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Un cuento para entender las diferencias entre extrañar y echar de menos

19 de junio de 2018

Luis Longo



¿En qué pensamos cuando estamos solos? ¿En nuestro cuerpo, nuestra historia personal, la diferencia entre extrañar y echar de menos, la soledad, la muerte, el sexo? El siguiente cuento de Luis Longo es un monólogo interno que nos enreda entre la cadencia y la nostalgia.





PÁGINA EN BLANCO


Hoy no te perdonaré más. Se acabó. Hoy eres mi víctima y testigo. ¿De qué? No lo sé. De lo que yo quiera. Tantos días ya te había pasado de largo, tal vez te había temido o respetado demasiado; ahora ya no más. Te escribiré primero para decirte que no me siento sola, sobre todo me siento libre; y me pesa. Nadie me reclama nada, nadie necesita de mí, los días los paso conmigo y puedo hacer de ellos lo que me de la gana. Si quiero, me tumbo bajo un árbol y escucho a la gente hablar y quejarse. Todos reclaman tanto aquí y sin embargo nadie parece hacer nada, los que hacen cosas ya dejaron de protestar; ya pasaron a esta

nueva dinámica: crear es sobre todo quejarse.


Pero lo que me invade ahora no es ningún impulso creativo, tampoco es un gimoteo; es ante todo una reflexión propia, es un diálogo conmigo misma, es quitarme el maquillaje y verme al espejo tal cual soy. Tomar mis manos y recorrer mi cuerpo. Mis pequeños pechos, el izquierdo siempre ha sido más grande —pero no me importa. Repaso mi cuerpo como si lo esculpiera al tocarlo, me observo y como siempre vuelvo a posar la vista sobre ese lunar junto al ombligo que parece como un insecto disecado en mi piel; tal vez lo es, quizás en algún momento, mientras dormía o cuando era pequeña, un bicho solitario se paseó por mi vientre y se adentró en mi ombligo hasta quedar dentro de mí; puede ser que después ya no encontró la salida y ese lunar que tengo ahí no sea otra cosa que la marca y el recuerdo de ese triste insecto. De todos modos, si es así, tonto, tonto insecto, serás recordado por mí y admirado por quienes me miren la cintura. Tal vez haya quien pose sus labios sobre tu miserable lápida sin saber lo que se oculta bajo ella. Y yo reiré. No por placer, pero por lo absurdo que sería todo eso; y a la vez, bajo otros ojos, sería algo normal, cotidiano, erótico incluso. Besar una tumba.


Así pues sigo observando mi piel, las delgadas líneas de un bronceado accidental. Mis pies son tan blancos en comparación a mis piernas que parecería que tengo puestos unos calcetines de seda. Debe ser por todo lo que camino. Ando y ando como un perro, y uso la palabra en masculino porque de modo contrario la palabra me disgusta y en mi cabeza pierde el sentido. Todo pierde el sentido cuando se le piensa demasiado y aún así no dejo de pensar; de buscar la lógica de las cosas, el porqué de todo, la base y el origen de lo que me rodea, la razón de que algo sea como es, como con este jodido lunar o las marcas en mi piel. —Aquí estoy yo —me digo frente al espejo— desnuda y sola. Y no me hace falta nada más. Me gustaría creerlo. Me gustaría parar de decirme cosas que no pienso de verdad. No sé qué vendrá primero, si empiezo a creérmelas o mejor me callo. Hay que saber cuándo guardar silencio, aceptar la derrota, y cuándo dejar de hacerse un merengue la cabeza, y también cuándo hay que pedir ayuda; y tragarse el orgullo algunas veces y sentir el viento —si es que hay—, y repetirse las mentiras que quisiéramos que fueran verdades hasta que la lengua se acostumbre a decirlas, y pensar que ya falta menos para que sea mañana, y tratar de olvidarse de las cosas, y luego recordarlas, y disfrutar tanto, y llorar si se quiere, y reír, y luego callarse y tumbarse en la cama mientras escuchas a los vecinos pelearse. Y extrañar, lo que sea, no importa. Extrañar es un privilegio. Yo te echo de menos pero no te extraño, porque dentro de lo que uno extraña siempre hay una especie de anhelo, una esperanza a reencontrarlo, ¿no? No sé. Sólo disfruto de mi soledad una vez que se acaba.


Mientras tanto el proceso es sin duda más que doloroso, cansado. Porque una se cansa de ser siempre tal cual una es, porque ya no puedes decir mentiras, porque no puedes coquetear estando sola porque se pierde todo ese juego, no hay nadie quien te mire, no puede una hacerse la tonta y sonreír con un guiño al espejo, porque se ve una tan ridícula que a veces me pregunto si no me veré así siempre. Luego me miro las piernas. Como siempre acaricio mis muslos y los aprieto, me gusta sentir cómo se tensan alrededor de mis manos, recorrer con los pulgares la piel que se eriza por mi entrepierna y con los dedos restantes seguir presionando como si quisiera perforarla. Y crujir la mandíbula, arquear la espalda y estirarme hasta sentir cada parte de mi cuerpo separarse, dejar de ser yo para pasar a ser sólo piezas de una figura que podría ser de cualquiera; luego, en un instante casi imperceptible, volverse a unir en una perfecta sincronía y entonces regreso a ser yo de nuevo y lo celebro con un grito ahogado y

un temblor casi orgásmico que me sacude como muñeca de trapo.


Vuelvo a estar frente al espejo. Prefiero afrontarme así, no es como que pueda escapar de esa niña que observa y me juzga. Estará siempre que esté yo en cualquier lado, incluso estando sola. No he estado en ningún lugar donde no esté yo, pero no entraremos en el juego de las verdades irrefutables. Respiro. Agitadamente respiro. No me había dado cuenta hasta ahora pero en mi frente se dejan notar ya unos rastros de sudor. Me detengo, me froto los ojos con los puños, una y otra vez, como si buscara hundirlos en sus cavidades. Despierto. Me pongo un poco de perfil y me miro mis nalgas. No están nada mal; o eso me dicen. A mí me gustaría que fueran un poco más esbeltas. Ahora las encuentro demasiado grandes, tampoco tanto, pero comparadas con mis pechos o mi baja estatura ciertamente lo son. Es, de una u otra forma, una cosa de balance.


En un principio me quité la ropa para ducharme, pero ahora no quiero salir, sigo esperando que de golpe te aparezcas en mi puerta, no hace falta que digas nada, sólo mostrarte. No tienes que decirme que me has extrañado o que tenías ganas de verme; incluso podrías haberte equivocado de puerta y llamaste a la mía por error. Pero si pasa eso tendría que estar aquí, pretendiendo no esperarte y, tal vez, te pediría que te fueras, sintiendo en mi interior una pequeña victoria amarga. Me pregunto cómo se verá mi cuerpo en 10 años, en 20; si me colgará la piel o si se me arrugará la cara, si seguiré siendo atractiva, si acaso lo soy ahora; creo que sí, yo me acostaría conmigo. Tal vez lo digo en un golpe de autoestima y para no venirme abajo, pero de verdad que lo creo, no sé exactamente cuál es el punto fuerte en mí, pero sé que algo tiene que haber. En todo caso, al menos me gusta pensar que tengo una buena conversación, que el cerebro me va, pero cada vez eso parece importar menos. Parece que ahora todo es buscar desconocidos y no decirse más que el nombre y si se tiene un acento raro tratar de adivinar de dónde se es. Al final, todo eso no importa y a menos que se haya pasado una noche memorable, todo lo demás se vuelve una cifra y pronto se olvida. Todo se olvida. Le tengo más miedo al olvido que a la muerte. Le temo, sobre todo, a olvidarlo todo cuando muera. Joder. Siempre se acaba pensando en la muerte, o en la política, o en la luz que se dejó encendida; y después de repetirse “memento mori”, uno se pregunta si cerró bien la puerta al salir y si la leche en el refrigerador seguirá estando buena. Así de banal se vuelve la muerte.


Tal vez sí soy algo tonta, tal vez me preocupo demasiado —o quizá muy poco. Al acudir a mi madre y preguntarle sobre todo esto, siempre me decía que todas esas preguntas se debían a que leía mucho, como si fuera algo malo para mí. Me miraba intrigada y casi le pedía al cielo por una hija más normal. Una que sepa cocinar y limpiar la casa. Mis hermanas son así. Tal vez yo, siendo la menor, aprendí de sus errores. Al final creo que sí saldré, son apenas las cinco de la tarde y si sigo aquí me voy a volver loca. No por estar sola, pero porque los chinos de al lado han empezado a follar, sí, a las cinco de la tarde, y las paredes aquí son tan delgadas que se siente como si los tuviera al lado. Además, los ruidos que hacen —porque no se pueden llamar gemidos— son asquerosos, suena como una tortura, es un sonido gutural y carrasposo, no hay forma alguna que esa mujer esté teniendo placer. Si no los conociera, probablemente llamaría a la policía. Bueno, no los conozco y de todos modos no lo haré. Vivir en una ciudad como esta te acostumbra a esas cosas. A la falta de privacidad, a imaginarse cuanta cosa con todo lo que se oye a través de las paredes. Toda ciudad, así como la gente, termina por decepcionarnos. Por eso uno viaja y se enamora de ciudades nuevas, por eso salgo y me acuesto con desconocidos. Aunque eso también decepciona la mayoría de las veces.


Creo que mejor me iré al cine.


**


La soledad es el momento en el que descubrimos que no estamos realmente solos. El ruido y vertiginoso ritmo en el que vivimos a veces nos ahoga tanto que olvidamos vivir el presente, por esa razón te compartimos las 6 lecciones espirituales que aprenderás del aquí y el ahora.



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Luis Longo


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