Sudor de tinta o cómo Walter Lezcano creó una vida a partir de la poesía

Martes, 13 de marzo de 2018 16:24

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walter lezcano

Para leer a Walter Lezcano hacen falta ganas y tenacidad, ser un buscador implacable

Las personas más interesantes son aquellas que se inventan a sí mismas contra todo pronóstico. Tal es el caso de Walter Lezcano, poeta, docente y periodista freelance nacido en Corrientes, Argentina, pero criado en la tumultuosa zona sur del Gran Buenos Aires. Con una mirada cruda que socava en la honestidad más brutal, y que horada el lenguaje en tanto territorio, Lezcano supo construir su identidad personal y poética con tracción a sangre: clase media-baja, madre soltera y hermanas por línea materna, sucesivos padrastros y una adolescencia signada por el bardo. Desde joven encontró en los libros un paréntesis, un refugio para una realidad hostil con la que no conectaba: “Cuando apareció la literatura en mi vida me sentí salvado para toda la cosecha. Nunca más quise hacer otra cosa. Sentí que era algo para toda la vida y a lo que me iba a dedicar cueste lo que cueste”.


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Lezcano no proviene de la típica familia de escritor, con una biblioteca de roble que albergara los títulos que marcarían su camino hacia la escritura; vivió en diferentes casas durante su infancia, en las que se topaba con libros “de manera misteriosa: no sabía de dónde venían”. En el barrio sonaba la cumbia villera, comprarse un libro era un lujo y llegar a fin de mes la prioridad. En ese contexto se desarrollaron los primeros años de su vida, que supuestamente te marcan a fuego. Él insistió en sus diferencias, aunque no perteneciera. Elegir correrse del mandato social implicó valentía, constancia y determinación, puesto que no contaba con personas en su entorno que hubieran transitado aquel camino antes: “Fui acercándome a lo que más me gustaba y tuve que descubrirlo con gran esfuerzo y placer”.

Con dos libros recién publicados, Los actos públicos (Letras del Sur), sobre su experiencia como docente en el conurbano bonaerense, y Luces calientes (Tusquets), novela que toma como escenario la tragedia de Cromañón, y contrato cerrado con Gourmet Musical por Días distintos: la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro, Lezcano insiste en la posibilidad que otorga el habitar los márgenes. Contaba a Revista Mestiza tiempo atrás: “Para los que tuvimos alguna que otra tragedia inolvidable en la nuca sabemos que la risa, la desprolijidad, el error y la constancia son nuestras únicas herramientas posibles para sobrevivir al mundo y a las tentaciones que siempre tienen la forma de la indulgencia y el respeto a instituciones que no se lo merecen”.


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Walter Isaac Lezcano nació el 25 de junio de 1979 en Goya, Corrientes, aunque a los seis meses ya estaba cambiando su ciudad natal por el lugar que acogió su práctica docente y poética: el Gran Buenos Aires. “Me gusta eso de irse, moverse y que tu territorio, tu zona de pertenencia, sea cualquier lugar en el que quieras estar. El nomadismo es una virtud en nuestra familia. Además, me parece como un acto de valentía muy grande de mi vieja en ese momento: viajar sola con un pendejito en brazos es muy contundente y dice mucho de ella. Me da la sensación que siempre tengo que estar a la altura de las circunstancias y replicar, frente a lo que me toca vivir, ese tipo de arrojo y bancármela”.

Vivió la mayor parte de su vida en San Francisco Solano, y con su novia, Patricia Giménez, creó la Editorial Mancha de Aceite en 2008, como forma de colonizar un territorio en el que no había cabida para la movida cultural, “frente a mi necesidad de intervenir la realidad de mi época”: plantaron bandera e hicieron del lugar algo propio. Con una factura puramente artesanal —tapas de cartón y fotocopias cosidas a mano—, Walter y Patricia compraron una prensa y se pusieron a producir los ejemplares en su casa: la venta del primer título permitió financiar el siguiente y así se armó la rueda productiva. “Como siempre, como en toda la historia de la humanidad: hard times para ser negro, pobre y con ganas de cambiarlo todo. Nevermind: hay que seguir” es uno de sus tantos estados de Facebook, que dan cuenta de cómo este escritor se abrió camino en el mundo de la cultura local a fuerza de prepotencia y trabajo.


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Desde hace unos meses vive en Monserrat, barrio de Capital Federal. Descontextualizar su lucha y reubicarla en este nuevo escenario supuso el lanzamiento vía internet de un espacio de taller en su nuevo hogar, lo que resulta pertinente para una serie de prácticas autogestivas, cuya amalgama genera el entramado cultural argentino actual, diverso e independiente.

De hecho, para leer a Walter Lezcano hacen falta ganas y tenacidad, ser un buscador implacable. Gran parte de su obra ha sido publicada por editoriales independientes: Santos Locos (Violencia doméstica), Difusión Alterna y Eloísa Cartonera (23 patadas en la cabeza), Nulú Bonsai (Suena el afilador de cuchillos), La Carretilla Roja (El condensador de flujo y Rejas), Milena Caserola (Nací en una generación. Periodismo, monotributo y cultura y Calle), Caleta Olivia (La velocidad de la sangre), Interzona (Fractura expuesta), Ediciones Vox (Humo).

