El cuento de humor negro que describe cómo es quedarte atrapado en un país extranjero

Viernes, 28 de septiembre de 2018 17:26

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quedar atrapado en un pais extranjero

Diviértete con la mala fortuna del protagonista de este cuento de humor negro sobre quedar atrapado en un país extranjero.

Texto escrito por: Carlos P. Jordá



Escala en Bangkok


—Oye güey, ¿qué te pidieron para entrar?

—Nada, me pasé como Juan por su casa. Enseñé mi pasaporte y listo. Welcome to Thailand. 

—A huevo, voy a comprar mi boleto.

—Te espero con ansias, bebé. 

 

Esa fue la conversación que tuve con mi mejor amigo minutos antes de comprar un vuelo a Bangkok. Yo estaba en Varanasi, India. Él en Ko Pha Ngan, Tailandia. No me mintió, él no tuvo ningún problema para cruzar las fronteras de aquel país Asiático. Lo que olvidó mencionar fue que tuvo que enseñar su pasaporte español porque el mexicano no lo aceptaron. Yo soy 100 % mexicano. 

 

Está bien. Los pondré en contexto e intentaré ser breve. Antes de aterrizar en Bangkok, yo llevaba seis meses fuera de mi país. Cinco había estado solo y uno había vagado por India con mi mejor amigo, llamémoslo Eusebio. Él salió a Tailandia en busca del sueño asiático; fiestas de luna llena, Muai Thai, islas secretas y todo eso. Sí, sí, India también es Asía, pero basta poner un pie en Nueva Dehli para saber que las playas paradisiacas están miles de kilómetros al este o por lo menos mucho más al sur del mismo país.

 

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Antes de encontrarme con Euse yo ya llevaba tres meses solo en Turquía por lo que no me importó regresar a la soledad cuando nos despedimos en Daramshala, ciudad dónde reside la mayor parte del año el Dalaih Lamah y donde comienza la cordillera de los Himalayas. No tener que rendirle cuentas a nadie cuando viajas es maravilloso, puedes ir a donde quieras cuando quieras. Así fue cómo regresé a Varanasi, en un impulso de viajero solitario. Ahí conocí a Isabel, una niña de Boulder, Colorado. Una rubia alta que con sólo saber que era mexicano me preguntó por un tal David Bravo. Nos gusta repetir que el mundo es pequeño pero nunca sabemos que tanto hasta que nos encontramos con coincidencias como esta; David era un tipo que iba conmigo en la primaria en la Ciudad de México con el que luego me reencontré cuando mi familia se mudó a Querétaro. Ella lo había conocido en Nicaragua. En fin, prometí que esto sería breve. Me enamoré de esa mujer, ella también tenía un vuelo programado para viajar a Tailandia en la misma aerolínea que yo pero un día después. La seguí a todos lados sabiendo que ambos teníamos que llegar a Calcuta en la misma fecha para subir a un avión. Ella sólo iba a estar en Bangkok dos días, yo me iba a quedar en Tailandia para alcanzar a mi amigo en Ko Pha Ngan. Así, cegado por el amor y confiado por la facilidad con la que Eusebio entró al próximo país que visitaría, olvidé revisar los requisitos que se necesitaban para entrar a mi siguiente destino. ¿Lo ven? Tan breve como es posible.

 

Entonces aterricé y me apresuré a los escritorios de migración. Con seguridad revisé la lista de nacionalidades que tenían el privilegio de obtener una visa a su llegada; la primera vez fue un rápido vistazo, la segunda un intento de localizar mi país por orden alfabético y la tercera nombre por nombre sólo para descubrir que no tenía la posibilidad de entrar por las buenas. 

 

¿Qué pasa cuando se llega al Reino de Tailandia sin visa? Para empezar una señorita de muy buen ver, tras una corta serie de preguntas, llama por radio a diversas personas en un lenguaje en el que su servidor no pudo descifrar ni una palabra. Uno espera cualquier indicación, "por favor pase a nuestras tierras aunque no tenga visa ya que se ve como alguien bien decente", es lo que anticiparían los ilusos -levanto la mano-, sin embargo, con una sonrisa encantadora, la empleada del aeropuerto me pidió paciencia.

A punto de agotárseme la última requerida, llegó una horda de asistentes de vuelo vestidas de azul entre las cuales fácilmente reconocí a la líder y de la misma forma ella parecía saber quien era yo. 

—Sígame por favor, señor— dijo la líder. 



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Para ese momento, el título que me diera era lo de menos. Podría haberme llamado doctor y ni siquiera eso hubiera calmado los malestares que la incertidumbre de un "sígueme" llevan causando en mí desde la escuela primaria. Todos los enamorados pueden dar fe de la famosa sensación de mariposas revoloteando en el estómago pero sólo los aterrorizados saben a qué me refiero cuando digo murciélagos devorando las entrañas. ¿Se acabó mi aventura? ¿Deportado? ¿Marcado de por vida? 


Preguntas y más preguntas que me dejaron con tan poco control de mi boca como de mi destino. Mi guía decidió no responder nada hasta llegar a unas oficinas con una atmósfera tan fría como la de la morgue. 

—Siéntate aquí y espera— me ordenó la mandamás antes de desaparecer.

 

Sí claro, mantengan en calma al puerco antes de echarlo al matadero. ¿Alguien ha visto una sonrisa de lástima? Espero que no la confundan con la risa forzada que uno hace cuando su suegro cuenta un chiste de mal gusto en la mesa, si pusiéramos palabras en dicho gesto dirían algo más o menos así: “señor, su broma es lamentable, pero estoy severamente desesperado por agradarle”. Mientras la sonrisa de lástima dice algo más parecido a esto: “lo siento chico, estás frito”. Esa fue la cara que me puso la única mujer en la oficina en la que me habían abandonado. Ella rompía el silencio de la oficina con su teclear constante. La otra regresó. 

—Señor, tiene que comprar un vuelo y regresar a India.

 

Casi me ahogo con mi propia saliva al escuchar esto que la mujer guía me decía con su agudo acento. Aún no terminaba de procesar la información cuando la ya mencionada paseaba una hoja por mi cara y me pedía que la firmara. Me rehusé. No firmaría nada sin antes hablar con mi abogado o, por lo menos, conseguir un abogado. Amable como siempre, la mujer tan aludida quien ahora se presentaba con el título de gerente de SpiceJet -la aerolínea india en la que viajé-, me llevó a lo que sería mi hogar durante los próximos días en Tailandia: Detention Room, el cuarto de detención del aeropuerto.


Sí, quedé atrapado en el aeropuerto. Y no, no es como en The Terminal, película en la que Tom Hanks se pasea por las tiendas de la base aérea, come sobras de comida rápida y tiene una cena romántica con Catherine Zeta- Jones, espero no ser malinterpretado, residuos de McDonalds hubieran bastado. Probablemente alguna vez en su vida han pensado e incluso externado en voz alta la importancia de la libertad. Supongo que tendrán una clara idea de lo que significa perderla, aunque, si de verdad desean saber lo que se siente ser despojado de ella, vayan a la estación de policías más cercana y confiesen algún crimen de la infancia. Que robaron un chicle de la tienda de la esquina o que pincharon las llantas de la bici del nefasto vecino. Un día o dos, sin luz solar, con mala comida, teniendo como vista siempre las mismas cuatro paredes y jugando al asesino de cucarachas para romper la rutina. Así es, no tienen ni idea de lo que es. Y yo no la tenía.



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¿Por qué no regresé a India cuando tuve la oportunidad? Mi visa había expirado y yo no pensaba ser la papa caliente que las naciones se arrojan de mano en mano. Si me regresaba iba a ser lo mismo, o peor, no conocía -ni conozco- las políticas de los aeropuertos indios. Necesitaba algo de certidumbre, saber cuáles eran mis opciones. Es preciso aclarar, también, que mi único medio de comunicación durante todo mi viaje, un Ipod con la pantalla rota, había sido enterrado en el desierto de Pushkar, en India, cuatro días antes de mi encierro cuando caí de una motocicleta. Desdichado, mal afortunado y, no lo voy a negar, algo pendejo. Tenía que hablar con mi familia para decirles que todo había ido mal y me urgía buscar respuestas en cualquier lugar. Mi más anhelada opción era Internet; todos sabemos que Google es el oráculo de nuestros tiempos. Fue cuando conocí a Baba.

 

 ¿Alguna vez han visto películas cuya historia se desarrolla en una prisión? Bueno, si bien este lugar en el que estuve era llamado de otra forma, era muy parecido en varios otros aspectos. El principal era que había un jefe entre los internos, alguien cuya jerarquía estaba por encima de todos los demás aunque al mismo tiempo se encontraba encerrado sin la posibilidad de salir. Tal vez era el hecho de que podía conseguir café con los guardias o que fumaba en el baño. Pudo ser también que tenía una maleta llena de artilugios para vender -desde piedras preciosas hasta aparatos electrónicos-, el que alquilara internet a todos quienes pisaban el cuarto de detención o que era él quien sabía a la perfección el horario de los vuelos. Sin embargo, lo que realmente hacía que todos lo respetaran y la razón por la cual todas las virtudes anteriores se le adjudicaban, era que, para el tiempo en el que

yo pisé Tailandia, él llevaba un año dentro de la pocilga a la que migración se negaba a llamar cárcel. Él era Baba. El jefe, un hombre palestino.

 

Yo no tenía nada que ofrecerle a Zuhair Arab -su nombre verdadero-, a pesar de ello él me prestaba uno de sus móviles para comunicarme con mi madre, a quien se le salía el corazón de saber que yo estaba atrapado al otro lado del mundo. Aunque estaba agradecido, no me parecía nada simpático que este tipo se sintiera el patrón y me gritara cada vez que no cerraba la puerta del baño o me obligara a sentarme cuando yo quería pedir explicaciones. Sin embargo el día tiene 24 horas y estas pueden ser tan dilatables como plastilina en el desierto cuando uno no tiene nada que hacer, por ello, un par de días bastaron para que naciera una íntima amistad entre ese hombre de 50 y tantos años con esposa e hijos y este desdichado narrador.

 

¿Por qué Baba? Durante el trimestre anterior a la desgracia que ahora se relata conocí a varios personajes a quienes toda la gente apodaba de esta manera. Nunca supe la razón por la cual los llamaban así, pero había constantes; quienes recibían ese sobrenombre eran líderes respetados por un grupo de personas o humanos legendarios de esos que uno jamás podría olvidar. Mi casi calvo amigo de barba abundante y facciones toscas que procuraba rezar cinco veces al día orientado hacia la Meca cumplía las condiciones que yo mismo había establecido para llamar a alguien Baba. Recibió su nombre alterno sin quejas y decidió llamarme de la misma manera. A mí nunca nadie más me llamó así, mientras que a él, todo aquel que deseaba la clave de internet, que necesitaba tomar prestado un cargador o que simplemente quería hablarle, lo llamaba Baba.



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Como no quiero hacer de esta historia algo muy largo, aunque tal vez sea ya tarde para eso, les contaré que mi desventura continuó. En el cuarto de detención tailandés, a comparación de los centros de rehabilitación social, no es lo más anhelado la visita conyugal; en ese lugar todos esperan al encargado de la aerolínea que los puede sacar de ahí, que suele ser el gerente de la línea aérea en la que llegaron o alguna con vuelo directo al país natal. En mi caso era la gerente de SpiceJet, quien solamente podía visitarme una vez al día a eso de las seis o siete de la mañana. La primera ocasión que recibí a mi huésped ya había pasado más de un día sin noticia alguna y llegó para repetirme lo antes dicho: 

—Señor, llegó al Reino de Tailandia sin una visa, debe regresar a India.

 

¿Por qué? Hay varios países más cerca de aquí para los cuales no se requiere de una visa y claro, se suponía que iba a pasar los últimos momentos con Isa en Bangkok antes de separarnos para no vernos nunca más. Evidentemente eso no sucedió y ahora ella se dirigía a Camboya. Yo quería ir a Camboya. Caprichos que tiene uno cuando la casa está en llamas. 

—Señor no puede volar a Camboya ni a ningún otro lugar, sólo a India, ninguna aerolínea lo va a desear abordo— repitió con ese peculiar acento, siempre al pendiente de mí.

 

Después de mucha insistencia con mi principal argumento: "soy un desafortunado, no un criminal", la señorita realizó un par de llamadas en su idioma con notas altas. Al colgar me dijo algo que dibujó una sonrisa en mi cara, de esas que desacomodan la mandíbula. Muy amable, la gerente de la aerolínea asiática contactó a una amiga en ThaiAirways y me dijo que me darían permiso de volar a Camboya. Claro, con sus condiciones.

—Necesita comprar un vuelo para salir de Camboya para probar que no se quiere quedar ahí. ¿Irá a Vietnam? En dado caso necesita tramitar su visa para el país y, por supuesto, comprar un pase de salida. No se olvide del boleto que lo sacará del Reino de Tailandia, puede darme el dinero en efectivo y yo haré el pago por usted en el escritorio.

 

"Pero qué amable!" Pensé -cretino ingenuo-; me tardé un par de días en juntar todos los documentos, con la ayuda de mi mamá a larga distancia, que requerían los trámites necesarios y en comprar todos los boletos exigidos. La mujer de corto tamaño que tenía en sus manos mi libertad me permitió salir escoltado de ella y un guardia al cajero automático. En ese trayecto aprecié a través de los ventanales del aeropuerto, por primera vez en cuatro días, la luz del sol. La excursión tenía como finalidad darle el dinero del viaje que partía de Bangkok hacia Phenom Phenn. Ella recibió la cantidad y prometió enviarme por la noche el correo que comprobaba lo que ella ya me aseguraba, volaría a la mañana siguiente fuera de ese sitio.

