Un encuentro imaginario con León Larregui para entender la filosofía del absurdo

Lunes, 15 de octubre de 2018 16:40

|Cultura Colectiva
un encuentro imaginario con leon larregui

Pasa una noche de farra con León Larregui en este cuento para entender la filosofía del absurdo y descubre que el sentido de la vida no existe

Texto escrito por: Carlos P. Jordá


Todo lo narrado a continuación es ficticio.


Festejábamos la publicación de mi primer novela en el departamento de Pablo, estábamos muy drogados con LSD y comenzábamos a ser víctimas de la sed.

—Safo— dijo Jaime.

—Safo— dijo Pablo.

—Están locos, yo no voy a ir solo— reclamé.


Tratábamos de decidir quién iría por cervezas, en el estado en el que nos hallábamos, ninguno quería salir a enfrentar al mundo, pero era inminente si no queríamos morir de deshidratación.

—Ya sé— dijo Pablo —ustedes vayan y yo los espero aquí.

—No mames— dijimos Jaime y yo al unísono. 


Dictaminamos que todo sería una elección del azar y jugamos al disparejo, era lo más legal siendo que éramos tres. El pulgar que no coincidiera con el otro par se quedaría en casa mientras los otros dos irían a la tiendan por provisiones. Pablo y yo apuntamos el dedo hacia arriba. Jaime hacia abajo. Lo festejó.

—Ni hablar— dijo Pablo—, vamos antes de que oscurezca.


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Nos disponíamos a salir cuando Jaime dijo:

—Esperen, los acompaño. No me quiero quedar solo.


Pablo dijo que a él no le importaba e intercambió puestos con Jaime, pensándolo bien, yo también prefería salir acompañado a hacerle cara a los terrores callejeros que quedarme en solitario en cualquier lugar. En la entrada del edificio, el portero nos dijo algo que ni Jaime ni yo comprendimos, por lo que sólo reímos y salimos tratando de recordar cuál era el comercio más cercano en la Condesa para comprar bebidas embriagantes. 


Mientras esperábamos a que el semáforo peatonal de la calle Mazatlán se pusiera en verde: lo vimos, haciendo lo mismo que nosotros del otro lado de la avenida; era León Larregui, el vocalista de Zoe. 

—¿Ya viste, Jimy?

—¿Qué?— me preguntó —¿Que el semáforo está descompuesto?


El semáforo funcionaba a la perfección.

—No. ¿Ya viste quién está allá?— señalé con discreción hacia la dirección en la que se encontraba el cantante.

—¡No mames! Es León. Pablo ya me había dicho que vivía por aquí. ¿Lo saludamos?

—Esto es el destino, Jimy, hay un personaje en mi novela inspirado en él.

—Dile.

—Ni de pedo. 


Al cruzar, nos vimos frente a frente en el camellón.

—Hola, León, buenas tardes— dijo Jaime.

—¿Qué tal?— nos saludó sin detenerse.

—Oye— insistió mi amigo antes de que se fuera para siempre —estamos celebrando que van a publicar la novela de mi amigo, ¿No quieres echarte una chela con nosotros?


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Vi cómo León buscaba una manera para zafarse del asunto sin ser descortés, de pronto no pude contener mi emoción.

—En mi novela hay un personaje inspirado en ti. ¡De hecho se llama León!— cuando terminé de hablar, noté que estaba gritando.


Reflexionó un par de segundos.


—¿Por qué no?

—¡A huevo— se emocionó Jimy —! Sólo tenemos que ir a la tienda a comprar las cervezas. ¿no te molesta acompañarnos? No nos vamos a tardar.

—Está bien. Yo iba a la tienda a comprar cigarros. ¿A dónde van? la tienda más cercana está hacia el otro lado. 

—Claro. Te seguimos, no somos de aquí, estamos visitando a nuestro amigo Pablo, él ya te conoce, bueno, dice que se ha topado contigo en la calle un par de veces. Los tres somos grandes fans— dije.


Nos pusimos en marcha. Al andar, Jaime y yo nos rezagamos un poco, nos echamos una mirada telepática que indicaba que teníamos que relajarnos o íbamos a asustar a esa estrella del rock mexicano contemporáneo. En la tienda compramos un 24 y un tequila, eso ya no iba a ser una reunión casual de amigos, la velada se antojaba para ser épica.


De regreso al departamento de Pablo, el portero del edificio nos reclamó:

—Les dije que cerraran bien la puerta. ¿Qué traen ahí? Espero no estén pensando en organizar una de sus fiestecitas, es martes y los vecinos siempre se quejan de su desmadre. 


