueños incumplidos, su amor fue una novela colmada de anormalidades y de situaciones que rebasaban los parámetros de lo común: nunca dejaron de hablarse de usted, jamás durmieron juntos en una habitación. Cuando llegaban a hoteles pedían cuartos continuos, sin la idea de compartir una cama o de abrir su intimidad al otro. Lo cierto es que ambos tuvieron una infinidad de amantes contingentes: amantes que eran pasionales e importantes, pero siempre secundarios. A veces, después de ver a una de sus parejas, solían reunirse en un café o en un bar, aún con la piel oliendo al otro, para relatar con lujo de detalle el encuentro que acababan de vivir.

Su filosofía amorosa radicaba en la honestidad y en la transparencia, en el desvanecimiento de caretas y en la libertad que a veces engulle el inconsciente contrato marital. Hicieron de su amor un refugio existencialista, una forma distinta de convivencia en la que los amantes eran tan libres como dependientes del otro. Su amor duró más de medio siglo: 51 años inmersos en una relación que se alimentaba de letras, conversaciones y libertades.


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La mentalidad sin límites de Simone la llevó a aceptar su bisexualidad. Tenía relaciones cercanas con sus alumnas y aprendices. En un par de ocasiones compartió amante con Sartre y solían organizar tríos para satisfacer sus fetiches y fantasías. Simone se hacía y se rehacía a sí misma todos los días.
Era una mujer de pensamiento pétreo, de alma pueril y de deseos inquebrantables.

Poco a poco, Simone y Sartre se fueron separando. Con el paso de los años, su relación cayó en el abismo de lo cotidiano, en las planicies de lo aburrido. Sartre se enamoró de una de sus amantes: Arlette; Simone, por su cuenta, encontró un lugar junto a una joven llamada Sylvia. Ambos adoptarían legalmente a sus amantes como hijas: Arlette se convirtió en la albacea de la obra de Jean-Paul; Sylvia publicaría las cartas personales de la escritora y filósofa en 1990, cuatro años después de la muerte de Simone.

 


La vida como el amor es un juego de permanentes subidas e inclinadas bajadas. Todos tenemos vergüenzas e incoherencias que mantenemos en secreto, el amor de Simone y Sartre fue un secreto conocido por el mundo que puso las bases para darle consistencia a un pensamiento que a muchos ha cautivado. Simone fue el reflejo de Sartre (y probablemente también al revés); ella comprobó que las mujeres son un ser completo a pesar de estar con un hombre.
Las relaciones no crean monstruos de dos cabezas en un solo cuerpo. No existen medias naranjas, sino frutas completas.
Simone fue libre y responsable de su propio destino: se hizo a sí misma, de eso no hay duda. Hay quienes dice que el verdadero filósofo era Simone de Beauvoir, no Jean-Paul Sartre. Simone y Sartre nos demostraron que es posible un amor sin cadenas, que la felicidad no depende de la esclavización del otro y que el amor es un ave cuyas alas siempre se dirigen hacia la locura, hasta en la relación más cuerda.   

 


Este pensamiento e historia vertiginosa nos heredó Lecciones de amor de Sartre y Beauvoir que deberíamos aprender, que tal vez combinándolos con estos 5 hábitos para tener una relación sana, feliz y sexy, nos ayuden a llevar el amor a otro plano.



Referencias: