La soledad puede ser el camino más directo a la locura. Estar solos con nuestros pensamientos nos puede llevar a un mundo en el que es difícil distinguir lo que es real y lo que no. En los siguientes relatos de María Huet, las fantasías de los personajes se desdibujan y se desbordan hasta ahogarlos en un sueño del que será difícil despertar.
‘Ella’
Eras tú siempre la más puntual, pero esta vez pasaban las seis. Impaciente, caminaba de un lado a otro y observaba el paso monótono —repetitivo hasta ser absurdo— de las manecillas del reloj. Entonces decidí salir a buscarte; abrí la puerta y estabas ahí, justo detrás de ella. Sin decir una palabra me lancé a tus brazos. Mientras tus cabellos empapados mojaban mis mejillas, tus labios susurraban palabras incomprensibles. Al poco tiempo te conduje hasta el sillón. Nos miramos a los ojos por un largo rato, sin decirnos nada.
Por momentos me parecías una completa extraña que se apropiaba de mi espacio. Te observaba con desdén, pues había rasgos en ti que aborrecía. Noté que tus ojos comenzaban a empañarse y me atreví a preguntarte por qué. Debo decir que no esperaba respuesta alguna, y sin embargo me respondiste.
—Te has olvidado de mí.
—Has estado ausente mucho tiempo— objeté.
A pesar de todo me eras tan familiar. Tus palabras parecían articuladas por mi propia boca. De repente, me di cuenta de que mi pelo y mi ropa estaban empapados; me di cuenta de que tu voz sonaba como la mía. Me di cuenta, finalmente, que en la sala estaba yo sola, enteramente sola.
‘Cuerpo perdido’
El sol, el cielo, las personas, todo a mi alrededor parecía sacado de un cuadro impresionista. Yo continuaba pedaleando. Mi sombra se reflejaba en una nube, paré por un instante y frente a mí se divisaba la orilla de un río. Dejé mi bicicleta al pie de un árbol; con cautela descendí hacia el río y subí a un bote de madera vieja que se mecía en la orilla. Remé hasta que no pude más. El viento cosquilleaba mi piel mientras el agua del río balanceaba el bote. El vaivén del río me arrulló, y pronto sentí que comenzaba a quedarme dormida.
Al abrir los ojos, vi cómo el bote se alejaba más y más, hasta perderse completamente de vista. Corrí de un lado a otro buscándolo, pero el bote había desaparecido. Era como si mi voz se hubiera quedado en la orilla del río y mi cuerpo estuviera lejos, navegando. Se hacía de noche y tuve que regresar yo sola, sin mi cuerpo. Al día siguiente, regresé al río, pero no me encontré. Corrieron las estaciones, llegó la sequía y el río se quedó sin agua. Hasta que una tarde, después de muchas visitas, observé a lo lejos un bote. Me acerqué a él, me incliné para asomarme hacia su interior y sólamente descubrí un montón de huesos.
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La búsqueda del amor nos puede dejar una sensación de vacío y soledad que no es fácil de combatir; sin embargo, incluso en estos sentimientos podemos encontrar belleza, como lo demuestran las fotografías en este artículo.