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El día que se cerró el trato: el secreto de una pareja exitosa

7 de septiembre de 2018

Mariana Corona García

A veces las cosas que haríamos por amor pueden tomar giros hacia lo turbio, te dejamos este cuento para que descubras que el secreto de un pareja exitosa puede ser mucho más oscuro de lo que pensabas.

Ese de ahí es mi marido. ¿Es muy guapo no? Si le contara que así de guapo y todo, ha sido un gran marido. No le voy a decir que no he batallado al estar casada con él, las mujeres le tiran el calzón bien feo, algunas son tan cínicas que hasta lo hacen delante de mí… pero siento que lo que más les llama la atención es que no me dan celos.

Algunas me miran como para hacerme saber que soy fea, pero eso tampoco me hace sentir mal. Fíjese, a nadie le había podido decir eso.





A mi ese siempre me gustó, desde chamaco estaba bien chulo. Bueno, para mí siempre lo estuvo.

Sabrá usted que en el pueblo hay solo una escuela, una sola iglesia y un hospital, entonces todos nos conocemos. En la feria también todos coincidimos y hasta andamos más sueltos. Imagínese lo que yo sentía cada vez que lo veía, me daban cosquillas en la panza, pero trataba de no mostrar eso que sentía.

Nuestras familias siempre se llevaron bien, por eso cada vez que nos encontrábamos, el saludo era pausado, con preguntas y respuestas. Beso en la mejilla entre las abuelas, las madres, las hijas, las primas –y a veces- hasta las tías cuando iban. Entre los hombres eran, si acaso, unas palmadas en la espalda, algunos comentarios sobre el día y los animales que se tenían.


Sinceramente, a pesar de que me gustaba mucho, yo en ese entonces también le guardaba un poco de rencor a mi viejito precioso, no porque él haya sido grosero alguna vez conmigo, todo lo contrario, me saludaba cortésmente, pero de la misma manera que saludaba a todos. Eso me daba mucho coraje, porque eso me decía que mi físico no le llamaba la atención, y no es que me odiara a mi misma porque él no se fijaba en mí, siempre he sabido que no nací con gracia física, pero no ser hermosa no es algo que me haga sentir mal, ni de chamaca ni de ahora.

Más bien mi coraje era mi fijación hacia él; como guapo, tenía a casi todas las muchachas del pueblo inquietas por él, entonces sabía que era algo alejado de mi y eso me enojaba, porque yo también tenía a mis pretendientes, algunos, al igual que yo, no eran de buen aspecto físico o eran penosos. Uno que otro me buscaba para hacerme sentir que me harían un favor si yo accedía a sus peticiones. Pero simplemente no me llamaban la atención; qué cruz la mía ¿no?


Entonces, un día cambió mi suerte.





Fui a alimentar al caballo y la vaca que en ese entonces teníamos, un trabajo que me gustaba hacer porque tenía que ir a un lugar alejado de la casa, entonces les daba de comer y me tardaba mucho para no tener que regresar rápido y aburrirme más en casa adornando con punto de cruz las servilletas o escuchando qué se podía preparar de comer para el día siguiente.

Ese día fui con un poco de granos en un costal, estaba empezando por el caballo a darle de comer, cuando empecé a escuchar a un lado del cuarto unos como suspiros y pequeños golpeteos en la pared.

Primero quise escuchar bien los sonidos para saber si no era un animal el que los hacía, después me dio un poco de miedo pensar que podían ser unos ladrones. Con ese segundo pensamiento me fui acercando lentamente, porque me daba miedo que me pudieran escuchar.


Agarré una pala, pero me decía a mí misma que correr era lo primero que tenía que hacer. Me acerque más y casi grito de la sorpresa, más no del susto.

Era el papá de Carlitos, mi marido, con mi papá; con la ropa puesta pero los pantalones en los talones ambos. Tomó forma lo que estaba viendo y me voltee para otro lado; después mire al piso y estaba a punto de hacer lo que me había dicho antes de acercarme tanto: correr. Pero la voz de mi suegro me hizo detener.


¡Gisela!


Me dio miedo y curiosidad que me hablara, mi padre también me habló y le conteste.


¿Qué quiere, padre?


Por lo que más quieras, no digas nada.


Seguía sin voltear a verlos, pero por primera vez en mi vida sentí escuchar a mi padre llorar o eso pensé por cómo las palabras le salían agudas y entrecortadas.


¿Qué quieres para no decir nada? rápidamente el papá de Carlitos me soltó la pregunta.


A Carlos —le dije.





Ese día se había acordado y cerrado el trato, lo demás pues ya sabrá. Carlitos mi viejito se casó conmigo, quería tanto a su padre que accedió a sus consejos sobre lo buena muchacha que podía ser para él. También mi padre le decía mis virtudes sospechosamente enaltecidas. Primero me pretendió y por un breve tiempo simulé sorpresa, después todo se dio tan de buena gana, que una que otra vez le fingí desinterés.


No quise saber si después de ese día nuestros padres seguían en lo suyo. Saber más me iba a relacionar más con el suegro, y yo no tenía la intensión de conocerlo más a fondo.

Nadie en el pueblo había escuchado esto, le cuento a usted porque ya tengo mis añitos, y como quiera tenía que contarlo antes de que me fuera a la tumba, entonces que mejor usted que escucha pero no habla.


Si quiere más café me toca la puerta, ya me voy a apurar con la comida. Le dejo para que siga cortando la maleza.

TAGS: Amor de tu vida Cuentos crowdsourcing
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Mariana Corona García


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