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Mira todo lo que caramelos pueden hacer por ti

10 de abril de 2018

Luiz Carlos Reategui Del Aguila

"Caramelos"


Observo la ciudad de Lima desde la ventana de mi edificio. Vivo en el piso 11, todo parece apacible desde arriba, veo una ciudad sosegada y amable, en la que se ha desterrado la hipocresía y ha cesado para siempre la hostilidad. Eso me hace recuperar en algo la paz, abrigo la esperanza de no resignarme a tener que ver a Lima desde arriba. Voy al comedor. Mi padre lee atento el manual de un cronómetro que se ha comprado, pues a sus 77 años de seguro que ya se dio cuenta que es poco el tiempo que le queda y no hay marcha atrás, ya es demasiado tarde para nosotros. Ni se inmuta con mi presencia y menos me dirige la palabra.


Así es cada mañana, debo ir a trabajar, saldré de la misma manera, con supina indiferencia rayana en el desprecio, sin expresarle casi nada. Tomo un sorbo de jugo de naranja y agarro un pan a la volada, no hay qué untarle, hace mucho que ya no hay.


—Voy a salir. Le digo, y caigo en la tentación de procurar un nuevo intento, de tantos que he venido haciendo desde que tengo uso de razón, por captar su atención, pero es inútil.


Su despedida es fría, como sus manos, como sus mejillas, como la perilla de la puerta que me lleva al ascensor. Mi padre hace un ademán castrense sin despegar los ojos de aquel manual en el que se ha concentrado fijamente, así es su adiós todas las veces, despreocupado, mirando a cualquier otro lado menos al frente. No conozco a ciencia cierta el color de sus ojos. Prefiero no reclamar y preservar el aplomo para evitar el rifirrafe, el fuego cruzado. El único lugar donde tengo cierta tranquilidad, es ahí, en ese espacio de 99 metros cuadrados y no quiero viciarlo, ni infectar su aire con riñas que él aduce que banales.



Bajo del edificio en dirección al estacionamiento, subo a mi auto y salgo a la calle. Con cada cuadra que avanzo, la ciudad cambia. Ya no es la de hace un rato en mi ventana, es una por completo distinta que me enzarza, me escupe. Manejo silente, me aturde sus elevados decibeles mientras más me acerco al centro de sus entrañas es peor.


Los hombres esquivan las miradas, no te dan la cara, otros se muestran vehementes, ásperos. Es un festín de varapalos entreverados, y yo, sin saberlo, me convierto en uno de ellos, me voy convirtiendo en mi padre. Me sigo adentrando y es peor. Ahora ya soy uno de ellos. Tengo las uñas de mis manos clavadas en el timón, tengo el ceño fruncido, las pulsaciones rabiosas, la vista fija hacia el frente y transpiro copiosa y fríamente, como cuando tienes vacío el pecho, como cuando se te han esfumado los sentimientos del cuerpo, como cuando eres mi padre.


Acelero, violento y energúmeno, intentando ganar los cruces. La luz ámbar no es de precaución, sino la posibilidad de sacar ventaja, de pasar al cojudo que sobrepara y cerrar al que viene en transversal, ocupando un espacio que no es mío, midiendo con el rabillo del ojo mi condición incólume y ver si es que hay alguien que se atreva a decirme algo. Voy lo más rápido que puedo, con mi actitud talionista, quiero sabotear al ámbar de nuevo.


—Que no se cambie a rojo, no, no, no, qué salado, carajo.


El semáforo acaba de cambiar en el cruce de Jr. Junín con Jr. Lampa. Hilario se camufla camaleónicamente entre la gente, trata de confundirse entre ellos suponiéndose uno más, pero no lo es, cruza por la línea peatonal, aprovecha la quietud de los autos, se detiene en medio de la pista, está en silla de ruedas porque no tiene ambas piernas. Luce un polo percudido, un pantalón corto para que se vea el muñón claramente y sepas que no miente, el rostro lo tiene magullado, infestado de surcos en todas direcciones, eso sumado al castigo del sol en verano, el cabello que le cae por delante le cubre los ojos, igual decide no alzar la vista y concentrarse.


Con los gruesos y callosos dedos saca unas pequeñas pelotas. Comienza a hacer piruetas y malabares, el retortijón del estómago le recuerda que tiene hambre, pues entrada la tarde nada comió desde que se despertó, pero traga su saliva y aguanta, se debe a su público, la función tiene que continuar y sigue con su acto.



Luego de un par de trucos más, concluye. Inclina un poco el cuerpo en señal de agradecimiento, esperando una ovación y unas palmas que nunca llegan a sonar, que son imaginarias y que solo él, detrás del cabello que le cubre los ojos, logra escuchar. Con la fuerza de sus brazos se dirige hacia mí, se detiene a mi lado.


Lo miro de reojo, estoy impaciente, contando los segundos en el marcador, dudo un momento, bajo ligeramente la ventana pero desisto de mi intención, estoy apurado, no puedo prestarle atención, será para la próxima. Vuelvo a subir la ventana hasta el tope, no le doy nada. Va al auto de a lado. Sofía, una niña de cinco años, baja la ventana trasera de su asiento, extiende su brazo y le da todo lo que encuentra de valor en sus bolsillos. Hilario abre la mano. Me quedo perplejo. La niña le ha entregado sus caramelos. Hilario comienza a llorar, él no quería dinero. Sofía no está infecta y quizá sea la última oportunidad que nos queda.



El auto se me apaga, la imagen se torna borrosa, parpadeo varias veces para recuperar la nitidez, me fijo a los costados, desesperado, deseo saber si todos lo han visto, pronto caigo en cuenta que soy el único testigo. Me quiero bajar, pero los bocinazos de los hombres y los de mi padre me obligan a avanzar.



**


Cualquiera diría apenas al verte que no eras todo pero eras suficiente... y otras declaraciones de amor. La poesía siempre será la mejor manera de expresar nuestros sentimientos, ya que nos expone de manera sincera frente al otro.

TAGS: Soledad Cuentos Nuevos escritores
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Luiz Carlos Reategui Del Aguila


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