Cartas a una mujer sobre la anarquía, para que aprenda a amar libremente

lunes, 10 de abril de 2017 7:39

|A Martinez

"Lo que siempre odié fue la puta rima: «Soy un anticristo, soy un anarquista»", dice Steve Jones, guitarrista de los Sex Pistols en el documental "The Filth and the Fury". El hombre dice con ironía que la mala forma de Johnny Rotten para escribir canciones fue la responsable de crear un movimiento casi sin querer. El punk tomó el nombre de la anarquía para hacer gritos en contra del gobierno, sin embargo, pocos sabían lo que realmente era.

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La anarquía es la ausencia total de cualquier sistema de gobierno en un lugar. Si los punks hubiesen cumplido su cometido, no existirían reglas claras ni maneras lógicas de hacer que una comunidad avance de manera próspera. Esa falta de control es sólo parte de ideas utópicas que ya no son realizables en civilizaciones modernas. 

Luigi Fabbri fue un anarquista y crítico italiano que soñaba con eliminar el sistema o adoptar el rechazo del establecido en tiempos en los que tampoco era viable vivir de esa forma; es decir, a fines del siglo XIX e inicios del XX. Desde que tenía 16 años poseía ideas radicales que lo pusieron bajo arresto en distintas ocasiones. Durante la Primera Guerra Mundial se rehusó a participar como soldado y fue puesto en prisión.

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A los 27 años publicó un trabajo con el que recibió múltiples críticas no sólo por presentar sus ideales, sino por hablarle con condescendencia a las mujeres lectoras tratando de convencerlas de que adopten el anarquismo y luchen por él. El texto se titula "Cartas a una mujer sobre la anarquía" y hace apenas un año fue reeditado para publicarse en español.

El libro tiene fuerte validez, pues presenta versiones realistas de la anarquía, sin embargo, cada mensaje hacia la mujer suena banal. La invita con promesas basadas en los estereotipos y opta por usar un lenguaje sencillo e indulgente.

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Estos son algunos extractos:

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Mi carísima:

Me alegro que haya en ti ese deseo de saber la verdad en lo que a nosotros se refiere; solamente quisiera que desapareciera de tu mente esa especie de prevención que te hace buscar de descartar a toda la hipótesis de la anarquía.

“Está muy bien, -me dices- pero antes de discutir las ideas anarquistas y de aventurarte en un terreno de tanto riesgo, ¿por qué no miras que más cerca a la realidad, más posibles, hay otros partidos cuyos componentes no desean menos que ustedes el bienestar y la libertad para todos los hombres?”

Evidentemente tú quieres aludir a los socialistas democráticos y también quizá a los republicanos; así me ha parecido comprenderlo en el resto de tu carta, ya que, hoy por hoy, me parece que nadie puede esperar nada bueno del partido clerical que se conforma con predicar la resignación prometiendo a los que sufren el premio del paraíso... después que hayan muerto, ni del partido monárquico y conservador que es el partido de los privilegiados de hoy, cuyos poco deliciosos frutos tienes bajo la mirada. Además éstos no pueden ni siquiera llamarse partidos sino consorcios de intereses que se basan sobre la explotación de la ignorancia y del espíritu carneril de la mayor parte de los hombres; ellos son los dominadores del pasado y del presente, en parte causa y efecto de los males sociales que tú misma lamentas, y de los cuales ellos de todas maneras se aprovechan, estando su privilegio formado precisamente por la miseria y opresión de los demás. Ellos son por necesidad enemigos del que seriamente desea un mejoramiento cualquiera para la humanidad. Pero non ci curiam di lor...

Los que realmente valen algo en la vida pública son los partidos de porvenir, que luchan por un cambio más o menos radical de la sociedad y que traban combate con las instituciones del presente y del pasado. Tú seguramente aludías a éstos, y quieres saber por qué no prefiero ser republicano o socialista en vez de anarquista [...].

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Queridísima:

¡Finalmente! Sabía que un día u otro saldrías con la cantilena de que la anarquía es una cosa bella pero... imposible. Cuando se nos ha dicho que somos utopistas se cree habernos puesto directamente fuera de discusión, tanto más cuanto que ésta es la más cómoda respuesta que se pueda hacer a la demostración de la superioridad absoluta de las ideas anarquistas sobre todas las otras. Comprendía muy bien que habrías llegado a este argumento, y que todas las concesiones que me hacías en las cartas pasadas se esfumarían así en esta suprema negación, en apariencia cortés, pero substancialmente traicionera.

«¡Soberbia concepción es la tuya!», me dices ¡y en verdad no hay sueños más nobles que el sueño anarquista; su único defecto es el de ser un sueñoY sin quererlo, ofendes así a mi idea, más que los que la agreden brutalmente; ya que estimándola una innocua fantasía de soñadores, niegas a los anarquistas la ventaja, que no obstante les corresponde, de estudiosos diligentes de la vida social, para creerlos ignorantes y ciegos.

Y sin embargo, la teoría anarquista se basa sobre todos los modernos conocimientos de los cuales también ha surgido; y una prueba de su practicabilidad la encuentras precisamente en que es una teoría experimental hecha del estudio de las condiciones físicas, económicas y morales de los hombres, entre los cuales la anarquía debe hacer hoy sus prosélitos y encontrar mañana su actuación [...].

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Querida mía:

... continúo, pues, haciendo de profeta, aunque ésta no sea precisamente la tarea que más me agrada. Pero, después de todo, tiene razón. Desde el momento que queremos destruir, se comprende perfectamente que estamos también obligados a decir, aunque más no sea a modo de hipótesis, lo que haríamos nosotros el día siguiente de una revolución que hubiera derribado los sistemas presentes.

Tú ya debes haberme comprendido. Lo que queremos es la reorganización de la vida económica de la sociedad sobre la base de la igualdad, garantizada por el hecho de que los medios de producción y la producción misma estén a disposición de todos, en común, y que esta organización de la propiedad común sea hecha de abajo a arriba, por medio e intermedio de la organización federalista de los trabajadores, fuera de toda centralización, con la máxima garantía de la libertad para todos: garantía que sólo puede dar la ausencia absoluta de órganos de violencia y de gobierno de los unos sobre los otros. Ésta es la parte positiva de nuestro programa, de cuya bondad dan fe los estudios sociológicos de los mejores intelectos, la experiencia histórica y el mismo multiforme movimiento social contemporáneo [...].

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Fabbri escribió las cartas hacia una joven que él identifica como su novia. En los textos sugiere que el camino para amar libremente cualquier aspecto de la vida es el anarquismo. Su visión es más romántica que la de los punks décadas después, sin embargo, la forma en que están escritas y la invalidez de esa falta de sistema en el contexto en el que vivía reducen su calidad literaria.

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La relevancia de los textos de Fabbri en la actualidad es indudable. Sirve como ejemplo de las antiguas mentalidades pseudoliberales europeas y es recordatorio de que el anarquismo es sólo un sueño que jamás se cumplirá.

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