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La mujer que fue la pesadilla de los poderosos y el foro de esperanza de los miserables

30 de mayo de 2018

Eduar Said Beltrán

En aquellos días largos y de noches excesivamente cortas, en los que la flor de la edad te asalta, el temor a lo desconocido te invade y la inquietud te exaspera, fue cuando la conocí. Para ese entonces, era una líder forajida de esclavos fugitivos, de ojos negros, tan negros como el alquitrán mismo. Mujer de temple, osada, de porfiadas pasiones universales, que con premeditación y alevosía denunciaba los equívocos de todos los fantasmas de Goya. El apoteósico andar de incrédulos abanderados, manifestando en los días del odio, aquel prostituido discurso de que los hombres nacieron para matarse y no para convivir; configuro la divina justicia poética.

 

Aquella alquimista de ilusiones, de irreverente genialidad y fortuita locura, se había convertido en una anomalía monstruosa: una capitana. Siempre con la sana intención de sacar a los suyos del atraso; interpeló la sociedad establecida y se negó rotundamente a llevar una vida mecánica, predecible y altamente adictiva: se puso las botas.

 


Para aquellos emisarios de mentes minúsculas y hacedores de la desolación, era una vergüenza nacional: ¿cómo es posible que le hubieran confeccionado un traje?, solían decir. Era inaceptable para aquel gremio, que en el que más falos tienes, más rango tienes, que una mujer comandara tropas y les estuviere ganando en el juego clandestino. La Capitana se convirtió en la pesadilla de los poderosos y el foro de esperanza de los miserables. Pero las fauces del verdugo no dan abasto y siempre encuentra por cualquier medio hacer mérito a su nombre.

 

La ficharon, la catalogaron, la maldijeron. Le pusieron precio a su cabeza y en todas las estaciones de radio se oía su nombre. Siempre con la sonrisa palmada y los nervios de acero nos decía: la prensa es de ellos, las paredes son nuestras. Fue traicionada, violada, fusilada y los libros oficiales de historia no la reconocen, no hay ningún monumento que la recuerde, sólo aquellas cruces de nombres cambiados y muertos equivocados. La apatía social y la conciencia colectiva hoy tributan el síndrome de la abstinencia.


 

Pero yo todavía la recuerdo, porque sus besos eran más dulces que el vino y más mortales que las balas.

 

 

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Canyon. 

 

 

 

TAGS: Cuentos Nuevos escritores Mujeres
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