Charcos límpidos
Letras

Charcos límpidos

Avatar of Gene Rodriguez

Por: Gene Rodriguez

17 de marzo, 2016

Letras Charcos límpidos
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Por: Gene Rodriguez

17 de marzo, 2016




Charcos límpidos

Ya no recordaba su edad, pero sabía que debía haber pasado ya mucho tiempo para que su corazón se hubiera podrido de esa manera, hundido en un caldo hirviente de larvas y axolotes. El tiempo lo fermentó lastimosamente hasta que el amor se convirtió en un rencor púrpura y virulento. Ya todo le daba igual, y es que a la Muerte se le había agotado la vida desde que apareció en un mundo tan brillante y nuevo que las cosas carecían de nombre y los hombres daban sus primeros pasos con la piel estirada y brillante; y una chispa de inocencia en sus ojos luminosos que sus descendientes jamás volverían a tener. El tiempo se enmarañaba y deshacía en suaves telarañas que se plegaban a su esbelto y pálido cuerpo. Los hombres se volvían una mancha amorfa que carecía de rostro ni nombre, simplemente los veía nacer, manchados y abultados, los veía crecer de lejos; al principio envidiaba sus pasiones, los veía escondida en los pliegues sudorosos de sus cuerpos mientras se frotaban unos contra otros en un misterioso ritual que a la Muerte nunca le dejó de sorprender, aún cuando la vida misma se había convertido en una lluvia interminable que ahogaba hasta los primeros recuerdos cuando vio el sol salir por primera vez. Después los veía envejecer y algunos hombres la veían a lo lejos, a veces la saludaban fraternalmente, como viejos amigos, y la Muerte, algunas veces, se dignaba en responder, hasta el suave momento en que llegaba casi con ternura, los tomaba de los brazos como vueltos a nacer, soplaba en sus ojos, que se cristalizaban, y se los llevaba lejos.

El mundo había dado tantas vueltas sin sentido cuando la Muerte lo vio a lo lejos a un muchachito en una ciudad de tantas, de Palacios antiguos y volcánicos, rodeada de un lago tan brillante como el jade y el cielo más limpio y liviano que en ninguna otra parte. La Muerte lo miró por primera vez y jamás pudo dejar de mirarlo. Sus ojos inclinados y suaves, una piel morena y un cabello negro azabache tan rebelde como la existencia misma. Jamás había tenido que respirar, pero por primera vez la Muerte sintió un ardor en los pulmones ennegrecidos y con éste vino un doloroso fogonazo de entendimiento, se vio reflejada en su inmortalidad putrefacta, el frío eterno que nacía en el espacio oloroso donde debía estar su corazón. El muchacho caminaba suavemente, como contando los pasos que le faltaban para morir, cuando alzó la mirada hacia la Muerte y le sonrío. Podía verla.

La Muerte le habló, el muchacho respondió y el ciclo inició. Hablaron de tantas cosas, tantas noches en las que la Muerte se colaba en su cuarto y le contaba del eterno río, el pasto amoratado y la pradera donde se podía caminar eternamente sin que los pies se cansaran y la respiración se volviera pesada, el silencio eterno donde el incesante pensamiento se volvía una tortura eterna mientras el cuerpo poco a poco se descomponía y era el corazón sangrante y palpitante el que seguía la marcha a pura fuerza de voluntad, hasta que se evaporaba con la luz de la luna y no se sabía qué pasaba con ellos.

El muchacho le hablaba de la Ciudad, las calles nuevas, los Palacios exuberantes y de piedra rojiza, el lago que poco a poco se rendía y se retiraba entre fulgurantes rayos verdosos y nenúfares primigenios, la lluvia que de repente llegaba y formaba charcos tan límpidos que no te dabas cuenta que estaban ahí, hasta que se les formaba una costra de grasa y aceite que dibujaba figuras y nombres, y las mujeres se sentaban en los portales de los Palacios, en las plazas y bajo las estatuas para leer la fortuna a los transeúntes en la puerca y aceitosa fotografía del cielo tan liviano y transparente.

La ansiedad de las noches robadas era tanta que la Muerte descuidaba su trabajo, de repente se escuchaba la historia de un ladrón en Cartagena que fue condenado a muerte y, después de terminarse toda la pólvora y las balas de un regimiento, seguía tan vivo como al nacer, o la de algunos desafortunados empalados en un castillo lúgubre en Transilvania que, aún con el falo de caoba saliendo por sus bocas, seguían tan lúcidos como aferrados a la vida. La Muerte entendió que su existencia maldita no podía seguir en paz sin el muchacho, por lo que decidió llevárselo una noche. Lo tenía ya tomado por los brazos y estaba a punto de dar el soplo mortal cuando entendió que el muchacho ya no caminaría bajo la lluvia, no tocaría con ansiedad los Palacios de la Ciudad, su cuerpo ágil no se revolcaría contra otro y que ella ya no podría verlo entre los espejos empañados de la no-existencia, tan vivo y hermoso como era entonces. Lo dejó en su alcoba y jamás volvió a entrar a ella.

El muchacho se desconcertó con su desaparición y llegó a buscarla a gritos por las noches, alborotando fantasmas y peces que escapaban del lago y surcaban el aire húmedo dejando a su paso suaves ondulaciones azules. Tan humano como todos, el tiempo terminó tapando los viejos recuerdos con otros y la relegó a un viejo estante de su corazón. La Muerte se escondía en ese viejo rincón, inmóvil, despedazándose de dolor en un silencio tan pesado que el muchacho sentía un frío milenario salir de su propio pecho y se quejaba de dolor entre sueños. El dolor llegó a ser tanto que una noche la Muerte escapó al centenario bosque adyacente a la Ciudad, de árboles tan grandes y antiguos que la luz del sol se torcía y se confundía entre las raíces. Ahí, la Muerte arrancó hebra por hebra de su platinado y áspero cabello, sacó sus ojos de cristal vaporoso de sus cuencas infinitas, arrancó las escamas draconianas de su piel descompuesta y se deshizo ella misma en un charco verdoso que apestaba a un rencor más viejo que ella misma y algo púrpura que se acercaba al amor y se condensaba en el deseo. Sólo así pudo aliviar un poco la pena angustiante que amenazaba con llevarla al fondo del lago a levitar entre los axolotes y el eterno reflejo de los volcanes nevados.

La Muerte esperó pacientemente, vio al muchacho crecer y casarse, espió los nuevos rituales, fue la primera que vio a su hijo antes incluso de nacer, cuando se acercó a la joroba ulcerosa de su esposa y la tocó con sus manos heladas y muertas; el niño empezó a llorar inmediatamente dentro del vientre de su madre y cuando nació, lo hizo con los ojos abiertos y llenos de un pavor que no desaparecería hasta que él mismo llamó a la Muerte muchos años después con ayuda de una soga y un banquito.

El muchacho envejeció de repente un día, y la Muerte se encontró con un anciano de piel correosa y aroma ácido. Aun en la vejez conservaba esa chispa en los ojos, aunque más apagada, y el cabello tan negro con las eternas gotas de lluvia atrapadas en él. La Muerte rompió su promesa y lo iba a visitar todos los días, sin decirle una palabra y escondiéndose en la sombra del viejo cada vez que él volteaba. Con sus ojos brillantes, él la encontró fácilmente en un día soleado y su viejo corazón le trajo de vuelta algunos recuerdos de esas noches frías. Ansioso, deshizo los candados de humanidad que le habían envuelto el corazón, arrancó las platinadas telarañas y deshizo los últimos nudos para recordar a su vieja amiga con tanta fuerza que terminó por olvidar toda su vida después de la última noche de su visita. Volvía a ser un muchachito que metía las manos al lago y después trazaba palabras en francés con sus dedos húmedos en las fachadas de los Palacios. Nunca hablaban ni se veían, pero el muchacho le dejaba pequeños regalos en rincones oscuros de la habitación y a veces le ponía trampas para que la Muerte tropezara y ambos rieran en el eterno silencio de la habitación. La Muerte no respondía los gestos, pero por las noches le ponía sus pálidas manos en la frente y lo hacía soñar con el río eterno y la pesadilla indomable del pensamiento como única tortura de la humanidad.

Hasta que llegó el día lluvioso, cuando se formaron charcos tan límpidos que pasaban desapercibidos hasta que les nacía la costra de aceite y mugre, que la Muerte se puso frente a él, entera como nunca. Él sabía, por lo que sonrío e intentó tomarla de la mano. La Muerta avanzó rápido y con unos labios deshechos le plantó un último beso agusanado en sus labios marchitos, tan llenos de una pasión negra y ulcerosa que toda su vida y todas las de ella parecieron cobrar sentido en ese último minuto de vida, y entendieron que la vida era sólo un pretexto para el amor, que era tal vez eso lo que les esperaba a los hombres después de que su corazón se evaporara con la luna en la pradera eterna. La Muerte sopló sus ojos y el muchacho se fue. La Muerte se permitió seguirlo un día al río para bañarse juntos, mientras en la Ciudad nació la leyenda del día en que el amor se espesó de tal manera que la lluvia cayó púrpura y se gozó de un último día de inmortalidad brillante en un mundo que giraba y giraba buscando alcanzarse en el momento primario de la revelación que les permitiera entender que la vida servía y bastaba únicamente para un último beso de amor.


Referencias: