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LETRAS

Los poemas de amor de Carlos Pellicer que debes conocer

Carlos Pellicer escribió de todo: historia, política, sobre museos. Poemas y ensayos. Y claro, también le escribió al amor y al desamor.

Carlos Pellicer fue político, museógrafo pero sobre todo poeta y escritor. Nació en Villahermosa, Tabasco el 16 de enero de 1897 y murió el 16 de febrero de 1977. Sus letras se colocaron dentro de los movimientos modernista y vanguardista y su obra consta de poesía y ensayo. En 1964 recibió el     Premio Nacional de Literatura y Lingüística  y perteneció al grupo de Los Contemporáneos y a la Academia Mexicana de la Lengua.

Foto: Letras LibresParte de sus letras las dedicó al amor, poemas que a continuación te presentamos. 

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Poemas de amor de Carlos Pellicer

Al dejar un alma

Agua crepuscular, agua sedienta, 

se te van como sílabas los pájaros tardíos.

Meciéndose en los álamos el viento te descuentan 

la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.

Alié mi pensamiento a tus goces sombríos 

y gusté la dulzura de tus palabras lentas.

Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas:

yo devoré en el pan tus trágicos estíos.

Mis manos quedarán húmedas de tu seno.

De mis obstinaciones te quedará el veneno,

flotante flor de angustia que bautizó el destino.

De nuestros dos silencios ha de brotar un día

el agua luminosa que dé un azul divino 

al fondo de cipreses de tu alma y de la mía.

¿Qué harás?

¿Qué harás? ¿En que momento 

tus ojos pensarán en mis caricias? 

¿Y frente a cuales cosas, de repente, 

dejarás, en silencio, una sonrisa? 

Y si en la calle 

hallas mi boca triste en otra gente, 

¿la seguirás? 

¿Que harás si en los comercios --semejanzas-- 

algo de mi encuentras?

¿Qué harás?

¿Y si en el campo un grupo de palmeras 

o un grupo de palomas o uno de figuras 

vieras?

(Las estrofas brillan en sus aventuras 

de desnudas imágenes primeras.) 

¿Y si al pasa frente a la casa abierta, 

alguien adentro grita: ¡Carlos!? 

¿Habrá en tu corazón el buen latido? 

¿Cómo será el acento de tu paso? 

Tu carta trae el perfume predilecto. 

Yo la beso y la aspiro. 

En el rápido drama de un suspiro 

la alcoba se encamina hacia otro aspecto. 

¿Qué harás? 

Los versos tienen ya los ojos fijos. 

La actitud se prolonga. De las manos 

caen papel y lápiz. Infinito 

es el recuerdo. Se oyen en el campo 

las cosas de la noche. --Una vez 

te hallé en el tranvía y no me viste. 

--Atravesando un bosque ambos lloramos. 

--Hay dos sitios malditos en la ciudad. ¿Me diste 

tu dirección la noche del infierno? 

--...Y yo creí morirme mirándote llorar. 

Yo soy... 

Y me sacude el viento. 

¿Qué harás?

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Amor sin nombre

Amor sin nombre, ámbito destino

de ser y de no estar. Tu pronto asedio

sostiene mi dolor y anula el tedio

de copa exhausta o apretado vino.

En un alto silencio, un aquilino

palmo azul de silencio, vivo. En medio

de la infausta paciencia de tu asedio

abro las jaulas y desbordo el trino.

Por ti cuelgo coronas en los muros;

por ti soy más fugaz y en los maduros

soñares aligero tus canciones.

Y te llevo en mi ser y has recogido

la actitud que en Florencias o Bizancios

consagra sus palomas al olvido.

Si junto a ti las horas se apresuran...

Si junto a ti las horas se apresuran

a quedarse en nosotros para siempre,

hoy que tu dulce ausencia me encarcela,

la dispersión del tiempo en mis talones

y en mis oídos y en mis ojos siento.

Yo no sé caminar sino hacia ti,

ni escuchar otra voz que aquella noble

voz que del vaho borde de la dicha

vuela para decirme las palabras

que aguzaron el agua del poema.

¡Decir tu nombre entre palabras vivas

sin que nadie lo escuche!

Y escucharlo yo solo desde el fino

silencio del papel, en la penumbra

que va dejando el lápiz, en las últimas

presencias silenciosas del poema.

En una de esas tardes...

En una de esas tardes 

sin más pintura que la de mis ojos, 

te desnudé 

y el viaje de mis manos y mis labios 

llenó todo tu cuerpo de rocío.

Aquel mundo amanecido por la tarde, 

con tantos episodios sin historias, 

fue silenciosamente abanderado 

y seguido por pueblos de ansiedades.

Entre tu ombligo y sus alrededores 

sonreían los ojos de mis labios 

y tu cadera, 

esfera en dos mitades, 

alegró los momentos de agonía 

en que mi vida huyó para tu vida.

Estamos tan presentes, 

que el pasado no cuenta sin ser visto. 

No somos lo escondido; 

en el torrente de la vida estamos.

Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí 

toda el agua que va rumbo a tus cántaros. 

Tu nombre, tu alegría… 

Nadie lo sabe; 

ni tú misma a solas.

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Tú eres más mis ojos porque ves...

Tú eres más mis ojos porque ves 

lo que en mis ojos llevo de tu vida. 

Y así camino ciego de mí mismo 

iluminado por mis ojos que arden 

con el fuego de ti.

Tú eres más que mi oído porque escuchas 

lo que en mi oído llevo de tu voz. 

Y así camino sordo de mí mismo 

lleno de las ternuras de tu acento. 

¡La sola voz de ti!

Tú eres más que mi olfato porque hueles 

lo que mi olfato lleva de tu olor. 

Y así voy ignorando el propio aroma, 

emanando tus ámbitos perfumes, 

pronto huerto de ti.

Tú eres más que mi lengua porque gustas 

lo que en mi lengua llevo de ti sólo, 

y así voy insensible a mis sabores 

saboreando el deleite de los tuyos, 

sólo sabor de ti.

Tú eres más que mi tacto porque en mí 

tu caricia acaricias y desbordas. 

Y así toco en mi cuerpo la delicia 

de tus manos quemadas por las mías.

Yo solamente soy el vivo espejo 

de tus sentidos. La fidelidad 

en la garganta del volcán.

Hoy que has vuelto, los dos hemos callado...

Hoy que has vuelto, los dos hemos callado,

y sólo nuestros viejos pensamientos

alumbraron la dulce oscuridad

de estar juntos y no decirse nada.

Sólo las manos se estrecharon tanto

como rompiendo el hierro de la ausencia.

¡Si una nube eclipsara nuestras vidas!

Deja en mi corazón las voces nuevas,

el asalto clarísimo, presente,

de tu persona sobre los paisajes

que hay en mí para el aire de tu vida.

Yo acaricio el paisaje...

Yo acaricio el paisaje,

oh adorada persona

que oíste mis poemas y que ahora

tu cabeza reclinas en mi brazo.

(...) Detrás de un cerro grande

va estallando una nube lentamente.

su sorpresa

es como nuestra dicha: ¡tan primera!

Lo inaugural que en nuestro amor es clave

de toda plenitud.

El aire tiembla a nuestros pies. Yo tengo

tu cabeza en mi pecho. todo cuaja

la transparencia enorme de un silencio

panorámico, terso,

apoyado en el pálido delirio

de besar tus mejillas en silencio.

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Yo leía poemas y tú estabas...

Yo leía poemas y tú estabas

tan cerca de mi voz que poesía

era nuestra unidad y el verso apenas

la pulsación remota de la carne.

Yo leía poemas de tu amor

Y la belleza de los infinitos

instantes, la imperante sutileza

del tiempo coronado, las imágenes

cogidas de camino con el aire

de tu voz junto a mí,

nos fueron envolviendo en la espiral

de una indecible y alta y flor ternura

en cuyas ondas últimas -primera-,

tembló tu llanto humilde y silencioso

y la pausa fue así.  -¡Con qué dulzura

besé tu rostro y te junté a mi pecho!

Nunca mis labios fueron tan sumisos,

nunca mi corazón fue más eterno,

nunca mi vida fue más justa y clara.

Y estuvimos así, sin una sola

palabra que apedreara aquel silencio.

Escuchando los dos la propia música

cuya embriaguez domina

sin un solo ademán que algo destruya,

en una piedra excelsa de quietud

cuya espaciosa solidez afirma

el luminoso vuelo, las inmóviles

quietudes que en las pausas del amor

una lágrima sola cambia el cielo

de los ojos del valle y una nube

pone sordina al coro del paisaje

y el alma va cayendo en el abismo

del deleite sin fin.

Cuando vuelva a leerte esos poemas,

¿me eclipsarás de nuevo con tu lágrima?

El aire

El aire es transparente

cual el silencio en una lectura prodigiosa.

Y funde la cera voluptuosa

del mediodía

y es una rosa

de caminos estelares,

un fruto diáfano, una sombra divina

que acerca espíritus y mares,

pájaros y naranjas,

nube más piedras tórridas y palabras marinas.

El aire es translúcido

como el saludo de los amantes

en los grupos cordiales.

Alía en arcos invisibles

la palabra olvidada, las augustas señales

y las manos de la danza fúnebre

que antes saludaron a la primavera.

El aire me persuade de tu ausencia, ¡oh amor!

Aire, fino-aire, largo-aire-lira, aire-cera.

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Fin del nombre amado

Un soneto de amor que nunca diga

de quién y cómo y cuándo, y agua dé a 

quien viene por noticia y en sí lea

clave caudal que sin la voz consiga.

Que en cada verso pierda y gane y siga

ritmo a la cifra en luz que el agua arquea,

y suba el esplendor que así desea

música lengua y tacto a flor de espiga.

Ya la línea sandalia del terceto

abre camino al alma del objeto

que adoro y cuyo nombre dicen todos.

Nadie sabe el valor de su grandeza,

pero al decirlo de inconscientes modos

me transfiguran, pues me dan belleza.

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