 


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"La vida es eso que sucede mientras tú estas ocupado haciendo otros planes", siempre estás en lo correcto John. Yo estaba listo para irme, no pude dormir; me aseguré de tener conmigo suficiente dinero para pagar por mi habitación, ¿olvidé mencionarlo? Por cada día que el detenido se quede en esa cárcel debe pagar una cuota cercana a 20 dólares. También negocié con Baba por uno de sus teléfonos móviles. Les digo, lo tenía todo cubierto; tenía todos los papeles necesarios para acceder a mi siguiente destino e incluso había curioseado en busca de un hostal. Minutos antes de la hora indicada, yo estaba de pie frente a la salida. Se demoraron un poco en ir a buscarme, sin embargo abrieron la puerta y yo ya tenía el bolígrafo listo para firmar lo que fuera y esfumarme de ahí. Me sentía casi libre de ese lugar cuando aquellos ángeles auxiliares de vuelo, con falda larga y seguramente una cola infernal oculta bajo ella, me detuvieron diciendo que no podía abordar. Les expliqué que debían estar confundidas y que mejor nos diéramos prisa para que no se me fuera el avión. No había errores. La otra aerolínea cambió de parecer o por lo menos de empleada en el mostrador y yo no entraría a ese vuelo.

 

 Quería ahorcar a las asistentes. Lo único que me impidió hacerlo fue dirigir mi ira hacia el cerebro detrás de esa broma macabra, la gerente. Habiendo entendido, principalmente por la hora que era, que ese vehículo aéreo despegaría sin mí y que no tendría reembolso por el servicio no recibido debido a una cláusula de cancelación escrita en el boleto (el cuál nunca llegó a mis manos ni bandeja electrónica), exigí hablar con la que me había acompañado hasta recibir con sus delicadas manos los sucios billetes y que se tomó el día libre cuando yo más la necesitaba. Supongo mi enfurecido rostro fue el que convenció a sus compañeras de la aerolínea india. Me comunicaron con ella. Fue una conversación rápida: 

—Sí, señor, no puede abordar. No, señor, no le regresaré su dinero. Haga lo que tenga que hacer— me dijo con su maldito acento.

 

Entre ejercicios de respiración, maldiciones en voz alta y la leche de soya empaquetada que nos daban por las mañanas, logré controlar y desahogar mi rabia lo suficiente para tomar acciones al respecto. Todo parecía una trampa del destino y de alguna mafia dentro del aeropuerto. Llamé a la embajada de mi país con un teléfono local que me prestó Baba. Expliqué todo esto que han leído para que la juvenil voz de la embajadora salvara la moribunda flama de esperanza que aún me quedaba al decir: 

—Aguarde a mi llamada. 

 

Yo estaba listo para escapar por los tubos de la ventilación si era necesario. La llamada llegó. 

—Puede irse a Camboya en el vuelo de las cinco de la tarde— esas palabras fueron un impacto de desfibrilador a mis ganas de vivir.

 

Baba me lo explicó con su peculiar forma de hablar inglés:

—No se te ocurra llegar sin dinero en bolsillos. 

 

Él estaba listo para establecerse en Bélgica con su hermana después de que su permiso como refugiado expirara en Tailandia. Sólo cargaba con sus maletas y seis dólares. Al no poder comprobar suficiencia económica para “vacacionar” lo regresaron. Por ende, al no tener una visa, acabó donde yo lo conocí.



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Dio la hora acordada y todo sucedía conforme a lo previsto, me encaminaba aún con un grillete a la libertad. Les explico; al salir de ese cuarto, un guardia poco agraciado que te había tratado mal en el pasado lleva tu pasaporte y te pide que lo sigas, después de un extraño episodio en el que te pide dinero por haberte cuidado y lo mandas al carajo, te entrega cual paquetería con un encargado de la aerolínea en la que viajarás. Este te lleva al avión donde te deja y pasa tu pasaporte a alguien más que te guiará al aterrizar hasta el escritorio de migración en Camboya. En algún momento de mi ingenuidad pensé que al pisar el nuevo país estaría a salvo, sin embargo, el no tener mi pasaporte conmigo significó no tener control sobre mi vida tampoco. El encargado de decidir quien entra y quien no en esta nueva nación, a la cual técnicamente aún no llegaba, me detuvo cuando yo me apresuraba a llenar papeles para mi ingreso. Me pidió que le mostrara cuanto dinero tenía conmigo y que sacara un recibo del cajero automático que demostrara cuánto había en mi cuenta bancaria. Yo obedecí y él me indicó que lo siguiera a una oficina atrás del escritorio principal. Estando ahí me explicó que los sellos de mi pasaporte mostraban que estuve perdido durante cinco días (cosa que ya sabía) y que por ello no se me permitiría el acceso al país.

 

 "Pero": una palabra que puede provocar alegría en los más desamparados o decepción en los más triunfantes. Pero había algo más que se podía hacer, mis palabras, como ya se había visto, no me sacarían de esa clase de embrollos. Sabía que no había compasión en el corazón de ese hombre y lo supe más cuando reveló sus verdaderas intenciones:

—...pero, ¿cuánto dinero me vas a dar para entrar? 

 

"¿Esto es la vida real? ¿Me están grabando para un programa de bromas? ¿Un soborno en el aeropuerto?" ¡Eso era tener cojones! Mira que lo dice alguien cuya nación sostiene una de sus patas en la corrupción. 

—¿Cuánto?— Exigí que me diera su precio, como bien dice mi hermano: el cerdo corrupto tiene la primera palabra. 

 

Se negó a dar una cifra, yo le expliqué lo mucho que ya me había costado el poder estar sentado frente a él -lo cual no me estaba haciendo tan feliz- y que por lo menos me dijera cuanto requería. Yo estaba dispuesto a jugar ese asqueroso juego, no me enorgullece, pero mentiría si negara que me temblaban las piernas de pensar en estar encerrado de nuevo.

 


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¿Cuánto, cuánto, cuánto? Me hartó, me asqueó ese hombre. Le ofrecí 34 dólares que tenía sueltos y le dije que no le daría más. Él recibió una llamada y al colgar me anunció de manera definitiva que no tenía permitido el acceso a Camboya y que regresaría a Tailandia en el siguiente vuelo, cosa que era posible gracias a que, sin mi consentimiento, la gerente quien recibió mi dinero para comprar el boleto de salida de Bangkok compró uno de regreso inmediato para un avión al cual abordaría no sin antes poner resistencia física. Casi me arrastraron a la misma aeronave en la que llegué, misma tripulación y mismo menú. Yo estaba a punto de gritar que había una bomba en el avión con tal de que no me llevaran de regreso al cuarto de detención cuando se me ofreció un vaso de vino. Lo acepté y al parecer hice un pacto silencioso con los sobrecargo; ellos no permitirían que mi vaso estuviera vacío y yo me quedaría sentado sin armar ninguna revuelta. Una hora, veintiséis minutos y harto tinto me aligeraron el estado de ánimo, me embriague hasta el punto de la indiferencia. Al verme de nuevo en el cuarto, Baba y mis otros compañeros creían estar alucinando, para ellos yo ya había escapado de las garras fronterizas.

 

Me comuniqué de nuevo con mi embajada; sólo me quedaba tramitar una visa electrónica para regresar a India y esperar. Los días que quedaron fueron comunes; maldecíamos el país en el que estábamos al matar cucarachas con un zapatazo y más personas de distintos países llegaron y se fueron. Baba volvió a comer, actividad que había abandonado para enfermar y salir de ahí, yo encontré la paz en ese dormitorio; saber que no quedaba nada por hacer más que esperar y ver que había alguien a mi lado que llevaba en las mismas más de un año puso todo en perspectiva. Mientras mi familia se preocupaba por sacarme de ahí, Zuhair trataba de conseguir dinero desde la detención para enviar a sus hijos y a su esposa a través de los guardias, quienes tomaban su comisión, naturalmente.

 

 Salí del cuarto de detención el cinco de diciembre de 2015, diez días después de estar encerrado. La madrugada de mi cumpleaños. Sin ironías, el mejor regalo que pude recibir. Baba me despidió hasta la entrada y yo me sorprendí pensando en quedarme con él para no dejarlo solo; ambos lo sabíamos: no se podía desaprovechar ni una oportunidad para borrarse de ese lugar.

 

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De nuevo escoltado provoqué un ataque de ira en la ya famosa gerente de la aerolínea. Le agradecí de la manera más sarcástica todas sus atenciones. Pero la satisfacción que eso me produjo duró muy poco gracias al mensaje del nuevo al mando de mi destino: 

—Señor, bienvenido abordo, sólo quería informarle que el equipaje que registró en su primer viaje está extraviado. Nuestra aerolínea está haciendo todo el esfuerzo para encontrarlo. 

 

Jamás apareció. Por cierto, Eusebio pasó el mejor tiempo de su vida en Tailandia y Baba salió hacía Alemania seis meses después de mi partida.



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