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No le hicimos mucho caso, subimos las escaleras, desde antes de entrar, notamos el olor a marihuana que emanaba de la casa de mi amigo. Abrimos, efectivamente, se estaba fumando un porro.

—Justo a tiempo— dijo Pablo —me tardé mil horas forjando este gallo.

—Pablo, mira a quien nos encontramos— dijo Jimy señalando a León, que a penas entraba al departamento. 


Pablo era un poco más cool que nosotros dos. 

—¿Qué onda carnal, cómo estas? ¿Gustas? —le ofreció el canuto

—No gracias, viejo. Ya no fumo.

—¿Una chela?— pregunté.


Asintió con la cabeza y se sentó. Jimy se fue directo al teléfono conectado a las bocinas en las que sonaba la música de Pablo, yo fui por las cervezas, las destapé, le di una a León y me senté a su lado. 

—Te digo, León, es el destino. Justo hoy tuve una reunión con los de Porrúa y aceptaron publicar mi novela, tú eres uno de los personajes, bueno, más bien me inspiré en ti para crear uno de los personajes. No es de los principales, pero aparece constantemente, es el archienemigo del personaje principal, él quería ser una estrella de rock, pero le robaste la banda y te hiciste famoso, bueno, no tú, el personaje. Es un engreído prepotente. 


Se quedó callado. Yo solté una risa nerviosa.

—No que tú seas así. A penas te conozco. Estoy seguro que eres una gran persona.


De nuevo, no dijo nada. De pronto empezó a sonar Mar, una canción de su más reciente álbum como solista. 

—Está es mi canción favorita de tu disco— dijo Jaime —. Me encanta el mar, soy piscis, ¿ya sabes? El pez. 


Nuestro invitado, una vez más, no tuvo respuesta, Jaime fue a la cocina por una cerveza, Pablo lo alcanzo y escuché como le dijo:

—Bro, no creo que le guste sentarse a escuchar su propia música.


Seguramente León también lo escuchó, pero se hizo el desentendido.

—Pues, por tu novela —me dijo invitándome a brindar.


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Mis amigos llegaron y se sentaron en los asientos desocupados alrededor de la mesa, se hizo un silencio brutal, casi escuchaba los pensamientos de León preguntándose qué hacía sentado con una bola de groupies. Nos salvó Sebastián, el roomie de Pablo que entró y dijo:


—Ah, tienen una reunión.


Sin más, nos dio la espalda y se fue directo a la computadora, era un adicto a los videojuegos pero no fumaba ni bebía; regresando del trabajo sólo se dedicaba a jugar.

—Sebas— dijo Jaime—, te presento a León.

—Hola— dijo de espaldas.


Jimy retomó el tema de sus canciones; sin darnos cuenta, nos enfrascamos en una conversación respecto a lo que era el arte y cómo ya cualquier pelmazo con un celular podía convertirse en famoso. Todos participábamos menos Larregui, en el momento más acalorado de la charla se paró al baño y a su regreso se dirigió al lugar de Sebastián.

—¿Qué juegas?— le preguntó.

—FortNite— contestó sin voltear a verlo.

—¿Qué tal eres?

—Definitivamente el mejor de los presentes, aunque en términos generales, yo diría que intermedio. 

—Yo también— dijo León —. ¿Me dejas jugar?

—Sí. Nos podemos turnar. 


Pablo, Jaime y yo seguimos platicando. León y Sebastián se llevaron muy bien, cuando nos interrumpió para despedirse traté de detenerlo.

—¿Cómo que ya te vas? Esto a penas comienza.

—Ya me tengo que ir, le dije a mi esposa que iba a comprar cigarros. Ahorita debe estar pensando que la abandoné.


Le regalé una copia engargolada de mi novela y le di mi teléfono para que me diera sus comentarios.

—Gracias, carnal. Yo te escribo.


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Esa noche, Pablo, Jaime y yo hablamos del sentido de la vida y del amor, nos acabamos el tequila y la mitad de las cervezas. Al día siguiente me despertó una llamada telefónica, era mi padre.

—Buenos días, hijo, muchas felicidades por tu libro. Este es el primero de muchos éxitos. 


Sonaba alegre, se le quitó cuando le dije que me habían planteado publicarla en co-edición y que había firmado un contrato que decía que tenía que pagar 60 mil pesos para la edición y distribución de mi novela.


—¿Estás pendejo? Para eso mejor imprímela y véndela tú— colgó.


Al revisar mi celular noté que tenía un mensaje de un número desconocido que decía, más o menos, esto:

"Buenos días, broder. Acabo de terminar tu novela. Temo decirte que es un asco".


Abrí la foto del remitente, ahí estaba León con su esposa y su hijo.   

REFERENCIAS:
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