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Correteando sueños con los pies fríos

6 de junio de 2018

Escribidora GzNv

Sonaban las campanas de la parroquia, Rogelio debía recoger rápidamente todos los utensilios y productos con los que trabajaba, todo tenía que entrar en perfecto orden al cajón que él había fabricado. Se levantó del piso y fue hasta el baño para lavarse bien sus manos, se miró al espejo y se dio cuenta que tenía un poco de pintura en el rostro, de manera que se lo lavó, dio un par de palmadas a su ropa para que no pareciera sucia, y salió.


Recogió el cajón, dio las gracias y comenzó su caminata con rumbo al centro. Mientras lo hacía sólo podía pensar en el frío que sentía en los brazos, ese que entraba por sus pequeños pies y le recorría el cuerpo. Su nariz estaba helada al igual que sus manos, y por más que caminaba rápido, ese sentir lo invadía. Se detuvo en la panadería sólo por fuera, para mirar las exquisitas conchas de color blanco que acababan de salir del horno, metió las manos a sus bolsillos y se dio cuenta que una vez más no le alcanzaba para comprar una. 




Rogelio era un pequeño niño de siete años, el penúltimo de ocho hermanos. Trabajaba boleando zapatos desde hace un par de meses, pues tenía la ilusión de ayudar a su mamá a sobrellevar las inclemencias de la economía. Su padre los había abandonado y él siempre sintió la responsabilidad de ayudar a sus hermanos. Era el más aplicado de la clase, tenía una memoria sorprendente, pero sobre todo era muy hábil para hacer cuentas matemáticas. ¿Su mayor sueño? Ser abogado. 


Atravesaba el río con esos fríos piececitos, metiéndolos en el agua helada que los dejaba aún peor. Entonces corría aún más fuerte para no sentir, para aguantarse las lágrimas, para olvidar que no había dinero para comprar unas calcetas, o al menos unos zapatos menos rotos. Llegaba a casa siempre con una gran sonrisa. Su pequeña casa en una vecindad a las afueras de la ciudad, su casita que siempre olía a café y tortillas recalentadas, su casa cayéndose a pedazos y la sentía tan suya, tan su hogar. 


Por las mañanas iba a la escuela, y como no había para comprarse un refrigerio, entonces hacía la tarea de los otros niños a cambio de sus tortas de nata o de jamón. Rogelio sólo esperaba el día en el que pudiera dejar de trabajar, para poder ser un niño como los demás. 


Cuando cumplió 12 años, la mamá de Rogelio lo llevó a un taller de torno, para que aprendiera el oficio, pues la boleada de zapatos ya no era suficiente. Esa fue a primera vez que sintió sus sueños despedazados, marchitos y casi moribundos. Sentía como se quedaban atrapados entre el ruido, la mugre y el mal olor del taller. Era imposible idealizarse ahí y no en la escuela secundaria, pues gracias a la precariedad el muchacho dejó sus estudios. Rogelio se metía al baño a llorar, secaba sus lágrimas con mucho coraje, con esas ganas de querer arrancarse el corazón del pecho para dejar de sentir, con esa rabia de no saber qué hacía ahí, por qué él era quien tenía que abandonar sus sueños, por qué a él la vida nunca le había dado una tregua. 



Con el pasar de los años, el chico se acostumbró a esa vida, entre el ruido y las máquinas polvorientas, se olvidó de sus sueños y empezó a adaptarse a unos nuevos. Siempre destacando, ideaba cosas, aparatos, métodos y todo lo necesario para que aquel taller fuera más productivo. Rogelio aprendió a vivir bajo esos nuevos sueños, con otras metas, con la incertidumbre como su única compañera, con nuevos vicios como el amor y las mujeres. Entonces había quedado atrás aquel pequeño con los pies fríos que boleaba zapatos, el que quería ser el mejor de la clase para graduarse de abogado, el que por amor a su familia trabajaba desde muy pequeño, el que creía en los sueños y las estrellas fugaces, el que se quedaba dormido después de llorar por hambre. La vida de Rogelio dará muchas vueltas, a veces lo dejará abajo y otras arriba, inmerso en un vaivén de emociones y sentimientos la vida, quizá, le regale una tregua. 


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Uno de los mejores ejercicios para conocer más vocabulario y ganar en pronunciación es escuchar música en el idioma que se intenta aprender; presta atención a estas 
canciones para practicar tu francés de manera romántica.


TAGS: Cuentos Nuevos escritores Amor
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