De nuestro abrazo nacen flores que no se marchitan
Letras

De nuestro abrazo nacen flores que no se marchitan

Avatar of Astrid Arbildo

Por: Astrid Arbildo

1 de junio, 2017

Letras De nuestro abrazo nacen flores que no se marchitan
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1 de junio, 2017



Hay momentos en la vida en los que dejamos de poner resistencia, cansados de ir en dirección contraria renunciamos a toda acción inútil para cambiar nuestros destinos y terminamos por aceptar lo inevitable. Sin embargo, la vida está también plagada de momentos heroicos en los que con arrojo nos aventuramos, movidos por una fuerza desconocida, a darle la contra al mundo. Y esos momentos pueden ser tan largos como lo eterno o tan cortos como un abrazo.


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EL ABRAZO

Era un jueves igual a los otros, marcado por la rutina del pan y el café, el tráfico desesperante y los libros amontonados esperando ser leídos con pasión, sin el mutilamiento utilitario en busca de la mejor nota. Hace varias semanas que había dejado de asistir a mis clases en la universidad y salía de casa sólo para encontrarlo, aunque durante los últimos tres días había conseguido desaparecer por completo de nuestros lugares comunes, me dejó un montoncito de dudas y preguntas sin respuestas. Pero ahí estaba yo, en el parque que quedaba en un punto medio de distancia entre su casa y la mía, a las 5 de la tarde, recostada en el pasto seco con una botella de ron casi llena, esperándolo.

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Quería verla, las ansias nublaban mi mente, el sudor de mis manos humedecían las hojas del libro que había llevado conmigo y que fui incapaz de leer por mantener fija la vista en el reloj como intentando apurar su paso, pero sólo conseguí acelerar mis latidos. No importaba, había esperado demasiado e incluso comenzaba a concebir la idea de no volver a ver su rostro. Esta vez sería la última. Sí, necesitamos una despedida. No de ella, sino de nosotros. La volvería a ver quizás en otro tiempo, en otra vida, pero no así como ahora. Me había hecho adicto a su compañía, a su voz, a sus risas, la idea de un nosotros brotaba en alguna parte de mi ser. El auto se acercaba cada vez más a mi destino, a nuestro encuentro, a ese parque en un punto medio entre mi espera y su ausencia; justo a las 5 de la tarde, y ella recostada en el pasto seco con una botella de ron, nuestra excusa más frecuente.

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Y ahí estaban ambos a las 5 de la tarde, se sabían inútiles para seguir rehuyendo al destino, recostados en el pasto seco del parque que estaba en medio de la caótica vida que los rodeaba y los alejaba cada vez más. Ésta iba a ser la despedida, no volverían a contemplarse de nuevo, terminarían esa botella de ron y concluirían de una vez por todas los encuentros en el parque, las conversaciones hasta la media noche, las manos que se rozan sin poder tocarse por completo. Pero no pudieron, llegaron las 6, las 7, las 10, la noche perpetua y no conseguían dejarse ir; se ataban a cada segundo, extendían cada sorbo de ron y reían como locos tratando de olvidar lo que sucede cuando las botellas quedan vacías.

Había entre ellos un muro, un silencio cómplice que acompañaba la inocencia de sus juegos. Eran incapaces de atravesarlo, pues temían al concierto de emociones que rompería la quietud de la rutina impuesta. Vivían así cobijados en el manto de la amistad, juntos pero ajenos, al menos hasta esa noche.

Sólo con el pasar de las horas y la valentía que habían tomado prestada de unas cuantas botellas de ron vacías, consiguieron derribar aquel muro. Por primera vez, él sintió los brazos de ella en su cuello y recorrió con sus manos su cintura, la tomó tan fuerte como pudo. La despedida que había planeado se esfumó, ya no podía dejarla ir. Aquel “nosotros” que ambos habían decidido enterrar entre las piedras del olvido, empezó a germinar tan rápido que brotaron flores de esperanza.

Sin embargo, esa esperanza fue la más efímera que pudiera existir. Tan pronto como la idea de que aquella noche podrían escapar de su destino, las flores empezaron a marchitarse. Y al fin se acabó el ron, se acabaron las risas, sus miradas se cruzaron y sin darse cuenta rompieron aquel abrazo, volvieron en sí. Afuera en el mundo los esperaban ellos, aquellos que habían pretendido olvidar esa noche.

Hubieran deseado que todo acabara ahí, en el abrazo roto, en las botellas de ron vacías, con las flores marchitas y el viento anunciando la despedida. Pero no…


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Cuando es amor las miradas y pequeños detalles se convierten en lo más valorado por nosotros, si has encontrado a quien inspira tus mañanas e ilumina tus pensamientos, quédate con esa persona.


Referencias: