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Tu voz me hace falta, así como tus besos, tu sueño

8 de diciembre de 2017

Cultura Colectiva

Con un estilo muy particular que construye, imagen tras imagen y frase tras frase, una ambientación nutrida en lo literario —y en lo literal—, Marisol Ávila conduce al lector con el hilo de su narrativa por un relato en primera persona que envuelve, bajo la temática amorosa, un eje a revelar. Disfruta a continuación de su primera colaboración.



Casa vacía

Dejé el automóvil en la entrada del garaje, al cerrar la puerta pude observar la casa despellejándose y cayéndose lentamente; está llena de recuerdos y momentos inolvidables, fúnebres, risueños; está tan gastada, tan cansada así como nuestra conexión innata. Giré ligeramente mi rostro y pude observar a lo lejos un paisaje aceitunado. Suspiré al recordar cómo ha crecido aquel árbol que planté junto a mi padre, hace más de quince años era sólo una delgada línea de vida, ahora, tiene un tallo fuerte, verdes hojas que están a punto de volverse anaranjadas e incluso, una que otra familia de aves desarrollándose entre sus ramas; un columpio cuelga de la más ancha, la soga sigue siendo fuerte a pesar de ser longeva. Te daba temor que algún día se rompiera y cayeras al estar volando sobre la tierra, negué esa posibilidad. “Ese árbol es mío, cuidará de mí y de todo lo que amo”, te dije más de una vez, a lo que encontraste una forma de repelar. Como es tu costumbre. Así eres tú. Tú y tus enormes ojos mirándome fijamente para desnudarme, descubrirme frágil e indefenso ante tus montes. Tú con mi vida entre tus manos haciéndome pedazos. Tú, tan estruendosa, poderosa. Un veneno placentero que uno mismo se sirve en vaso y lo toma complacido, dichoso de mirar a la muerte de frente.



Un escalofrío me hizo reaccionar. Ya habían pasado diez minutos desde que arribé a casa. No parecía tanto. Quise quedarme afuera, respirar la suavidad de la noche. No era posible. Me necesitas contigo y debo estar a tu lado. Lo prometí desde el día que te conocí, aunque tú no estés aún enterada, a pesar de que no me desees a tu costado. Porque no olvido aquella tarde lluviosa en la Secundaria Trece, en la clase de geografía de la profesora Adriana; estabas sentada justo detrás del enorme globo terráqueo que ella utilizaba para hacer más amena la materia, era tan grande que no me dejaba ver tu rostro, sin embargo, podía ver tus dulces y largas piernas. Tu delicado color canela brillaba aún cayendo las lágrimas del cielo, resplandecías. Caminé sólo para notar que sostenías algo entre tus delicadas y fuertes manos, un libro que aún opacaba tu bella sonrisa: Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Fue ahí, en ese preciso instante, en que me enamoré de ti. Quizá ya lo estaba, sólo que aún no habíamos cruzado miradas y cuando lo hicimos, lo sentí. Algo se rompió dentro de mí, una diminuta alegría parpadeó en mi interior y un cometa alumbró mi corazón. Crucé la puerta y un crujido surgió de ella. Al abrirla inmediatamente un olor de madera te inunda el olfato, no lastima tus sentidos, es un aroma familiar, incluso, te hace sentir un vínculo íntimo en un lugar totalmente desconocido. Fui directamente a la alcoba, subí las escaleras lo más cuidadoso posible, lo más silencioso que me permitía mi cuerpo y lo viejo del lugar. La noche de pronto se volvió gélida, lóbrega. El vago ruido del río Omacloma chocando con las rocas era tan estrépito que parecían ser onomatopeyas en un vaivén de sonidos prodigiosos; los grillos parecían orquestar "La marcha de la reina negra" (Queen), una música ideal para aquel día que al pasar el tiempo se hacía más turbio, sombrío, para este amor quebrado y mezquino; fugaz, vivaz y fogoso.



Al entrar al cuarto me miré al espejo. Demacrado fue la primera palabra que apareció en mi mente. El dolor destelló en mi alma y parecía cobrar más fuerza al caer el crepúsculo. El recuerdo hace que mi corazón quebrante. Tu voz me hace falta, así como tus besos, tu sueño... Pero creo que te he perdido, la lámpara de tu calor ya no está para abrasarme. Sí, con s, porque me quemabas con cada esperanza, pistaste en mí un lienzo a tu antojo, usando tu pincel de perfección, que para mí sólo era de vil putrefacción. Me usaste como una tabla para poder cruzar cualquier acantilado o simplemente para pasar el rato. Nunca pude ser más, sin embargo, tú, fuiste todo. Te llené de letras en una carta diaria. ¡Basura! Eso fue para ti, simplemente papel inútil y escritos vacíos.

Incluso el día que te pedí ser mi esposa fui tratado de idiota. Dijiste que jamás estarías conmigo, que era repulsivo, además, que tu corazón y alma eran libres y yo sólo detendría tu vuelo. Eso creías tú. En el fondo yo sabía que tu entrepierna tenía grabado mi nombre y que en tu pecho latía mi reflejo. Eras mía y ni siquiera te habías dado cuenta, pero ya lo harías.

El amor es el impulso del mundo. Hace que gire y se detenga por tiempos relativos. Nos invita a crear y a destruir universos. ¡Bienaventurados los que no aman, pues no cargan con la sentencia de ver su cara distorsionada! Sé que no era lo correcto, créeme. Me lo repito al despertar y cada que mi alma parpadea. Pero se esfuma ese pensamiento invasivo y egoísta cuando te siento entre mis brazos aunque estés fría, cuando te veo y afirmo que me amas aunque ya no estés con vida.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Rosie Hardy.

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