Cuento que refleja el olvido del ser humano por la naturaleza
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Cuento que refleja el olvido del ser humano por la naturaleza

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Por: Cultura Colectiva

30 de noviembre, 2018

Letras Cuento que refleja el olvido del ser humano por la naturaleza
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30 de noviembre, 2018

Te presentamos este cuento sobre la naturaleza y el olvido que ha sufrido por parte del ser humano, quien cada vez con más fuerza, la explota, ultraja y deja de lado para luego continuar como si nada.

Texto por Gonzalo Carretero 


Este es el relato de una dama a la que nunca tendré el placer de conocer. Si esta guerrera hubiera tenido voz, estoy seguro de que se habría narrado ella misma, no obstante, jamás dejamos que lo intentara. Por la suya, y por otras muchas voces mudas, seré yo quien cuente esta historia. Lo que dicen es cierto. La cometa que vuela a contracorriente, vuela más alto.        

           

Nació en las peores condiciones. En una tierra inexpugnable, un pedregal de clima incierto del que la natura hacía mucho que huyó. A la pequeña semilla sólo le hizo falta una gota de agua, filtrada entre innumerables capas de grava, para decir adiós a su letargo. Creció poco a poco, como cualquier ser que se precie, abandonando pronto el subsuelo y saludando al mundo por primera vez de tú a tú. Las duras condiciones hicieron de ella una luchadora ruda y concienzuda, empeñada en sobrevivir a cualquier coste, sobreponiéndose al frío, al calor y a la sed. Tejió sus raíces a través del duro suelo, apartándolo a un lado a su paso. Se expandió a lo ancho, se expandió a lo alto.

                   

Durante su adolescencia, los hombres a veces la frecuentaron con admiración. Encontraron en su soledad y su valentía un modelo a seguir. Peregrinos la visitaron en su caminar, se detuvieron junto a ella y curaron sus ampollas amparados por su recia presencia. Pensadores hicieron de ella un ejemplo recurrente de romanticismo. Y siguió creciendo.


                   

Los anillos de su tronco se convirtieron en credenciales. Recuerdos eternos de su constante lucha y superación, de su pugna ancestral contra la tempestad. Pronto, aquellos que tanto la habían venerado, aquellos que habían escrito incluso poemas en su nombre, pronto, estuvieron todos muertos. Seres esclavos del tiempo y su constante transcurrir.

                   

Los hijos de los hombres poblaron aquello que dejaron sus padres. Se creyeron capaces de avanzar hacia la prosperidad, y en lugar de eso retrocedieron. Guiadas por la codicia y la apatía, dos guerras se sucedieron como dos parpadeos. A su larga lista, se sumaron nuevos temores. Miedo a las explosiones, miedo a las balas, miedo al acero incandescente, miedo a los serruchos.

                   

Su madurez transcurrió entre fogonazos y ruido. Campamentos de avanzadilla se levantaron en torno a ella, caballos fueron esposados a su tronco, soldados heridos fueron entablillados con la madera tenaz de sus ramas. La misma madera que usaron como bloque de mordida pacientes pendientes de amputación, y la misma madera con la que se fabricaron bastones para caminar después de la operación. Siguió creciendo.

                   

La calma reinó tras el caos, como el ensordecedor silencio después del disparo. El luto empapó el mundo entero mientras este se lamía las heridas. El remordimiento de los culpables, el amargor de los vencidos, la afonía de los muertos. Las únicas sonrisas: las de los niños, los únicos inocentes y limpios de espíritu, impunes de lo atroz, herederos del dolor. Dispuestos a no cometer los errores de sus padres, alzaron sus voces a favor de la paz, de la libertad, de la vida y la igualdad.


Cuento que refleja el olvido del ser humano por la naturaleza 1

                   

Ya anciana, pudo ver cómo los niños pedaleaban hasta ella, cómo se tumbaban bajo su sombra y charlaban de frivolidades en la tranquilidad que ella les proporcionaba. Vio cómo parejas de enamorados escalaban por su cuerpo para tallar sus iniciales lo más alto posible. Cicatrices de resina y afecto. Vio cómo su solitario alrededor, poco a poco se poblaba de vida, cemento y hierro.

                   

En la recta final de su porvenir, se encorvó sobre sí misma para poder acceder al sol, que apenas era capaz de atravesar las titánicas construcciones de los hombres. Con paciencia, esperó el final. El lento deterioro de sus funciones más básicas, el secado implacable de su savia, la caída definitiva de sus hojas, el agrietamiento de sus raíces, el último rayo de sol.        

           

No tuvo tiempo para nada de eso. La paulatina despedida que había planeado no le fue concedida. Hacía falta una carretera que conectase el centro con las periferias, y los planos la ubicaban por encima de su anciano tronco, por encima de sus ancianas ramas y raíces, por encima de su hogar. Antes del amanecer, los niños, de algún modo convertidos ya en sus padres, finalmente vencieron al vetusto púgil. No fue una pelea digna de su trayectoria, de criatura a criatura, ni siquiera se podría llamar rencilla. Emplearon la fuerza cobarde de una máquina, no sus propias manos, para cortarla desde la base. Después, sin piedad ni respeto, descuartizaron el resto en partes menudas. Irrisorias. Dejaron el tocón intacto, incrustado aún, con sus cientos de anillos al aire. Esa ilustración de su larga vida pronto fue tapada con asfalto, arena y brea, y sus partes seccionadas fueron quemadas en hornos y convertidas en carbón vegetal, que más tarde se reduciría a cenizas en barbacoas candentes.


Cuento que refleja el olvido del ser humano por la naturaleza 2

                   

Incontables coches pasan todos los días sobre ella, sobre lo poco que queda entero y reconocible. Una burla de lo que una vez fue, que se pudre en la oscuridad, que solloza con la voz que nunca tuvo, mientras miles de ruedas pisotean su tumba, se alejan corriendo, y jamás se detienen a pedir perdón.


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