“Es largo de explicar”, se excusa hacia el final de su libro 23 patadas en la cabeza (Difusión Alterna, 2013), y en esa frase se hunde de lleno en el corazón de su poesía: como si un poema no fuera suficiente y aún así, su insistencia con la escritura permanece intacta. Leemos en este fragmento de "Mi vieja todavía no tiene casa":


Yo
una vez
escribí una novela
para mandarla a un concurso
que tenía como primer premio 50 mil pesos.
Me parecía que con eso le alcanzaría
para cumplir su sueño.
Pero la novela estaba muy mal escrita
y no gané ni una puta mención.
Mi vieja
sigue anhelando su casa.
Y yo lo único que pude hacer por eso
es escribir un poema.
La poesía no sirve para nada


Con marcada presencia en las redes sociales y eventos culturales, este escritor no para: poesía, novela corta, crónicas y actividad docente no fueron suficientes para desarrollar su mirada. En 2017 vio la luz La ruta del sol (Gourmet Musical), un libro sobre la trilogía de EP de la banda platense Él Mató a un Policía Motorizado, con dibujos de Santiago Barrionuevo (frontman de la agrupación). No sólo eso: en este momento se halla embarcado, junto al grupo Golondrina Cine, en un proyecto documental independiente que toma a Discos Laptra y a su banda fundadora (Él Mató...) como la evidencia creativa más interesante de la escena que se armó a partir de las cenizas que dejó la tragedia del 30 de diciembre de 2004. Mi próximo movimiento: rock antes y después de Cromañón tiene fecha estimada de lanzamiento para finales de 2018, y no caben dudas de que constituirá una pieza clave para entender la joven historia del indie argentino.

Lezcano comprende muy bien que todo el movimiento cultural del cual es parte no puede dividirse en géneros: se trata de la construcción colectiva de una nueva estética, en la que conviven el desastre, el amor, las rupturas de paradigmas y el compañerismo más allá de todo. Sus elecciones e historia de vida resultan muy consecuentes con la poética que trama su escritura: contextos urbanos y violentos, música de fondo, sexo y cerveza enmarcan un existencialismo que, en lugar de reflexionar sin lugar de destino, opta por dar batalla. “Las conquistas que tuve en mi vida, y fueron absolutamente personales e invisibles, me costaron mucho y siempre las veo con mucha alegría. En muchos sentidos trato de estar en contacto con el presente, sacarme de encima cualquier esperanza y laburar en función de mis placeres. Todo lo demás es un regalo de procedencia incierta y lo agradezco. Estamos vivos: hay que hacer valer las horas de algún modo y yo encontré el mío. Tener una vida es algo muy complejo, simplificarlo tiene sus consecuencias”.

Su pasado laboral registra trabajos como ayudante de albañil, tornero, remisero, cadete, mozo, bachero, cartero, ayudante de electricista, repositor, ayudante de carnicería, vendedor de ropa en ferias, verdulero, colocador de membranas, entre otros. Este dato no es menor en el contexto general de su recorrido como poeta: hay algo de estar en estado de pregunta y de búsqueda constante, que evidentemente viene despertando la curiosidad de editoriales, colegas periodistas y gustosos del mundo under y actual de las letras.


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“Hay que confiar en el material que uno tiene para escribir”, es lo que te dice Walter cuando asistes a sus talleres de poesía. La sinceridad como clave para enriquecer el lenguaje y subvertir un concepto elitista de literatura trama toda su obra:


Hay que evitar los espejos.
Lo sabía Borges y también lo sabía Ricky.
Duplicarse es una aberración.
Y una careteada.
Como tener un hit, sonar en la radio
y hacer un Unplugged.
Triunfar es hacerse la paja 
y manchar la sábana que le das a tu mamá 
para que la lave y le ponga suavizante.
Se trata de la honestidad


En este fragmento el El condensador de flujo (La carretilla roja, 2015) se asiste a una vinculación conflictiva entre literatura y realidad, en el mejor de los sentidos: poner en tensión es la actitud noventosa de la que Lezcano se apropiará para construir su identidad literaria, docente y periodística. En la entrevista que le hiciera a Fabián Casas en octubre de 2016, Lezcano le preguntó si “Trayendo a casa todo de nuevo es una suerte de autobiografía de estos últimos años”, para rematarla con la siguiente aseveración: “En ese sentido, el libro no da respuestas”, como si en su rol de interlocutor periodístico asomaran sus propios intereses creativos. Dicho diálogo entre práctica periodística y poética resulta sumamente interesante para pensar la figura de Lezcano, un creador que no reniega de ponerse en el papel de observador de la obra de sus contemporáneos, sino que asume exitosamente el desafío de jugar de local y visitante en simultáneo: “Luego de unos años de dar lengua y literatura en secundarios empecé a notar que algunos compañeros se tomaban licencias psiquiátricas. Y eran personas jóvenes. Casi de mi edad. Eso me dio un poco de miedo: yo también podía terminar de ese modo si seguía trabajando tantas horas. Entonces me pregunté qué podía hacer. Por esa época tenía algunos conocidos que eran periodistas y como estaba relacionado con la escritura me pareció que podía probar. Desde ese momento no paré de colaborar con medios de acá y de afuera. A veces pienso que fue suerte. Otras creo que fue algo así como un destino. Y después vuelvo a pensar que fue suerte. Y ahí me quedo”.

***

Estas poetas transmiten fuerza, e incluso confianza ante una sociedad que se empeña en crear etiquetas que puedan englobar a todos, como si el arte o, más aún, una persona pudieran ser definidos por una sola oración.

REFERENCIAS:
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