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Cuento para aprender a decirle adiós a un perro

Letras Cuento para aprender a decirle adiós a un perro



En este cuento de amor a un perro entendemos que cuando un perro cierra los ojos por última vez, un universo inmenso y fantástico se apaga.



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HISTORIA DEL ADIÓS: EL PERRO QUE SE FUE, EL HOMBRE QUE AÚLLA


Llevaba así un rato, recostado en la cama con el libro entre las manos, al lado mi eterno mate y en el buró un cigarro se consumía en el cenicero. Casi caía dormido y de súbito escuche un ruido que reventó mis oídos. Era Karenin, mi perro. El nombre se lo debía a la novela La insoportable levedad del ser de Kundera.


Karenin llegó a mi vida como pocos perros lo hacen en la vida de un hombre. Un día salí del trabajo temprano, antes me había asegurado de terminar todos los pendientes ya que horas después iría con unos compañeros a tomar unos tragos en un bar nuevo de la ciudad. Por entonces mi rutina era esa, esperar con ansias los fines de semana para ir a embriagarme a cualquier lado, conocer gente nueva, y si tenía suerte, acostarme con la primera que se me cruzará. Sin embargo, justo cuando estaba por llegar a mi apartamento, sonó el teléfono, era mi jefe. Al parecer había llegado un trabajo nuevo y debía terminarse ese mismo día. Me molesté un poco, pero pensé que si me apuraba aún me daría tiempo, así que di la vuelta en “U” por sobre la carretera tan fuerte que hasta me subí un poco a la acera, y cuando apenas libraba el poste de luz sentí que golpeé algo. Era un cachorro de no más de un año de vida. Estaba moribundo, el golpe que había recibido de la parte delantera del auto lo había reventado por dentro, tanto que cuando lo sostuve su cuerpo parecía estar hecho de gelatina. En sus ojos veía el reflejo de mí mismo, y me veía como un ser de otro mundo, uno sin corazón. La gente comenzó a rodearme, pensaban que quizá había atropellado a un niño o un anciano; sin embargo, cuando se dieron cuenta que no era más que un perro, perdieron el interés y siguieron su camino.


Levanté al cachorro, lo subí al auto y fui a la clínica veterinaria más cercana. Por suerte había una apenas a un kilómetro, aceleré y llegué en unos instantes. El cachorro sollozaba en los asientos traseros. Parecía que iba a morir. Entré corriendo con el perro en brazos a la clínica, lo llevé directamente a urgencias y lo atendieron. Pasó sedado cerca de cuatro horas, la operación duro dos y entonces, por más que el teléfono sonara, por más que mi amante sin suerte —a la que no conocía o quizá ni siquiera existía— me esperara, no iba a atender.


Estuve ahí toda la noche, el cachorro iba a ser dado de alta hasta el otro día, y cuando me lo dieron decidí quedármelo. Pronto se acopló a mi modo de vida, salía a la terraza a hacer del baño o tomar el sol, y dentro de la casa era bastante limpio. Los fines de semana salíamos a correr, y ambos disfrutábamos de las puestas de sol. Yo veía a mujeres hermosas que pasaban por los parques suizos, él veía a perras más grandes que él y se emocionaba, les ladraba y daba de brincos. Más de una vez me hizo reír. Así que era, sin duda, mi compañero, el que me conocía mejor que nadie porque frente a él poco me importaban las máscaras, bien podía andar en pelotas o trajeado, él siempre me miraba igual. Con un cierto dejo de rencor por haberlo atropellado, pero también con su mirada perdida, su lengua de fuera y su cola en un eterno vaivén.


Aquel día, Karenin ladró tan fuerte que el sueño se disipó por completo, hasta entonces me había olvidado de él. Tenía un sinfín de pendientes, de esos que consumen tu vida.


Me levanté de la cama y él estaba afuera, en la terraza, tomando el sol como lo hacía desde tiempos inmemoriales. Por sus gestos parecía que quería decirme algo, pero no imaginaba qué. Dudé un poco, pero a fin de cuentas fui hasta él. Al salir, la luz del sol lastimó mis ojos, hasta entonces yo llevaba casi todo el día dentro; de hecho, ni siquiera había visto la luz del sol desde un día antes. Acto seguido me tallé los ojos y pronto estos dejaron de dolerme y le pregunté qué quería. Él dio un brinco y volvió a ladrar, por su expresión parecía que quería que alzara la vista. Así lo hice y entonces noté que eran alrededor de las seis de la tarde, hora en que se pronuncian las puestas de sol. "¡Qué remedio!", dije. Luego subimos hasta la azotea para ver la puesta de sol. Tomé mis cigarrillos y un poco de mate.


Debido a que en la azotea no había escalones, sino una especie de escalera, tuve que cargarlo, estaba bastante pesado, mucho más de lo que recordaba. Una vez arriba, el a mi lado, nos quedamos admirando en silencio la puesta de sol. Karenin se recargaba contra mi torso, sentía que estaba a punto de decirme algo. Pero nada se pronunció más que un silencio.


Así estuvimos, frente a nosotros la inmensa ciudad se iba oscureciendo con el correr de los minutos, y entonces él empezó a aullar, tan hondo, tan mágico. Yo hice lo mismo que él, aullé como un perro, quería registrar en mi memoria ese instante, encuadrarlo como una fotografía, guardarlo en un clip de video y reproducirlo hasta mis últimos días. De pronto, como si se le acabaran las fuerzas, el aullido de Karenin se fue ahogando, comenzó entonces a sollozar, justo como la vez que lo encontré. Temí que estuviera enfermo, que algo le doliera, pero sólo quería, con toda seguridad, que yo recordara cómo es que lo encontré. Al mirarlo con detenimiento lo vi bastante viejo, demasiado. No podía creer que aquel perro demacrado fuera mío, el tiempo había pasado encima de él y le había hecho factura. Luego comprendí, estaba despidiéndose.


Yo llevaba años enclaustrado en una vida ajetreada, poco tiempo le dedicaba. Claro que él no entendía nada y yo entendía menos, pero en aquel momento ambos comprendíamos el sentir reciproco. Cuando el sol estaba a nada de ocultarse, volteé a mirarlo y sentí que su respiración era honda, insondable. De pronto el viento sopló fuerte, demasiado. Hasta cerré los ojos, y cuando los abrí él se había ido.


"¿Dónde estás, Karenin?", dije. "¡Kareniiin!', grité. Luego comencé a aullar. Estaba solo.

 

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Referencias: