Letras

Criticar no es crear

Letras Criticar no es crear

Siempre me ocuparé sobre todo de modos de percibir y comprender lo que puede y debe hacerse explícito.


- Harold Bloom
 

La lectura —entiéndase como un acto de recepción en el gran espectro del quehacer artístico— es un diálogo, uno atemporal que induce a las más importantes reflexiones sobre la existencia y el ser. Por tanto, se trata de un ejercicio vital de reconocimiento en el espejo de la obra. De ahí que el quehacer de la crítica resulte tan imprescindible como controversial. El crítico, en ese diálogo que tienen lector y artista, es un puente capaz de unir dos islas y lograr que se comuniquen. Sin embargo, la labor del crítico no siempre es vista con unanimidad y respeto.

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Al crítico se le respeta porque es crítico, pero igual se le vilipendia, y ya lo dijo Paz: “la crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo” (Postdata, 1969). Pero, ¿cuál es la labor real del crítico? Virgina Woolf, voraz lectora, mencionaba: “Por cierto, el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos” [1]. El crítico es un analista experto que permite discernir la calidad y valor de las obras. En ese peligroso sentido, el crítico se erige como una voz de autoridad que otorga a la obra una calificación ante la opinión pública, dirigiendo el sentido crítico de cada individuo frente a ésta. Al tener ese carácter, el crítico se convierte en un engrane del aparato social que otorga un valor a las obras y que gira en torno a diversos agentes, como editores, expositores, curadores, galeristas, comerciantes y coleccionistas, entre otros —hablando en el amplio espectro del quehacer artístico—. De ahí que en muchas ocasiones el crítico y su labor dejen de tener la validez real que debieran; se entiende, en ese contexto, que el crítico obedece a ciertos intereses que buscan promover y vender una obra pero, ¿es verdad ese el papel del crítico?

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Tomando el ejemplo de Harold Bloom, es posible decir, sin lugar a dudas, que la labor del crítico debiera ser mucho más compleja que la de simplemente ayudar a que las obras se vendan. El crítico es una guía, es una voz que brinda a lectores y artistas la oportunidad de conocerse. En la fiesta del arte, el crítico es algo así como el anfitrión o un invitado con tal soltura que conoce bien a las voces del arte —a veces tan dadas a la introversión—, y las pone cerca de quienes quieren oírlas. ¿Y qué se necesita para ser un crítico? Conocer, conocer y conocer tanto como ser inteligente.

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Bloom es uno de los casos más singulares y especiales de la crítica. Él, ante todo, es un erudito, un pensador para quien la lectura “sirve para prepararnos para el cambio y lamentablemente el cambio último es universal” [2]. Nació en Nueva York en 1930; es profesor de las universidades de Yale y Nueva York y ha publicado más de 20 obras sobre crítica literaria. Sus críticas, artículos, reseñas y prólogos están esparcidos por todo el orbe. Su obra, ampliamente reconocida, no sólo es importante por el trabajo que ha realizado durante años para unir a tantas personas, sino por su capacidad para imponerse a los cánones de la academia y erigir su propio modelo de análisis basado en la experiencia natural de la literatura —lo que paradójica y naturalmente lo ha convertido en una autoridad académica—. Quizá su obra más reconocida y controversial sea el Canon Occidental, en la que da cuenta de sus 26 autores imprescindibles.

Para Bloom la crítica literaria debe partir de la idea de que el texto tiene un corazón que vive y late dentro de toda la obra —el tema, el asunto del mismo— y que es labor del lector encontrarlo y del crítico acercar al lector a éste. Asimismo, Bloom creó el concepto “angustia de la influencia” —anxiety of influence—, según el cual todos los autores se enfrentan con el bagaje de creación que han dejado atrás, y que deben vencer para poder encontrar su estilo y dar vida a su propia obra.

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Se dice que en general el crítico, el profesor y el editor son seres incapacitados para la creación. Admiradores permanentes de la capacidad creativa se hallan tan obnubilados por ésta que ya no pueden producir. ¿Será que la energía creativa no sólo va en función de la producción de una obra? ¿No será, también, que la interpretación misma es ya una forma de creación, de recreación de la obra?

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Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades [3] es una obra de Bloom en la que condensa todas esas lecturas que considera imprescindibles para la formación del pensamiento de cualquiera que se de cuenta de que no existe la literatura para niños.



[1] Woolf, Virginia citada en Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. Marcelo Cohen. Trad. Universidad del Papaloapan. 22 julio 2013 < http://www.unpa.edu.mx/~blopez/algunosLibros/Harold%20Bloom%20-%20Como%20Leer%20Y%20Por%20Que.pdf> pág. 5.


[2]
Bloom, Harold. Op cit. Nota 1. Pág 6.


[3]
Bloom, Harold. Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades. Barcelona: Editorial Anagrama. 2003. 


Referencias: