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LETRAS

Los miedos que tuvo que superar Stephen King para poder escribir las mejores historias de terror

A través de algunos relatos, te contamos los grandes miedos que ha tenido que superar Stephen King.

Ahora, los rostros jóvenes se vuelven tristes y viejos,

y los corazones de fuego crecen fríos.

Juramos que seríamos hermanos contra el viento,

yo estoy listo para volverme joven de nuevo,

y escuchar la voz de tu hermana llamándonos desde casa,

cruzando el campo abierto.

Bien, quizá podríamos meternos en algún lugar

con estos tambores y estas guitarras.

Hicimos una promesa,

Juramos que siempre la recordaríamos,

Sin retroceder, nena, sin rendirse.

Hermanos de sangre bajo la noche tormentosa,

con un juramento de defender.

Sin retroceder, nena, sin rendirse.

—"No surrender" de Bruce Springsteen

Los perdedores


1

Las primeras historias que se contaron alrededor de la hoguera atrajeron la atención de los niños para escuchar el relato de los más ancianos de la tribu, las que después se dibujaron en las paredes de las cavernas ya eran historias de miedo. Esas pasaron de generación en generación sin que nos diéramos cuenta. Por miles de años nos ha acompañado el temor a aquello que esconde la noche, aquello que yace en lo profundo de nuestras ideas y, silencioso, se presenta en nuestros sueños.

En vez de hogueras y los interminables campos yermos en los que nos reuníamos, tenemos ahora el cine, la televisión y los libros. Mary Shelley, Horacio Quiroga y Edgar Allan Poe adoptaron la función de los primitivos jefes del clan, nos narraron nuevos cuentos, nos crearon nuevos temores, hicieron que tuviéramos pánico de caminar sin volver la vista para revisar que nada acechara, nos obligaron a asomarnos bajo la cama y a hallarnos, insomnes, observando la oscuridad de nuestro dormitorio, alertas de un ruido extraño que irrumpía el sueño. En ese temor, la era moderna, la clase obrera y los tiempos del auge industrial tuvieron su contribución al horror en la pluma de Stephen King, quien ya conocía de sobra los miedos que penetran en la calma de los suburbios. Antes del boom que vertería su obra en las ventas de librerías, antes de su nombre en los lomos de los libros expuestos en los aparadores y el impacto mediático de algunas de sus historias, King le temía a cosas mucho más terrenales: a las cuentas por pagar, a los días difíciles en el trabajo, a las discusiones con su esposa; los sobresaltos comunes de una vida cualquiera. Con el éxito, muchos miedos desaparecieron, por ejemplo, el de las deudas; sin embargo, el miedo tenía una cita pendiente con su apóstol.

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Stephen King caminaba por el borde de una carretera sobre la ruta 5 en North Novell, alrededor de las 4:30 del 19 de junio de 1999, un conductor cruza el asfalto a gran velocidad, un perro que lo acompaña lo distrae a momentos. Pronto pierde el control de la camioneta marca Dodge Caravan de 1985 e invade el arcén del camino. Steve, con 52 años, recibió el impacto de la furgoneta. Desconcertado, el automovilista bajó para auxiliar a la víctima. Encontró al novelista consciente, pero muy malherido, a su llegada al Centro Médico “Central Maine” se confirmaron fracturas en ambas piernas y un hematoma en la cabeza. Los médicos lo reportaron grave. En una treta del porvenir, "el rey del terror" se encontró de cara al monstruo que el azar había escrito para él: una camioneta oxidada.

2

Georgie Denbrough se alistó para salir a jugar. Se vistió con un llamativo impermeable y un par de botas para la lluvia; al salir de casa miró la avenida en cuyos extremos corrían caudales que alimentaban las alcantarillas de la ciudad. Puso un barquito que le hizo su hermano sobre el agua. Un perfecto bote de papel cubierto en parafina, que surcó la tormenta mientras Georgie corría tras él. Un buque de guerra navegaba a prisa pese al intenso oleaje del vendaval; de pronto, las calles de Derry se habían convertido en altamar y el pequeño George en un valiente capitán. Una cloaca irrumpió el trayecto, el barquito giró hacia un agujero profundo para caer en la oscuridad mientras el niño se asomaba con la esperanza de recuperarlo. Dos ojos amarillos aparecieron para encontrarse con Georgie; la siniestra cara de un payaso en el desagüe lo saludó, en un tono vivaz, le ofreció su barquito. El niño estiró su mano para tomarlo, pero empezó a notar cómo el semblante del payaso cambiaba para revelar unos enormes colmillos, y su voz, que se teñía de un tono áspero, pronunciaba: "aquí todos flotan".

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En la casa de los Denbrough, la madre de Georgie toca el piano cuando recibe un cuerpo envuelto en sábanas, se trata del cadáver de un niño pequeño sin un brazo. 27 años después, Bill Denbrough contestará una llamada que lo hará volver a sentir miedo, que despertará un capítulo de su mente que fue engullido por los años y recordará que junto a sus amigos —los mejores que ha tenido en su vida— hizo un juramento: si volvía a despertar "Eso", tendrían que regresar al pueblo en nombre de Georgie —su hermano muerto— y todos los niños del pueblo de Derry. Bill deberá hacer resurgir el coraje que halló en su infancia para encarar a los demonios, desafiarlos, y devolverlos a la oscuridad; y es que para enfrentar ciertos miedos, se requiere volver a ser un niño, necesitará creer de nuevo en hadas, sirenas, duendes, caballeros, princesas y hechizos antiguos; Bill deberá creer que si lo desea, podrá derrotar al monstruo.

3

Stephen King ha escrito más de medio centenar de novelas, más de 200 relatos. Su inagotable imaginación ha fascinado a los lectores, pero no le ha valido aún un escaño en las consideraciones más serias de la literatura universal; es un autor cuya importancia sigue velada entre de las ramas intelectuales del arte; sin embargo, ha sido merecedor del Premio Edgar, Premio Bram Stoker y del Grand Prix de l'Imaginaire. Es uno de los escritores más icónicos de la literatura de horror. Los libros de King forman parte del inconsciente colectivo que enriquece la cultura contemporánea. “Carrie”, “Dead Zone”, “Christine”, “The Shinning” e “It” son referentes necesarios de su género. King llegó al punto más abismal del alma humana para clamar el nombre de algunos demonios que acompañan los males del mundo moderno. El racismo, la homofobia y la violencia de género están presentes en sus historias; la forma en la que trata estos temas nos hacen reflexionar sobre la verdadera identidad del monstruo. Si es que, acaso, el antagonista es en verdad “Pennywise”, o lo es nuestro rencor y aversión hacia todo aquello que no quepa en nuestro estrecho nivel de tolerancia. King es un genio porque convierte estos seres en reflejos de un mundo decadente del que no siempre poseemos completo reparo.

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En 1999 el miedo se materializó de formas distintas para Stephen King: el de una furgoneta que desahogó su ira contra el asfalto que proyectó la luz de sus faros y amenazó su vida, el de una camilla, el techo desconocido que miró mientras reposaba sobre la cama de un hospital, la presión de la aguja sobre su piel, el aroma a fármacos y las paredes blancas de una clínica. Su mente que cayó al abismo atrapada por el temor y el anhelo de seguir vivo, concilió el sueño arrullado por un cocktail de sedantes.

4

En la ciudad se esconde un monstruo sádico, es una bestia cósmica que duerme por lapsos de casi tres décadas y despierta para comer. Vive bajo las calles de la ciudad de Derry y conoce todos sus rincones, habita cada esquina como un Dios omnipresente, se ha convertido en una fuerza latente, esencial y oculta en el subconsciente de todos sus habitantes. "Pennywise", el payaso bailarín, existe para hacer latir a Derry, para causar sufrimiento y avivar su ansia. "Eso" produce horror en las entrañas, sus víctimas se pierden en la bastedad de sus brillantes ojos amarillos, azules, plateados, a través de ellos veremos una antigua e inhóspita región del espacio llamada "los fuegos fatuos", lugar donde el payaso nació. Vino desde muy lejos y llegó a la Tierra hace millones de años para echar raíces, y germinaron cuando los primeros hombres vieron caer la tenebrosa noche, encerrados en sus cuevas mientras creían que el sol nunca saldría otra vez. 

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Es extraño, pese a que cada célula de Pennywise vive y existe por "el miedo", él nunca ha sentido nada semejante. Conoce su naturaleza: cómo se ve, cómo sabe, pero no cómo siente. El miedo es para Pennywise algo tan común y desconocido a la vez. Pero ahora cambiará todo; por primera vez "Eso" experimenta inquietud al saber que alguien podría matarlo. No, espera, no es uno, son siete. ¿Serán enviados? ¿Quién podría tramar un plan en su contra? "El club de los perdedores" hace peligrar a Pennywise y una intensa red de nervios lo agitan, porque gracias a unos niños, "Eso" siente miedo.

