Cuento de amor para decir "te amo" por toda la eternidad

Miércoles, 15 de agosto de 2018 16:24

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cuento de amor

A veces sólo en la fantasía de un cuento de amor podemos expresar los sentimientos que nos habitan. A continuación, te presentamos un texto de Leonel Salgado.



cuento de amor 1



Era una tarde tranquila, viajábamos como cada año en esta época a un lugar nuevo y diferente. Algunos aldeanos nos ofrecieron conocer un lugar de ensueño a un par de horas en carreta, y al tener la oportunidad de aceptar una aventura diferente y también al ofrecernos un buen precio aceptamos tal viaje. Habríamos recorrido casi media hora desde que partimos, la carreta que venía atrás de mí estaba a una distancia considerable, se veía pequeña y las otras dos aún más lejos se miraban del tamaño de un juguete; esto lo supe al entrecerrar un ojo y estirar mi mano haciendo una pinza con los dedos, como si quisiera tomar la diminuta carreta y jugar con ella.


Todos los demás viajaban en carretas destinadas a tal viaje, con el carretero guiando un par de caballos y a su lado una persona adulta de los mismos viajeros de nuestro grupo, al interior de la carreta tres personas en cada asiento, uno trasero y uno delantero, y todavía dos niños podían viajar en la parte trasera de la carreta donde generalmente se lleva agua o alimento para los animales. Las ruedas de las carretas eran de madera con cintas de cuero y tenían un rechinido particularmente agradable al ir rodando. Estaban construidas de buena madera, y aunque se notaba el paso del tiempo, permanecían en un estado de conservación envidiable. Se notaba mucho amor y dedicación en aquellos vehículos rústicos.


Mi situación era especial, ya no había alcanzado asiento en alguna carreta y para no hacer el pago de una carreta para mí solo, un lugareño se ofreció a llevarme cerca de nuestro destino, así que tendría que caminar por media hora y de regreso, para después incorporarme a cualquiera de las carretas que iban en nuestro grupo. Además, la carreta de aquel hombre amable que se ofreció a llevarme tenía una carga dividida en la parte de enfrente con cajas diversas, y en la parte trasera llevaba paja, donde podía recostarme, ya que en el asiento junto a él también llevaba un par de cajas de madera. El paisaje era hermoso, praderas verdes llenas de montículos plagados de flores de muchos colores, azules por ahí, amarillas por allá, anaranjadas más allá. El pasto era alto y había algunos animales con su pastor a la distancia. Yo estaba recostado con los brazos cruzados detrás de mi cabeza, y también con una de mis piernas sobre la otra, cualquiera que me hubiese visto sólo habría atinado a decir: "¡Pero vaya con este holgazán!".


El señor que conducía mi carreta me había prestado un sombrero, y a pesar de que el sol brillaba solemne en el firmamento y las nubes se dibujaban intermitentemente en el cielo sólo para quitarle su azul monotonía, podía sentir una calidez muy apacible, el sol mantenía tibias mis mejillas y el viento refrescaba mi espíritu. Apreciaba cómo el paisaje se alejaba de mí, las últimas casas estaban desapareciendo en el horizonte, las montañas se hacían cada vez más imponentes, el cielo más azul, el aroma de las flores más intenso, mi vida más intensa y la plática de mi acompañante más curiosa. Era agradable, no era una conversación en sí, parecía más un cuestionario. A cada pregunta que me hacía y le respondía terminaba con la frase: "¡ah, muy bien!". Era un sujeto simple, su complexión era robusta de cabello corto y canoso, barba de tres días también canosa, y su rostro reseco por el sol; pero su expresión no contenía ni cansancio ni tristeza, sólo se marcaba el paso del tiempo y aún así su rostro era cándido, como toda la gente de la región. Llevaba un overol de lana café, unas botas de piel artesanales, una camisa a cuadros azul, café y amarillo pálido, y un sombrero de palma de ala ancha curvada en la orilla, con un listón azul y un extraño adorno bordado a mano de flores y garabatos. Las mujeres de ese pueblo acostumbraban bordar en la ropa de los hombres de la familia algún detalle único, así ellos podían valorar el esfuerzo de cada una de ellas y recordarlas durante su jornada; por lo tanto, era fácil averiguar cuántas mujeres había en cada familia, porque si el hombre tenía mujer y dos hijas, sus prendas tenían un adorno grande y dos pequeños. Este señor en particular tenía una familia compuesta por su esposa, una pequeña y dos varones, eso lo supe porque me lo dijo.


—Entonces, ¿vienen de Messico? —obviamente quiso decir México, pero su forma particular de pronunciar las palabras se lo impidió. Y así en muchas otras palabras que pronunció cambiaba la “jota” por una “ese” alargada. Y, como ya comenté con anterioridad, a cada respuesta que yo le daba, él sólo atinaba a decirme: "¡ah, muy bien!".


—¿Y a qué vinieron por acá?

—¡Ah, muy bien!

—¿Entonces vinieron a conocer?

—¡Ah, muy bien!

—¿Y van a ir al lago?

—¡Ah, muy bien!


Tenía una voz ronca grave y profunda, muy amigable, sus preguntas eran ingenuas y repetitivas, pero me las ingeniaba para responder algo diferente. No era exactamente una conversación, pero su dinámica de preguntas y respuestas resultaba muy agradable.


De pronto unas manos fugaces cubrieron mis ojos, me sorprendieron, pero no me asusté ni sentí peligro alguno, porque esas manos me resultaron inocentes y suaves, además percibí un aroma lleno de dulzura y nostalgia. Escuche una risa femenina y maliciosa, y mi corazón tembló al descubrir en esa risa una familiaridad anhelada. Pronto me di la vuelta y mi cara quedó cerca del rostro más hermoso que haya podido imaginar la creación del Universo; su piel era blanca, su rostro llenos de estrellas anaranjadas y cafés, su nariz pequeña, sus ojos color miel, con una expresión dulce y cálida, su cabello a media espalda, sin fleco y recogido en un par de trenzas que se juntan en la parte de atrás de su cabeza, sus cejas pobladas, naturales, sus labios rosados y sus dientes grandes y saltones. Era como mirar a un ángel, me estremecí al descubrir su hermoso rostro en ese lugar tan inesperado.


—¿Aquí estás? —pregunté intrigado, asombrado, abrumado y excitado.


Me sobresalté. En ese momento me sorprendió haberla encontrado en ese lugar, y estaba dichoso de que se me apareciera así de repente como un regalo del cielo. Pero había algo que me angustiaba, algo que no estaba bien, algo que me sacudió de pies a cabeza y que casi me paraliza del miedo. Era una chica muy especial, en ese momento recordé su historia, nuestra historia; sabía quién era, dónde la conocí, todo lo que habíamos vivido juntos, nuestro romance, nuestra dicha juntos. Y sin embargo ese miedo se convirtió en angustia. Muy dentro de mí sabía que era la última vez que iba a verla, que estaba a punto de perderla para siempre. Me miró angustiada casi espantada al ver mi semblante, me preguntó si estaba bien. No había tiempo para contestar, en cualquier instante se iba a ir de mi vida, mi amor, mi más hermoso tesoro, mi carita de ángel, la mujer más hermosa del mundo era un sueño y estaba a punto de desaparecer.


Así es, un hermoso y fugaz sueño. Desperté en medio de él, ya en muchas ocasiones me había dado cuenta que estaba soñando, pero siempre a la mitad de una aventura en el bosque, incluso viajando por otros mundos, volando libre por el viento, viajando, siempre viajando, pero esta ocasión era especial y cruel, ¡nunca había soñado al amor de mi vida! Tomé su mejilla y me acerqué a ella para darle el beso más profundo y apasionado del mundo, le dije mientras mis dientes chocaban con sus labios: "Te amo".


—¿Qué sucede?

—Nada, sólo bésame como si fuera el último beso, como si no fuéramos a tener otra oportunidad

—¿Estás bien?

—Si amarte es estar bien entonces estoy bien, ¡te amo, te amo demasiado!


Sólo alcanzó a balbucear algo que no entendí, se entregó a ese beso y el mundo entero perdió sentido, acariciaba su rostro, quería recordarlo para siempre, a pesar de ser un sueño mis manos podían sentir el color de sus ojos, la ubicación de cada una de sus pecas, las arrugas en su rostro, cada vello, cada poro de su piel. Podía sentirlo todo, y yo me aferraba a ella impetuosamente.


—¡Te amo!, ¡te amo! —le repetía sin dudar, quería que cuando ella se fuera ambos lo recordáramos. Ella tomó mis mejillas de manera firme y suave, entonces comenzó a repetir las mismas palabras que yo:


—¡Te amo!, ¡te amo!


Las lágrimas salieron de mis ojos, y ella las percibió con sus dedos, quiso limpiarlas pero también comenzaron a brotar de su rostro, abrí mis ojos y ella los suyos, en ellos se reflejaba todo el Universo, el beso era tan intenso que ya no sentía la humedad de sus labios y su boca, sentía como si el mismo Universo nos estuviera haciendo el amor a los dos. Nuestros corazones latían al unísono, ya no necesitábamos palabras para seguir diciéndonos el uno al otro las mismas palabras. La abrazaba tan fuerte contra mi cuerpo que en un momento éramos uno solo, sin tiempo, sin vida, sin alma, sólo éramos la expresión más básica y pura del amor.


Al fin desperté.


—Te amo, te amo, te amo.


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El texto anterior fue escrito por Leonel Salgado.


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