Junto a ti no me da miedo ver a la muerte a los ojos

viernes, 19 de mayo de 2017 5:21

|Tomas Guaderrama



En la vida hay dos cosas que nos mueven: el amor y la muerte. Enfrentar al segundo con el primero se vuelve más llevadero, porque de cierta manera el amor nos hace valientes. En el siguiente cuento de Tomás Guaderrama una pareja enfrentará la angustia de estar a un paso de la muerte, pero afortunadamente lo harán juntos.


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Ella lo planeó todo esa noche, debía ser lo más divertido y especial pues la relación lo ameritaba. Tras 15 años de trabajo, colegiaturas y vacaciones baratas, debía crear el día más memorable para ambos. Él en cambio se preocupaba más por el gasto, el regalo y llegar a tiempo, pues en ese momento el trabajo no paraba y era terriblemente remunerado. Sin embargo, también quería que el aniversario diera nuevos aires a la relación.

Con casi todo listo para salir, ella sugería por texto algunos de los lugares más prácticos para tomar una copa antes de empezar la noche. Él entre apuros alargaba los pasos con intenciones de correr, el sudor corría por su rostro por el calor de la tarde, la música que anuncia las ofertas de las tiendas de ropa y los pitidos de los vehículos generaban un ruido espantoso. En el centro de la ciudad los olores de la comida del mercado se mezclaba entre el ajetreo de los revendedores que no dan tregua hasta que sólo queda el murmullo de los gatos callejeros en la noche. Él esquivaba a la gente a su paso, ansiaba llegar a casa principalmente porque quería que todo terminara.

Justo antes de iniciar su velada romántica escucharon un raro pitido en la sala de la casa, no lograban atinar la procedencia del extraño sonido. Fue como un aviso, una rara alarma que podría advertir un sin número  de eventos. Hacía apenas tres años y a raíz de una rara enfermedad, Sofía sufrió de una malformación en el corazón y tuvieron que implantar un marcapasos de alta especialidad que permitía que su corazón latiera. En ese momento no recordaban que cuando algo se saliera de control el marcapasos daría aviso a través de un alarma sonora.


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La alarma se repitió tres veces y todo se volvió un silencio absoluto. Los ojos de ambos se encontraron al mismo tiempo, el ruido abrumador pareció desaparecer. Ella buscó el sillón más cercano, él la tomó de la mano  y juntos recibieron la descarga del marcapasos. A veces la felicidad incrementa tanto la frecuencia cardiaca que puede ser peligroso, es increíble que la felicidad intente matar a su creador.

Sucedió, Sofía recibió una descarga de su desfibrilador y tenía que ser revisada por su cardiólogo, no había tiempo que perder. La descarga fue tan fuerte que Emilio la sintió a un lado de ella, tomados de la mano. Llegaron al hospital, bullicios, doctores dictaminando enfermedades en menos de 3 minutos, filas interminables, llantos, malos olores, gente se desbordaba en la ventanilla de atención, un guardia gritaba nombres de personas. Ellos, vestidos de gala, entraron al área de shock a la cual sólo entraban pacientes con problemas de salud urgentes. Su cita romántica estaba por comenzar.

Emilio tomaba fuertemente la mano de Sofía, como si no la quisiera soltar jamás. Intentaba calmarla con la mirada, no podía hacer notar su presencia pues uno de los guardias le permitió permanecer con ella durante la noche, a pesar de que el área de shock estaba reservada para una sola persona. El cansancio de la espera no tardó en llegar, y ellos aferrados uno al otro notaban la entrada y salida de personajes que visitaban el hospital. Entre ellos destacaban: un vaquero que no paraba de hablar de su rancho, platicaba sus experiencias cayéndose  del caballo desde que tenía memoria, pero no podía estar por más de cinco minutos en la silla del hospital porque le dolían los huesos; una ama de casa que contaba una y otra vez cómo su esposo la amenazaba y golpeaba hasta el cansancio, motivo por el cual decidía tomar diazepam hasta perder el sentido al grado que ya solo eso la hacía feliz; el guardia del hospital, que había caído en un ataque de pánico y tuvo que ser atendido de inmediato, pues al parecer el tumulto lo atosigó al grado de que sus piernas se doblaron por completo y torciendo los ojos cayó por detrás de la puerta; un señor de baja estatura y de sonrisa amplia, parecía ser el hombre con mayor tranquilidad en la sala, “¡no pasa nada, ahora mismo nos vamos!” repetía incansable y no le molestó nunca permanecer sentado en una banca de plástico por más de 16 horas; y el héroe de la noche, un joven de apenas 23 años que hacía todo lo que estuviera en sus manos para que todos los ahí presentes estuvieran atendidos correctamente, un enfermero como pocos (o como muchos, pero de los que no nos enteramos porque no son valorados).


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Su vida transcurrió en aquella sala por varias horas, como si todo fuera un cuento, una película de ciencia ficción con tintes de horror, una realidad tan amarga que se necesitaban el uno al otro para sopesar lo que ocurría. Sofía y Emilio se abrazaban, se entendían con la mirada como lo hacen los enamorados, en silencio, a media luz, incómodos, soñolientos, pero juntos. Platicaban con las manos y no hacía falta más que un solo apretón para saber que él estaría a su lado, las almas se comunicaban en un lenguaje perdido, como si el universo estuviera ahí delante de ellos, anunciándoles la vida que les esperaba juntos.


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REFERENCIAS:
Tomas Guaderrama

Tomas Guaderrama


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