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Aun cuando se tenga a otra persona, ¿cómo hace uno para olvidar?

11 de mayo de 2018

Cultura Colectiva

A continuación un relato de Mariana Parra.


La última vez de todo

Todo el mundo nos habla de lo maravillosas que son las relaciones amorosas. Todo el mundo nos habla de la primera cita, las miradas cómplices y acarameladas, casi tímidas, y cómo de ahí se va escalando por todo un trayecto misterioso hasta el primer beso, y la primera vez…

Pero nadie nos dice cómo serán las últimas veces, o, cuando todo está por acabarse. ¿Cómo se prepara uno para decir adiós? Soltar; ¿qué hay de hacerse a la idea de que uno no va a volver a ver a la persona que hasta hace poco amaba, o, peor aún, que sigue amando? Nadie nos habla de la mirada triste que vemos, los ojos hinchados de tanto llorar, el último desesperado y angustioso beso en el que se va hasta el alma; la última vez que hacemos el amor juntos…

Ahora bien, ¿qué pasa si no lo sabemos? Es decir, si no sabemos que se trata de la última vez en todo.

Ése no era el caso de Lily. El problema era que Gustavo, su “compañero de vida” de hace ya casi un año, no; lo que es más, no tenía ni idea. Lily sabía, al subirse al autobús que la llevaría hasta casa de él, que ésa sería la última vez en que entrara al departamento del chico. Tan sentimental ella… se fijó en cada una de las calles, las paradas, los semáforos, los negocios, las tiendas y hasta la gente, como si fuese la última vez en que incluso saldría a la calle. Se sentía perdida, sentía un vacío en el estómago, y de pronto tuvo la sensación de que iba a desvanecerse. Lily sabía que a partir de entonces ya no vería a su chico, pero hasta ese momento no se hubo dado verdadera cuenta de lo que todo ello implicaba: hasta ahora reparaba en que ella y Gustavo ya no irían a comer sus casi religiosas pizzas, ni pararían en el puesto de hamburguesas de Doña Lucha cerca del departamento de él para después ir a hacer el amor, ya no sería.



Mientras el autobús seguía su recorrido, Lily iba recordando además otros pequeños detalles: esa canción de Bob Dylan, "It Ain't Me, Babe", que había escuchado a lo lejos una de las tantas veces que juntos salieron a dar la vuelta al centro de la ciudad, en la voz de un músico callejero, cuando su romance apenas iba comenzando. Cuántas tardes no le hubo llorado con aquella canción y otras de Dylan como fondo tan sólo porque extrañaba al chico horriblemente. Pero claro que eso Gustavo no podía saberlo nunca. 

Ahora Lily ya no podría volver a escuchar las canciones de Led Zeppelin con las que tantas veces cual gatos en celo hicieron el amor; ahora recordaba la visión del desnudo cuerpo masculino delante de ella visto desde abajo mientras la poseía; la precaria iluminación del cuarto, siempre con las cortinas bajo le concedía a Gustavo un cierto aire de divinidad… la voz quejosa y casi gimiente de Robert Plant en "D'yer Mak'er" le recordaría desde aquel momento lo que fuera que estuviese por pasar, y que ella aún no sabía.

La guitarra maestra de Jimmy Page en "Ten Years Gone" le haría tener visiones de su todavía amado caminando desde ahora sólo por las calles concurridas por ambos y que les guardaban tantos momentos y anécdotas… Vamos, le haría pensar a Lily y preguntarse qué estaría haciendo él, si pensaría en ella… le dolería siempre porque sabía que las cosas no deberían terminar así…que todavía lo seguía amando y se encontraba en una lucha interna entre amarlo con todas sus fuerzas y querer dejarlo ir.

Y tampoco podría escuchar "Thank You. ¡Thank You!", aquella mítica canción, también de Led Zeppelin que sólo se le dedica una sola vez a única persona amada; ¡Se la había dedicado a ella! De pronto era como si todas sus canciones, sus recuerdos, anécdotas y hasta sus propios ídolos se volvieran contra ella; porque ahora Gilbert O'Sullivan la sentenciaría cada que se tocara "Alone Again (naturally)" haciéndole recordar –queriendo o no queriendo— la vez en que en la penumbra del cuarto del departamento de Gustavo, tan sólo iluminado por una vela, bailaron dicha canción semidesnudos, y le haría pensar a la misma vez en que lo hubo abandonado, condenándolo a su propia soledad aun cuando sabía perfectamente que el chico no podía vivir así. Nunca olvidaría aquella noche –como tantas otras—, y la forma en que la abrazó, con tanto amor y tanta ternura, al igual que en su primera cita. 

Ahora, en vez de que Juan Wauters le dijera cosas bonitas con su “Así nomás”, sería como si le aventara pedradas. En fin, que la lista era larga.

El autobús por fin llegó hasta su destino y ella descendió, pero se detuvo un momento; debía de aclarar sus ideas, eran demasiadas emociones, que la engulleron como una ola. No tenía sentido, nada de esto tenía ningún sentido. Pinche vida. Sabía que iba a romper con él, sí lo sabía. Pero entonces se preguntó cómo había llegado hasta ese punto; ¿cómo fue que empezó todo? ¿Por qué tenía que dejarlo si lo amaba tanto? Pero sí que lo sabía, vaya que sí; la respuesta tenía nombre y apellidos, pero eso no se lo podía decir, por supuesto que no.

Gustavo tendría que saber, en algún momento, de alguna manera —tarde o temprano, como decía esa otra canción de Bob Dylan, "Sooner Or Later (One Of us Must Know)", que también en ese momento le daba vueltas por la cabeza—, que ella no le dejaba por lo que el otro chico tuviese material o económicamente, sino por lo que supo hacer mejor: estar al pendiente de ella.

Recordaba cómo durante meses hubo compartido la cama alternadamente con ambos chicos; cómo se llegó a sentir bien y fabulosa a pesar de saber que lo que hacía estaba mal, y cómo por ratos, como es lógico, se llegó a sentir también vacía, desesperada, sola, olvidada, sin valor

Finalmente se apresuró hasta la casa de él y esperó a que le abriese la puerta. Tenía miedo, estaba asustada, y el tramo de las escaleras en ligera penumbra no le ayudaba en nada. Pensaba en lo que le iba a decir, peor la verdad era que no tenía ni la más mínima idea. Así que entraron al departamento, y luego a su habitación, en donde Gustavo la besó y la abrazó contra su cuerpo cálido con tanto cariño y pasión como siempre, que a Lily le fue inevitable caer, más aun cuando Gustavo sugirió que tenía algo de hierba…



Entonces Lily pensó “¿por qué no?”. Si ésa sería la última vez en que tuvieran relaciones… debía ser la mejor, así que le hizo el amor y lo poseyó con tanto ardor y tanta pasión, casi salvajemente y con cierta bestialidad. Le amaba y aún deseaba su cuerpo.

Finalmente al salir de su departamento todo pasó. Costó trabajo dejar salir a las palabras, dar explicaciones, mirarse a los ojos y besarse —sí, por última vez—. Se dijeron adiós y acabó todo. Nunca podría olvidar cómo y cuánto trabajo le costó empezar a hablar, cómo Gustavo, con cierto resentimiento y —si ella no se equivocaba— visiblemente dolido, le apremió para que hablase, e incluso sugirió lo que la propia Lily quería decir.

Bien. Así que eso había sido todo. Le sorprendió que, al tomar el autobús de regreso a su casa, sentía un gran alivio dentro de sí, como si le hubiesen quitado un gran peso de encima. ¿Y ahora qué? ¿Qué seguía?

La parte de las relaciones amorosas de la que nadie nos habla es el final. La separación, el rompimiento. Aun cuando se tenga a otra persona, ¿cómo hace uno para olvidar? Aunque no lo pareciera, para Lily fue difícil decirle adiós a Gustavo. ¿Cómo hace uno para no pensar?

Lo que nadie nos dice es que, cuando una relación termina –sea cual sea- la parte difícil es que vamos a volver a ser extraños; la otra persona ya no nos permitirá acercarnos como antes, tener la misma intimidad, ya no nos dirá las mismas cosas ni nos contará sus problemas; ¡nada! Todo se acaba. Como diría ésa frase tan gastada: volvemos a ser extraños, pero ahora con un pasado y con recuerdos.

Ahora Gustavo ya no escribiría esas cosas tan ardientes y hasta sucias que a Lily tanto le gustaban, ni tampoco aquellas otras cosas tan tiernas, tan dulces y hasta cursis que nunca se imaginó que vendrían de alguien como él. Porque, por Dios, tenía sus defectos, como “la razón” por la que le dejaba, como ella misma, como cualquiera en este mísero mundo. Pero lo cierto era que, con ella y para con ella había sido un dulce, y al mismo tiempo, hubo sido ella quien supo hacer de Gustavo —aunque en poca o en gran medida, en mucho o poco tiempo—, una mejor persona, un mejor hombre. Le ayudó y le mostró su apoyo en algunos momentos difíciles que tuvieron que sondear juntos, y eso era lo único que debía de importar; porque, después de todo —ya lo habían dicho Los Beatles— al final el amor que recibes es igual al amor que das.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Sr. Zeta.

***

Cuando nos rompen el corazón sentimos un muro derrumbarse sobre nosotros; ya nada queda, ya nada puede volver a ser lo de antes... pero es posible superarlo, y los siguientes
poemas que demuestran que después del desamor sólo somos voluntad
 te harán sentir mejor.

TAGS: Cuentos Amor Desamor
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