Consejos para aprender a leer a un Premio Nobel de la Literatura
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Consejos para aprender a leer a un Premio Nobel de la Literatura

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Por: Dani Gus

17 de octubre, 2017

Letras Consejos para aprender a leer a un Premio Nobel de la Literatura
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Por: Dani Gus

17 de octubre, 2017

Texto escrito por Daniel Gustavo Lescano


La Academia opera en las sombras y nunca se sabe a ciencia cierta la naturaleza de sus decisiones; tras sus puertas delibera su parsimonioso silencio. Bien se sabe —o quizá no tan bien— que Alfred Nobel, inventor entre otras cosas de la dinamita, motivado, seguramente, por un sentimiento de culpa, redactó su testamento en función de la instauración del premio. Este tiene, entonces, un objetivo moral, y no ético, de contribuir a quienes aporten con el mundo, y de paso, limpia y perpetúa la memoria de Alfred a través de los siglos.

Suponer que existe una arbitrariedad en sus elecciones respecto al Nobel, desata en nosotros una angustia existencial, pues hemos depositado en ellos una gran confianza. Es cierto que en años posmodernos ha declinado tal confianza en el premio, como ha declinado la confianza en todo, pero no deja de parecernos una fuente de buen juicio —por algo resulta aún el más prestigioso a nivel mundial, aunque otros guarden uno mayor, secreto y modesto—. Incluso los reproches que le hacemos cada año a la Academia ante sus elecciones, no hacen otra cosa que recalcar su condición mesiánica e inefable, su asiento de Dios. Pero al ocuparnos del Nobel de Literatura, el más controversial, de no primar el de la Paz —aunque este haya perdido su prestigio en función de la increíble difusión y levedad de sus fronteras (sí, Obama y otros)—, ¿cómo leer la elección de un premio Nobel? ¿Cómo su adjudicación? ¿Ya han premiado o rechazado a tu autor favorito? ¿Qué pasa, por ejemplo, con Murakami? (sic).


Consejos para aprender a leer a un Premio Nobel de la Literatura 1


Como muchos ya saben, el ganador de este año fue Kazuo Ishiguro, japonés de nacimiento, nacionalizado británico, no candidato frecuente, que en cierta ocasión mencionó: "he querido escribir sobre lo fácil que resulta desperdiciar la vida"; a lo que los comentaristas dijeron: "es lógico que, después de la polémica generada el año pasado con Bob Dylan, la Academia buscara un nombre para que baje la marea" (*).

Esta condición ambivalente y maquiavélica de la Academia, había ya sido señalada por Borges, en referencia a su eterna candidatura. La Academia —dice Borges— se rige por una especie de justicia geográfica. Se trata de favorecer a todas las regiones del planeta. Pronto tendremos premios esquimales (**).

Si estos criterios son acertados, tenemos que pensar, entonces, en una equidad insoportable. (Intuimos que, muy a menudo, ninguna equidad es ecuánime). Dios quiere conformar a todo el mundo, y solo recibe críticas. El premio pasa a ser no una vara cuasi divina de justicia inefable, sino un elemento imperfecto, supeditado a diversas fuerzas. La Academia debe guiarse por preceptos históricos, sociales, políticos, geográficos e incluso azarosos; además, se debe elegir lo "mejor" entre lo que hay. ¿Es esta la razón por la que Kazuo Ishiguro tenga su Nobel y no Dostoievski? O de brindarse en su época, ¿el ruso tampoco lo hubiera recibido?

Es de resaltar un dato importante en el famoso testamento de Alfred Nobel menciona, al referirse a la división del premio: una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura. Este sesgo es una piedra fundamental. Respecto a esto, el Nobel atravesó por distintas etapas, fue conservadora en un primer momento: ¿explica esto que sí lo ganara Rudyard Kipling y no Tolstoi? Pero si lo merecía Tolstoi, también Kipling. Luego se volcó más hacia cierto eclecticismo políticamente correcto, proclive a los intereses de masas que por ese momento eran cuantiosas —como los micro nichos casi inexistentes—, para, por último, devenir en un temperamento ambivalente, en ocasiones sorpresivo.


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El caso de Jean Paul Sartre, por ejemplo, es una muestra de la condición —y la dimensión— que un Nobel pueda adquirir, y no precisamente por el hecho de que el escritor lo haya rechazado. Dice Sartre: "No quiero ser institucionalizado. Es decir, no quiero ser captado; que mi pensamiento sea captado y embotellado, o empaquetado y prejuiciado, no quiero, sino que fluctúe sin horizontes". Hay que decir que la pretensión de Sartre es digna pero utópica, más si comenzamos por advertir que a sus obras le precede su nombre. Ahora bien, ¿qué contesta la Academia?: "El hecho de que lo haya rechazado, no altera en nada la validez de la concesión"; afirmación que resulta llamativa, ya que el premio posee una condición trascendental, casi metafísica: es irrefutable, en el más amplio sentido de la palabra. No puede ser negado. Una vez que el Nobel se ha cernido sobre ti, forma parte de tu sombra, y si, por el contrario, te ha ignorado, te ha ignorado para siempre. Es una lástima, podría pensarse que tales fuerzas sean manipuladas por simples mortales, o que simples mortales les den estructura.


Una última observación que puede servir a la hora del debate interminable. Pareciera haber, sobre todo desde que el Nobel cobró trascendencia universal, dos premios; o si se quiere interpretar: dos universos paralelos en los que habita el Nobel, y poseen distintos significados. El primero, es el Nobel terrenal, sujeto a leyes físicas, a concepciones y falencias, es decir, el premio "simbólico"; y el segundo, el Nobel fantástico —en términos lacanianos—, este entra en el terreno de la identificación y el juego, y nos apropiamos de él, cobra importancia gracias a las apuestas, a lo que "debería ser", a la justicia poética, a ser el depositario de nuestros problemas y deseos; un terreno para que corramos a nuestras anchas.


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Aunque la Academia importa poco: lo que interesante es el juego. Y vamos, muchos se ofendieron y otros más quedaron encantados cuando a Dylan le dieron el premio Nobel de Literatura, aunque al final surgió un buen debate. Dado este carácter plural e incierto, ambivalente, del premio, esta superposición de estados, no sería ilógico esperar que un día la Academia le otorgue el galardón a nuestro autor más odiado, y ofrezca como única argumentación un: porque sí.


Y usted, ¿cómo lee a un Nobel?


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Ahora bien, si aún no conoces al autor que ha ganado la edición de este año del Premio Nobel de Literatura, entonces te recomendamos 5 libros de Kazuo Ishiguro que debes leer.


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(*) Diario Clarín (5/10).

(**) Borges, en el documental Borges está vivo.


Referencias: