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Cuento para aprender a soltar las cosas del pasado

13 de julio de 2018

Samantha Jijón Gagliardo

Una silla olvidada se encontraba en el rincón de una casa. Es diferente a las demás, ésta tiene sentimientos, puede pensar y tiene la posibilidad de hablar, sólo que nadie lo sabe porque no puede ser escuchada. Para sus dueños es como cualquier otra silla de madera, un ser inerte que nadie usa desde hace mucho tiempo.


Sin ser un objeto extraordinario por su diseño, la silla olvidada fue hecha por un gran artesano que dedicó días en realizarla. Fue pensada en comodidad y durabilidad, sin dejar de lado lo encantador que tiene un objeto cuando lo realiza un experimentado artesano.


La silla olvidada sentía tristeza porque ya no era incluida en las visitas que tenían sus dueños o en la hora de comer, ya no era la silla escogida para tomar el café de la tarde o para distraer la mente con un buen libro. Los sentimientos de la pobre silla que había sido creada con mucha emoción ya no encontraba el sentido de su existencia si no estaba siendo usada.




En algún momento pensó: ¿por qué con la madera resistente con la que estaba elaborada no la habían hecho una cómoda? Así se sentiría útil de guardar cosas o ser el marco de un lindo espejo, ya que cada día alguien se acercaría para verse. La silla olvidada creyó escuchar un día que la llevarían a otro lugar, que sería regalada. En ese momento entró en crisis, deseó poderse mover y ser escuchada, decirle a sus dueños que lo que más quería en todo el mundo era permanecer allí, aunque no la utilizaran deseaba quedarse en su hogar junto a ellos.


Llegó el día en que la hija menor, que ya era adulta. Le informó a su mamá que era el día de llevarse la silla. ¡Lo peor estaba a punto de ocurrir! La silla olvidada se puso tan triste que al levantarla, la hija menor la sintió más pesada, no mencionó nada y se la llevó. Una semana después el señor de la casa recibió una llamada: 


—Sí, esa es nuestra silla, gracias por avisar, por la tarde irá mi hija.


Algo había ocurrido con la silla. ¿La estaban devolviendo del lugar donde la habían regalado? ¿Acaso era tan poco atractiva e incómoda que nadie la quería tener? Ya casi eran las cuatro de la tarde cuando llegó a casa la hija menor trayendo algunas cosas, entre esas se encontraba la silla olvidada.


—¡Qué linda!, dijo la mamá con mucha emoción, la renovaron como tú la pediste.


—¡Sí!, respondió la hija. Quedé muy contenta con el trabajo del artesano, que al verla la recordó cuando la hizo, y se puso muy contento de saber que todavía la conservamos.


¿Qué había pasado? Lo cierto es que la familia nunca quiso regalar la silla. La hija menor al ver que sus padres ya no la utilizaban mucho, les pidió si se la podían regalar, para que haga juego con su escritorio nuevo que estaba en su cuarto. ¡Quedaba perfecta! Sus padres sin pensarlo, dijeron que sí.


La silla olvidada al estar lejos y triste no logró escuchar muy bien aquella conversación, al mencionar que se la llevarían para renovarla pensó que la iban a regalar.



La silla olvidada ahora era una silla restaurada y con mucho color, y por supuesto muy feliz de estar de nuevo en casa. No pasó mucho tiempo para que la hija menor la lleve a su cuarto para ver cómo quedaba con su escritorio nuevo; quedó como lo había imaginado. Aquellos colores y diseño con los que se identificaba con su trabajo. Ella escribía poesía.


Desde aquel momento la silla fue su amiga, aquella que escuchaba sus nuevos poemas y otras veces veía la frustración cuando no podía completar alguno. La silla que en su momento se sintió olvidada, ahora era una parte importante del proceso creativo de la escritora de esos bellos poemas.


Siempre que la hija menor veía los colores de la silla, sentía motivación para seguir escribiendo.


**


Algunos grandes poetas mexicanos han escrito sobre la muerte. Si te interesa conocer sus obras, te recomendamos leer a Jaime Sabines y al joven escritor Gerardo Arana.


TAGS: Cuentos Nuevos escritores crowdsourcing
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Samantha Jijón Gagliardo


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