Ante un escenario confuso, ¿quién se enfrentará al terror? La respuesta de King es directa: serán los perdedores, los oprimidos, los golpeados, los parias de la sociedad serán quienes salgan a defender el fuerte. Ellos son los cimientos, la columna vertebral del espíritu humano, la representación más pura del valor. A estos chicos los han unido sus imperfecciones, sus experiencias lamentables, sus problemas los hicieron encontrarse y los fortalecen. Bill el tartamudo, Ben el gordo, Eddie el enfermo, Richie el cuatro-ojos, Mike el negro, Stan el judío y Beverly la pobre, una curiosa combinación de aparentes "defectos" conforman "El club de los perdedores". Un ser tan o más poderoso que Pennywise —conocido como “La tortuga”— los ha convocado para acabar con “El devorador de mundos”.

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Sólo los niños toman conciencia plena de la existencia de Pennywise. Los niños ven cosas que, para los adultos, pasan desapercibidas; estos últimos también ven pero la influencia de "Eso" la tienen tan impregnada que los ciega. Esto es un elemento importante en la novela, Stephen King nos dice que existen dos tipos de personas: quienes ven y quienes no quieren ver. Los niños que conforman "El club de los perdedores" son parte de minorías. En el terreno hostil se tienen sólo unos a otros; su condición los obliga a no ignorar el problema, sino a ver con detalle. Al contestar la llamada proveniente del pueblo de Derry, los perdedores harán de lado sus exitosas carreras para tomar rumbo a un pesadilla oculta en el subconsciente. Las cicatrices de su último encuentro van a resurgir en su cuerpo y corazón.

"El club de los perdedores" se tendrá que valer de su ingenio, mente e inventiva. Acabar con Pennywise dependerá exclusivamente de su capacidad de enfrentar el pánico, de sobreponerse, y de su fe en ellos y en sus compañeros.

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5

Maltrecho, con el augurio de distintas operaciones y extensas sesiones de fisioterapia, Stephen King abandonó el hospital. Había dejado en casa las páginas inconclusas de un nuevo libro, volvió a pisar su residencia con el pulmón derecho lastimado y la cadera hecha añicos, siete semanas en el sanatorio apenas le habían ayudado a menguar el dolor. De nuevo entró a su estudio, tomó asiento frente a una roída máquina de escribir, colocó la hoja sobre la platina y las giró con cuidado para mantener el borde de la páginas completamente recto, acercó sus manos a las teclas y permaneció así durante unos segundos. Temeroso, alejó su silla del escritorio. Había sobrevivido al accidente, pero las luces de los faros de la camioneta aún le centellaban la vista. El temor que le provocaba el trueno de la defensa del automóvil sobre la guarnición de la acera, lo veía reflejado en una página en blanco.

El rey del terror tenía miedo, no de una casa encantada o un vampiro oculto en la penumbra, pero para superar esta clase de miedos le hubiera bastado un crucifijo o un sacerdote bien preparado; Stephen King le temía al recuerdo acechante de un automóvil en la carretera, de la sangre que brotó de su cuerpo; le temía, sobre todo, a una posibilidad: si él no murió, tal vez sí lo hubiera hecho su espíritu. Si a cambio de vivir había dado la voluntad de escribir, había perdido algo importante. Tenía a su familia, a sus hijos, esposa, pero, ¿qué iba a ser de él? ¿Cómo enfrentar al mundo si había perdido su pluma, su "florete"?

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Stephen King dejó la habitación. Con movimientos lentos, acomodó sus gafas, caminó hasta el acceso y apagó la luz. Su máquina de escribir quedó envuelta en las sombras cuando cerró la puerta.

6

Hay una razón por la que Pennywise debe enfrentar la muerte a manos de simples niños, la infancia aún esconde muchos misterios. "La energía tiende a disiparse, ¿sabes? Lo que se puede hacer a los 11 años con frecuencia no se puede hacer nunca más", le advierte La tortuga a Bill. Los perdedores tendrán que romper con este augurio y enfrentar a Pennywise en dos ocasiones, la primera en 1958 y, finalmente, en 1985.

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La criatura los intimidará al explotar sus dificultades, y para eso usará a sus seres queridos como enviados: la madre sobreprotectora de Eddie, el padre iracundo de Beverly y la familia resquebrajada de Bill. "Eso" se les presentará de formas diversas, de acuerdo a sus miedos más profundos: "La criatura de la laguna negra", "El hombre lobo", "La momia", "Un leproso", o, incluso, "Una araña gigante".

