Letras

Carta para el autor

Letras Carta para el autor

 Una noche, en algún lugar, casi al borde de la hoja.

 

 

Amor mío, mi poeta,

 

Sí, yo también puedo escribirte.

 

Los caminos que trazaron tus labios sobre la piel de mi nuca me acechan, todavía hoy, a estas horas en que la luna dicta su sentencia. Fuiste aquella caricia improvisada, intempestiva, aquel roce alucinante que desvió mis pisadas hacia el mar que todo lo borra. Cómo puede ser el mundo tan hermoso, el tiempo tan corto, cuando encontramos la brújula.

 

Ahora dirás que viviste, que miraste el horizonte con ojos de vagabundo, que eran las esperanzas las que empujaban la sangre sentada en tus venas cuando dibujaste el punto final, con fuerza. Dirás que me amaste, que fuiste marea y tempestad en mi océana existencia de mariposa sobre la página. Dirás que eras mío, hasta el fondo, hasta el fin del texto. Y todo lo que digas será una mentira escrita con tu sudor sobre la playa de mi cuerpo que fue tuyo, de verdad.

 

Me tuviste contenida en tu aliento, entera. Palpitaste dentro, un día.

 

“Las historias se terminan”. Recuerdo la cadencia exacta del epitafio que lanzaste como si no fuera daga, como si no fuera un trago de veneno sin aviso, como si no fuera veredicto en el juicio final del tiempo, como si no supieras que el espacio, entonces, quedaría vacío.

 

Y hoy no dejan de dolerme las miradas que me pasan por encima, las que desnudan y me piensan suya, sin serlo. Me mata saberte quieto, sin anotar que se equivocan, con los brazos cansinos, escribiendo otros ojos, otras piernas morenas que se cruzan por tu espalda, otro nombre que se escapa de tu lengua con la dulzura que, antes mía, lo era todo. Qué acierto; al final, el autor se desentiende, a pesar de que fue su mente la que tejió el destino y mi desdicha.

 

El libro se cierra. Se calla el viento. Me despido.

 

Ojalá que algún día te queme la verdad que arriba a puerto, que te cieguen las cortinas de una casa deshabitada y te sigan los espíritus malditos de todos los hombres que me han leído sin volver la vista atrás, la amargura del amor solitario, sin reflejo, sin respuesta. Ése que queda encerrado entre las pastas y se asfixia lentamente. Ojalá que me recuerdes y entonces tengas frío.

 

Te recuerdo, vida mía, que las palabras se saben pitonisas. Y así me creaste. Me escribiste fatal, finita, inolvidable. Es tu culpa.

 

Se acaba la tinta que alguna vez me hizo, que te quede para siempre en la consciencia. Fuera de la ficción, los muertos también lloramos. Por algo llueve.

 

Con un amor inenarrable que es capaz, incluso, de olvidarte,

 

ésta, tu personaje.

 

*Publicado en En medio queda el agua, Editorial Lengua de Diablo, 2012. 

 

 

Fotografía por: Rodrigo Cerbón

 


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