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En sus ojos no existe la más leve huella de la inocencia

2 de mayo de 2018

Cultura Colectiva

La vida de Víctor Hugo Viscarra, un caso especial en la historia de la literatura latinoamericana y del altiplano, estuvo marcada por la calle, la indigencia, la violencia y los excesos. En este breve relato que se comparte a continuación se evidencia su estilo peculiar.



¿Lustro, joven?


Contra lo que digan y escriban los fabulistas, poetas y cuentistas infantiles, el niño que en este momento me está lustrando mis zapatos desechados es en realidad un anciano disfrazado de mocoso. En sus ojos no existe la más leve huella de la inocencia y en su rostro hay un rictus de amargura tan palpable que ni su fingida alegría puede ocultar.

Sus manos pequeñas, percudidas por tintas, cremas de calzados y suciedades, manejan con tal destreza las escobillas son los juguetes que la vida le ha obsequiado y que si él las maneja con presteza y agilidad es porque a esos “juguetes” los ha llegado a querer con intensidad, puesto que si bien no le sirven para jugar, por lo menos le ayudan a ganarse los centavos necesarios para comprarse un escuálido plato de comida.

Esa suma de dinero no creo que le ayude con el tiempo a construir una fortuna, porque, como el cambio fiduciario representa algo así como cinco centavos de dólar, esa suma no sirve de nada; pero, como la impotencia reprimida es la creador de los paraísos artificiales, él ha aprendido que, reuniendo el equivalente de tres pesos, puede comprar un pomo de thinner y así escapar de su micromundo existencial para alcanzar el macrocosmos de lo irreal, absurdo y fantástico.

Una vez que ha terminado su trabajo, con manos expertas guarda en el cajón sus herramientas de laburo.

Sabiéndome cómplice involuntario de su hazaña, saca de un escondrijo un pomo pequeño, y tras mirar a ambos lados y no advertir nada sospechoso, lo abre con manos imprecisas y se lo lleva a las narices. Un “Ah…” satisfactorio escapa de sus labios después de haber respirado parte del contenido del pomo, y cuando comprende que yo estoy enfrente suyo, con esta ingenuidad que existe en las almas prematuramente envejecidas, me alcanza el pomo al tiempo que dice: “Échele un tantacito del k’olo, que ya no va a ser tan tacaño, y de buena gente me va a regalar algunos quivos extras…”.

Cuando este niño anciano, un ser que no sabe de alegrías y bienaventuranzas, me ofrece un pasaje barato al universo etéreo donde no existen el hambre, el llano, la violencia y el marginamiento, yo, llevado por mis estúpidas concepciones, me atrevo a rechazarlo.

Y es más, los veinte centavos que debo cancelar por su trabajo me están quemando los bolsillos.

*

El texto original pertenece a Alcoholatum & otros drinks. Crónica para gatos y pelagatos.

La imagen que acompaña al texto es propiedad de David Mercado, de Reuters.

***

La intensidad de los momentos más cruciales se magnifica con la narrativa, los elementos estéticos del lenguaje y la capacidad creadora de una voz que hila y conduce imágenes como un sueño dirigido. Cortes rápidos, instantes de pausa. Sobre el cuadrilátero, todo luce como 
una batalla existencial en la que el amor da náuseas
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TAGS: Cuentos Escritores latinoamericanos Grandes escritores
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