La ficción es capaz de un extraño milagro: crear seres humanos de tinta y papel, como autor se deben requerir años y un inmenso talento para lograrlo. Leer It es volver a ser niño, recordar que le temíamos a los monstruos que aguardaban a que retiráramos la cobija del rostro, pero al hacernos mayores, sólo cambiamos a esos monstruos por unos nuevos, mucho más fuertes e iracundos; es saber que, en realidad, nunca dejamos de tener miedo y que nuestros fantasmas de la niñez nos acompañan por siempre. También se trata de entender que podemos vencer a los viejos espíritus, pero que, para ello, es necesario creer. No creer como ahora, sino como creíamos cuando éramos pequeños y teníamos inocencia. Creer en las historietas que leíamos, en las primeras películas que vimos; creer que al escuchar una canción en la radio, la chica que te gustaba también lo hacía en otro lugar; creer con fervor que no hay criatura demasiado grande, que sólo nuestra vida nos pertenece y que podemos convertirnos en nuestros héroes. Sólo un niño puede hacer eso, pero en el fondo, aunque crezcamos, nunca dejamos de serlo. 

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“Aguanta, sé valiente, sé leal, defiende a tu hermano, a tus amigos; cree, cree en todas las cosas que has creído: creo que, si dices a un policía que te has extraviado, él se encargará de que llegues sano y salvo; cree que hay ratones que cambian los dientes de leche por monedas y que los reyes magos vienen en camellos a repartir juguetes y que el Capitán Medianoche bien puede existir, (…) cree que tus padres volverán a quererte, que el valor es posible y que las palabras volverán siempre con fluidez; no más Perdedores, no más acurrucarse en un agujero del suelo diciendo que es la casita club, no más llorar en el cuarto de Georgie porque no pudiste salvarlo y porque no sabías; cree en ti mismo, cree en el calor de ese deseo".

7

Una pesada grúa se estaciona en el patio de los King, lleva consigo un encargo del novelista. Con un patrimonio que asciende a millones de dólares, Stephen nunca ha despilfarrado su fortuna en nada más que en una casa estilo gótico en el distrito Western Lakes de Maine, algunas motocicletas, un par de guitarras y una extensa biblioteca. Carece de caprichos y, en apariencia, luce modesto; sin embargo, ha decidido gastar unos cuantos dólares en un antojo: una Dodge Caravan del 85, el mismo vehículo que lo atropelló. Como una vieja amiga que ha acudido a saldar cuentas, la camioneta aguarda a un costado del garaje. Stephen King baja preparado para la reunión, viste jeans, botas, sus gafas y una gorra de los Boston Red Sox; abanica un bate de béisbol al momento en que se acerca a la Dodge.

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Toma con ambas manos el mango y apoya su cuerpo sobre la rodilla derecha. Ya no le duelen las lesiones, de momento sólo siente la adrenalina. Una embestida destroza los faros, las botas de Steve pisan algunos cristales antes de que pueda abollar el cofre con otro golpe; avanza firme hacia la cabina, el extremo derecho del bate embiste el retrovisor antes de atravesar uno de los vidrios. Abre la puerta y empieza a quebrar el tablero, pronto el volante saldrá disparado hacia el césped del patio. La madera del bate quiebra la brisera y Steve comienza a tomar inspiración. Las historias vuelan junto a las esquirlas de cristal, en un momento estará de vuelta en su estudio, trabajando de nuevo. Igual que “los perdedores”, Stephen King enfrentó su monstruo.

Una persona elige tanto en qué quiere creer como en lo que no; Stephen King escogió expresar su forma de entender el mundo en una mentira, escogió la ficción; en su imaginación halló una voz. Las creaciones de King nos han dejado descubrir nuevos mundos y con los años, nos han demostrado que la única forma de ganarle a la suerte, es al enfrentar cara a cara a sus monstruos.

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Tal como Stan lo hizo al retar a Pennywise en la novela "IT":

“Creo en las tanagras escarlatas, aunque nunca he visto una (…) También creo en los buitres, en la alondra de Nueva Guinea y en los flamencos de Brasil. (…) ¡Creo en el águila dorada! (…) ¡Y hasta creo que puede haber un ave fénix en alguna parte! ¡Pero no creo en ti, así que vete de una vez!".

Ya volveremos a ocupar un lugar alrededor de la hoguera, con el líder de la tribu a la cabeza. Para conjurar espectros, cortejar arcaicos encantamientos, y recitar historias: érase una vez una chica tímida con problemas en el colegio, una casa lúgubre en la cima de una colina, un cementerio indio, un hombre condenado a una celda dentro del pabellón de la muerte. Si existe certeza alguna en la noche, es que podemos confiar en Stephen King para que invente más tramas, formas de hipnotizarnos, y para que conduzca nuestros sueños y pesadillas.

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