El día que entendí el amor a través de una canción de Bob Dylan

Miércoles, 4 de julio de 2018 17:40

|Bryan Hernandez Torres
cuento de bryan hernandez



¿Dónde está el amor, cómo nace? A veces en una canción y a veces en el acto más puro entre dos seres. O al menos eso parece indicar el siguiente cuento de Bryan Hernández.



cuento de bryan hernandez 1



¿CÓMO SE CREA EL AMOR?


¿Cuántas malditas veces te me has escapado? Sin duda alguna muchísimas, te veo a lo lejos con ese pañuelo menudo en el cabello, ese que está por sobre tu mollera sujetando impasible tu eterna silueta; esa que tantas veces se unió con la mía. La última vez que te vi lucías de esa manera, alucinante y testaruda al mismo tiempo, transparente y claramente invisible. Tu recuerdo y tu ser como cosa del pasado reciente son apenas comprensibles ante mi no-ser. Siempre en tu repertorio infinito, del cual jamás dejabas terminar una canción. Elegías "Oleo de una mujer con sombrero", esa sí la dejabas terminar; Silvio cantaba por siempre y para siempre en toda la eternidad de tu móvil.


Me hastiaba un poco que siempre la reprodujeras, me exasperaba bastante que no hubiera ninguna otra pista que te satisficiera. Yo me empecinaba con Bob Dylan, específicamente con “It Ain't Me, Babe”. Cogía la guitarra y tomaba la plumilla que estaba siempre por encima del buró de madera, ese en donde tantas veces experimentamos nuevas posiciones, a veces tan comunes, a veces tan raras. Comenzaba con un rasgueo tenue, y luego impasible comenzaba a proferir cual artista desconocido con un único espectador aquel poema del viejo trovador de Minnesota. Entonces me interrumpías, me arrebatabas la guitarra como le arrebatan a un hombre sin suerte su vida; es decir, de golpe. La cogías de una manera bastante peculiar, dudabas un poco sobre las pisadas por sobre las cuerdas porque siempre olvidabas los acordes, y entonces te los hacía recordar, te decía más o menos por donde comenzaba y tú te ruborizabas por ser tan olvidadiza. Luego comenzabas a tocar, aquella guitarra la sentía paralela a mi corazón, ese al que habías llegado, sin duda alguna, desde hacía mucho tiempo.


Estaba delante de ti desnudo, y mucho más allá de estar sin ropa. Tú con un sujetador pequeño, uno que cubría con delicadeza tus senos, me mirabas a los ojos fijamente, ahondabas en mi alma y parecía entonces que adivinabas por completo mis pensamientos. Yo trataba de descifrar tu sentir, pero precisamente lo más obvio siempre había sido imperceptible ante mis ojos. Movías la comisura de tus labios, ladeabas con la mirada al lado izquierdo, al lado derecho, al lado de mí. Me jurabas que no irrumpiría nadie, que aquella eterna soledad compartida iba a durar para siempre. Yo te creía mientras estaba sucumbido en la animadversión de las tinieblas, esas a las que, por cierto, tú siempre temiste.


Te abalanzabas frente a mí, me derrumbabas por completo en la insondable suavidad del suelo, de la cama, del buró y de la alfombra. Cuando caía de espaldas me sentía ofuscado, pensaba que caía en lo más profundo del planeta Tierra, en un pozo seco del que no había retorno. Pero justo cuando iba a golpear contra el suelo me detenías, cogías mi brazo con fuerza y entonces me hundía en ti. Acercabas tu boca junto a mi oído y me decías:


"Veo una luz que vacila

y promete dejarnos a oscuras.

Veo un perro ladrando a la luna

con otra figura que recuerda a mí.

Veo más: veo que no me halló.

Veo más: veo que se perdió".


Entonces yo perdido contestaba: "but it ain't me, babe".


Reías por mi respuesta, mientras yo seguía hundido entre tus piernas, entre tu cuerpo y tu ser. Gemías y yo jadeaba, de pronto todo se nublaba, todo se volvía enteramente oscuro. Pero aquella oscuridad era bastante acogedora, era una oscuridad tan infinita donde jamás existió luz, donde cualquier destello era perceptible. Volteaba a mirarte y de reojo miraba a mi alrededor. Ahora en cambio esa oscuridad interminable nos había trasladado a un mundo desierto, no había agua y por ello no había vida, nos desvanecíamos, nos convertíamos en polvo, en sal como la mujer de Lot y sólo quedaban dos corazones diametralmente separados, pero en el interior unidos. La distancia me preocupaba, era una distancia corta pero inmensa. Trataba de acortar las distancias, pero la sal de nuestros cuerpos impedía tal hecho. Por más que buscara la proximidad entre nuestros dos órganos, era imposible unirlos.


Volvías a gemir y recobraba la clarividencia, ahora estabas encima de mí moviéndote como una cortesana, como una experta en el arte de la seducción y el placer. Aquel lugar desierto se había perdido para siempre, comprobaba que nuestros corazones jamás estarían unidos. Pensaba para mis adentros que en el terreno de lo posible dos corazones jamás serán uno, aquella distancia será siempre inmensa y puerilmente absurda.


Dos cuerpos se batían entre sábanas y orgasmos, y yo sólo concebía a dos órganos vitales separados. Me entristecía pensar eso, añoraba una entera unidad, una que nos prometieron cientos de dioses. El hilo rojo del destino sólo unía dos manos, dos dedos para ser exactos, pero eso era tan fácil que no valía la pena comprobarlo. Quería comprobar lo incomprobable, hacer lo imposible para ser uno. Entonces como un acto milagroso algo emanó de mí, algo emanó de ti, y formamos un nuevo ser. Ese ser se llamaba Amor. Comprendí desde entonces que así se crea, que de eso se constituye; de comprobar lo incomprobable, de hacer lo imposible, porque como sabemos, el amor todo lo puede.


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REFERENCIAS:
Bryan Hernandez Torres

Bryan Hernandez Torres


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