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Cartas a Sofía

Letras Cartas a Sofía


Mi Sofía, me suena dulce el oído cuando escucho tu nombre, aunque lo diga otro, alguien cualquiera. Sólo quiero contarte que sigo encerrado, hace varios días que no salgo de la habitación. Mis días y tardes las paso leyendo y hablando, a veces miro afuera como un recluso apoyado en los barrotes pero, a veces, prefiero no hacerlo porque las ganas de salir caminando con el sol pegando en la cara me ahogan. Ya no dejo entrar a nadie cuando me vienen a visitar porque conversar con otros se me transformó en una pérdida de tiempo y aliento. Los monjes budistas que pasaban días, meses, años en silencio no lo hacían para pensar más o mejor, u obligarse a una autoflagelación tal como la desconexión con las personas que los rodeaban. Lo hacían por respeto la palabra, por respeto a la voz. Ahorrar nuestra energía de cosas banales y cotidianas del vivir quizás nos ayude a concentrarnos en nosotros, en nuestro camino, como una vez me dijiste vos: en nuestra misión en el mundo. Así lo veo yo en relación a las personas. ¿Para qué quiero yo rodearme de cuerpos que están ahí conmigo sólo porque no soportan estar solos cuando no pueden estar con quien quisieran en ese momento? Podríamos acordar un pacto de compañerismo y sonreír, conversar, divagar, pero a mí no me molesta la soledad. La soledad sólo se quiebra cuando se está con alguien en tu camino, en tu sintonía, con alguien con quien quieres estar. Y yo quiero verte a ti, aunque estés allá, dónde ya te perdí el rastro. Por eso no veo a nadie hace varios días y me siento un poco exaltado, de hecho no hice ni un punto y aparte desde que empecé a escribir esta carta. Acá va. 

Como te decía, paso los días leyendo, informándome y cada noche escribo las conclusiones del día de trabajo. Puede volver en cualquier momento, yo la espero. Esta vez ya no me puede tomar desprevenido, no voy a dejar que eso pase. Duermo con las luces encendidas y me mudé cerca de unas vías de tren en pleno centro de la ciudad para que a las 4.30hs de cada día me despierte el tren carguero que va al Oeste. Siento su ruido como un despertar suave y familiar, con olor a desayudo en invierno, con chocolates y estufa. Antes de siquiera desayunar, me siento en la silla desnudo a pesar del frío, la silla es de madera, y pienso al menos 25 minutos. Digo “al menos” porque lo hago hasta que pasa el primer tren del servicio matutino con pasajeros. Sé que va a volver y tengo miedo. Extraño tanto tus abrazos, tus miradas consoladoras, mi querida Sofía, no puedo desconcentrarme ni un segundo y ya renuncié a todo. Ella no viene, y sé que lo hace a propósito. Sé que vendrá y sabe que estoy a la espera. Es una tortura la espera la amenaza. En esos momentos más te necesito, más recuerdo nuestros recuerdos. 

En realidad siempre a la media noche viene, mira por abajo de mi puerta, se sonríe y se va, nunca entra. Ni puedo entender su cinismo, ¿cómo llegó a ser tan sádica mi Bestia?

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