Todo me está cambiando, el cuerpo, las tetas, las prioridades y la vida

viernes, 19 de mayo de 2017 7:06

|Maca



¿Cuáles son las experiencias de las que más aprendemos en la vida, aquellas que nos transforman como personas? No es pasar años en la escuela, leer todos los libros de nuestro librero, escuchar los consejos de familiares, profesores y consejeros. No, las enseñanzas más grandes vienen del cambio, del paso de una etapa a otra, sea cual sea el destino final al que desees llegar.

En el presente relato, Maca Abarca nos cuenta desde su monólogo interior su experiencia con uno de los más grandes cambios que puede enfrentar una mujer: convertirse en madre.


embarazo


Me aprietan los pantalones, los miedos, la incertidumbre y las lágrimas. Estar embarazada, al menos al principio, es como tener una resaca constante con un síndrome pre-menstrual intenso. Mis días son algunas veces lluviosos y grises, otras soleados y llenos de divertidas nubes rosas. Algunas tantas son sólo silenciosos.

A veces el miedo me paraliza y me tiene tumbada en la cama, doblada en posición fetal busco respuestas con la mirada perdida, me siento más pequeña que el ser que llevo dentro. Las hormonas han sido pésimas consejeras y me tienen de un extremo a otro, saco lágrimas donde no las hay. Por las tardes, me adentro en un estado de reposo en el que suspendo toda actividad consciente y todo movimiento voluntario; un poco por la intensidad de lo que se gesta dentro mío, otro tanto por el miedo a que dentro de unos meses, con la teta al aire, no tenga horas de sueño. Después en la noche no consigo dormir, y si duermo lo hago llena de preguntas que se escabullen sin dejarme mirar la respuesta.

A mi vida han regresado todas esas clases de la universidad  en las que leíamos tomos enteros sobre psicología infantil; pero ahora parece que lo he olvidado todo, siento que no sé nada y que no sé hacer nada. Sólo sé que quiero que el ruido se termine y que los consejos bajen la voz. Que me dejen en paz y en silencio, sin las náuseas que regresan con cada nueva lectura sobre maternidad; sin tener que aguantar las lágrimas porque dicen que el bebé todo lo siente y que tengo que estar bien, aunque me cueste trabajo, tengo que estar bien.


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En este estado una luce mejor que nunca. Me brillan los ojos, la piel y el pelo; pero también me he sentido peor que nunca, he sentido cada hormona y cada agrura, he sentido que el sueño no me deja estar de pie, que los gases son constantes y olorosos, como si se pudriera una parte mía adentro, he sentido los olores de las cosas a kilómetros de distancia y el pescado que cocina el vecino me ha hecho vomitar el alma entera más de una vez. Todo me está cambiando, el cuerpo, las tetas, las prioridades y la vida.

Mi embarazo no ha sido lindo todo el tiempo. El embarazo me asusta, el embarazo me regresa viejos temores, el embarazo comienza a desprender poco a poco pequeñas partes de lo que era para convertirme en lo que seré: una mamá, un ser humano mamá. Y esto no es fácil. Me levanto todas las mañanas con el cerebro reseteado, como cuando salía de fiesta y recordaba todo, o casi todo, lo que había hecho la noche anterior y me dolía la panza y, quizás, un poco la sonrisa. Eso me pasa, cada mañana recuerdo que llevo un hijo dentro y entonces el egoísmo sale a flote. Me bombardean historias inconclusas y aventuras que no llegaron, como si creyese en todos esos cuentos que dicen que la vida se le acaba a una cuando es madre. Confieso que también me han llegado dudas, ¿cómo así?, una mujer libre como yo, grande como yo, viajera como yo, como yo, como yo… ¿Cómo a mí? ¿Cómo me pasó esto? No me cuidé, a mis 30 años se me olvidó cuidarme; pero aún así no me equivoqué, desee con cada parte de mi ser a este niño, porque estoy segura que es niño y se llama Luciano y es el amor de mi vida. Meses antes de quedar embarazada una bruja me dijo que conocería al amor de mi vida en marzo y así fue, está palpitando y creciendo dentro mío. Aunque lo imaginaba de otra manera, yo veía el final feliz del cuento de hadas que es ser madre. Pero ¡oh, sorpresa!, toca improvisar como siempre, como en la vida misma. En la escuela no me prepararon para improvisar y eso es antinatural, durante 14 años me prepararon para ser “alguien en la vida”, pero se olvidaron de que para ser alguien en la vida hay que ser uno mismo, sólamente aprendiendo a fluir y soltar es que uno se encuentra con su verdadera versión.

Después la familia extensa me hizo pensar lo contrario, puso en duda mis capacidades y me dio todo menos la confianza de que voy a ser una buena madre. Piensan que soy incapaz de criar a una persona sólamente porque no nació en matrimonio consagrado o porque creen que mi libertad le hará daño al bebé, como si ser libre fuese una enfermedad contagiosa para mi hijo. Como si no fuese una mujer consciente de lo que se está gestando dentro suyo, como si no fuese capaz de sentir un amor tan grande que comienza a atravesarme la vida, como si fuese a permitir que mi hijo pase hambre, frío o miedo. Me estás enseñando tanto, Luciano, sobre todo de humildad; porque esa falta de confianza de mi gente me hace recordar que yo no soy quién para juzgar su cabeza, que con la mía es suficiente y que estoy segura que en su afán de protegerme y protegernos, dudaron sin querer.


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Pasa de todo durante el embarazo, durante mi primer embarazo. Me he dado cuenta que sin querer repetí algunos patrones que me había prometido a mí misma no repetir jamás. Pasa de todo durante el embarazo. Y más si fue de sorpresa, ¿porque a quién voy a engañar? Aquí no hay fotos divertidas de pareja, ni ultrasonidos tomados de la mano, ni “siente las pataditas de nuestro bebé, mi amor”, aquí fuimos realistas y aquí nos dimos cuenta de que la felicidad de nuestro hijo merece nuestra sinceridad, hacia nosotros mismos y hacia el otro.

El embarazo me ha reinventado, eso es cierto. Ha sacado una fuerza dentro de mí difícil de describir, y si bien no he sentido ese amor que dicen que una madre siente al ver a su hijo, porque no lo he visto y porque apenas lo he sentido, esa fuerza es indescriptible y me sé capaz de todo, de luchar contra todo, de lograr lo que sea. Esa fuerza me dice que de ahora en adelante nada más importa porque somos tú y yo, bebé, con el mundo y para el mundo.

Aquí estoy yo, mi amor, empiezo a conectar contigo, mi chiquito. Empiezo a soñarte, a sentirte y a contar los días para conocerte. Aquí estoy yo con un chingo de miedos, miedo a no ser esa mamá que mereces, la mejor mamá del mundo la mamá más amorosa y tierna, la más comprensiva. Aquí estoy, entre miedos, lágrimas y hormonas, desechando viejos paradigmas y aprendiendo de ti.


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La maternidad siempre ha sido un tema que pintan con color de rosa, pero no siempre es así; por ello, descubre las historias de las mujeres que experimentaron culpa, felicidad y ansiedad al convertirse en madres.

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