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Un cuento para entender qué pasará cuando nos quedemos sin agua

20 de agosto de 2018

Cultura Colectiva



A continuación, te presentamos un cuento sobre el agua, y cómo toda nuestra vida puede cambiar de un momento a otro sin ella.





AGUA


Las gotas de agua caen con prisa sobre la tierra negra. Empapan y nutren las raíces de un bonsai con flores color magenta. El calor es intenso y el aire huele a tierra mojada. La jarra de plástico, translúcida y verde, de donde sale el agua se inclina y proyecta una sombra de su mismo color, endeble, sobre un cactus coronado con una flor rechoncha y amarilla. Nahui sostiene la jarra con una mano y apoya la otra en la cintura, arriba de la línea de sus pantalones de mezclilla. El sol golpea árido, pero los balcones del edificio, en la esquina de la calzada Obrero Mundial y la calle de Adolfo Prieto en la Ciudad de México resisten al agostamiento con la humedad de sus bonsáis, helechos, cactus, palmeras. Buster, el ​beagle ​, baja al apartamento del primer piso y sale al balcón a tomar del agua que escurre del riego de las plantas. Entretenido, mastica el aire sin atinar al chorrito que cae y se le estrella en el hocico, los ojos, la frente, las orejas, en todas partes menos en la lengua. —Es tu baño semanal, chico —dice Nahui viendo hacia abajo y riendo. Y Buster ladra dos veces agradeciendo al niño como quien agradece a un dios en los cielos.


Dos años antes, el gobierno de la ciudad suspendió el suministro de agua en los 16 kilómetros cuadrados que conformaban el barrio conocido como Colonia Del Valle. Meses después declararon la zona como ​inhabitable​. Al inicio, el corte del servicio duraba algunas horas, luego días enteros o una semana y, eventualmente, meses a la vez. Y donde alguna vez se vieron camiones

que intercambiaban muebles viejos por plantas y jardines verdes y floridos afuera de las casas, se empezaron a ver camiones cisterna y más tarde camiones de mudanza. El anuncio final llegó a través del altoparlante de un helicóptero del ejército que estuvo rondando la zona durante la semana de navidad: tenían hasta el cinco de febrero, día festivo oficial en México, para evacuar las viviendas.


En el extremo más septentrional de aquella situación, en medio de la ciudad, vivía Nahui con su familia. La mamá, el tío, la tía y Nahui fueron los últimos en dejar la colonia. No tenían más a dónde ir, y por eso se rehusaron al desalojo hasta que un camión lleno de militares se estacionó frente al edificio y uno de los hombres de verde gritó, con la voz amplificada por un megáfono:

—Los ocupantes del segundo piso del edificio, arriba de la tintorería, deben evacuar la zona inmediatamente, no nos obliguen a utilizar la fuerza, la evacuación es obligatoria. Los ocupantes del segundo piso del edificio, arriba de…


La tía salió, habló con los soldados y logró negociar un par de horas para empacar. Después, ese mismo camión los llevó a un albergue en la orilla oeste de lo que la prensa comenzaba a llamar ​El Desiertito. La primera noche fuera de casa Nahui no pudo dormir. El catre que le asignaron (así había dicho el soldado: “¡este es el catre que se le ha asignado, ciudadano!”) era caliente e incómodo. Más allá de eso, algo lo tenía inquieto. En su mente repasaba una y otra vez el día entero, como tratando de recordar una mala película. Había empacado el último comic de Superman y algunos de sus juguetes, pero no estaba seguro de que entre esos estuviera el ​snowspeeder de ​El Imperio Contraataca ​, su nave favorita de ​Star Wars. Era la que más le gustaba porque a los lados tenía quemones como de impactos de rayos láser y, en la parte de atrás, justo donde el Imperio disparó y mató al compañero de ​Luke​, se podía apreciar el mismo daño en el artefacto. Más que un juguete, daba la impresión de ser una maqueta de las que se habían utilizado en la filmación de 1980.


El problema era que las maletas estaban siendo inspeccionadas por el ejército, se tardarían un par de días en ser liberadas y Nahui no podía vivir tanto tiempo sin saber si había empacado la nave o no, y algo le decía que no lo había hecho. A la mañana siguiente, a escondidas de la mamá y los pocos soldados que custodiaban el albergue, Nahui logró escapar y entrar al ​desiertito con una sola idea en mente: recuperar su nave. Cuando le faltaba una cuadra para llegar a su destino, escuchó un aullido fuerte y prolongado. Se quedó inmóvil unos segundos esperando que en cualquier momento un militar o un coyote aparecieran de la nada para devorarlo. "Un coyote", dijo en voz alta para sí mismo, "si aquí no hay coyotes". Pero lo del militar seguía siendo muy probable. Aún así, continuó. Llegó al edificio, y cuando subió al descanso del primer piso un nuevo aullido estalló a su lado. Brincó asustado antes de darse cuenta de que el sonido venía del apartamento de los vecinos. Se acercó a la puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada. Golpeó un par de veces pero nadie atendió, esperó un rato y volvió a tocar, pero del otro lado solo se

escuchaban los aullidos desesperados de un perro.


—Tranquilo chico —dijo Nahui a través de la puerta—, voy a sacarte de aquí.


Rescatar al animal no parecía ser una tarea complicada, solo requería de la herramienta indicada. Unos meses antes se habían quedado por fuera de la casa sin llaves, la mamá le pidió herramientas prestadas a un vecino y con desarmadores y pinzas abrió la cerradura. Desde aquel día, de manera preventiva, Nahui llevaba siempre consigo un juego de llaves, aunque para él hubiera tenido más lógica cargar con pinzas y desarmadores. Apresurado, entró a la casa y vio los restos del hogar que un día antes le

habían obligado a abandonar. Después de desalojarlos, los militares saquearon lo que ya era de nadie y dejaron solo cubetas y botellas que antes habían servido para almacenar agua cuando había. "¡Agua!", recordó Nahui que gritaba el primero de la familia que notaba que estuviera llegando. Inmediatamente juntaban los recipientes y vaciaban las tuberías en ellos. Si aún corría cuando terminaban de llenarlos, entonces lavaban los trastes que estuvieran sucios, y si seguía habiendo después de eso, le agradecían a Tláloc el favor y lavaban ropa. Nahui se sintió triste al recordar la cara de felicidad de la tía mientras llenaba las cubetas, o el canto felíz del tío lavando los trastes: ​"pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver lavar al tío".


Se olvidó del ​snowspeeder (que yacía en el suelo de la habitación que antes compartía con su mamá), y corrió al cuarto de los tíos a buscar la caja de herramientas, pero no la encontró. En el fondo se escuchaba al perro que seguía ladrando. "Bien, sigue vivo", pensó Nahui, y buscó en todo el apartamento algo que le pudiera servir para abrir la puerta. Pero no lo encontró. Salió al balcón y silbó. Otra vez. Y al tercer silbido el perro salió moviendo la cola y miró a Nahui. El niño lo saludó con una sonrisa y el otro le correspondió con un aullido. Desde el balcón, el apartamento de abajo parecía estar más cerca. Pensando qué hacer, Nahui recordó cómo un hombre escapaba de un manicomio en una película que había visto en la televisión, y entró de nuevo a la casa y sacó unas sábanas viejas que estaban guardadas en uno de los clósets. Las anudó, o intentó anudarlas, igual que el actor, sujetó la improvisada cuerda a la baranda y descendió.


El ​beagle lo recibió con una alegría mayor a la que hubiera recibido a sus propios dueños. Nahui se arrodilló en el piso y el perro se le trepó en dos patas lamiéndole el rostro. "Ya, tranquilo, chico", dijo riendo. Entraron al apartamento y el niño escuchó un zumbido en las paredes. Encontró fácilmente el baño, el espacio era una copia exacta del apartamento de arriba, y se asomó por la ventana al cubo de ventilación del edificio. Era la máquina que bombeaba el agua a los apartamentos. Dubitativo, jaló la palanca del tanque del inodoro. "​¡Agua!"​, exclamó, y el perro ladró con entusiasmo a su lado. Corrió a la cocina y vio dos tazones vacíos en el piso, llenó uno con el agua que salía de todas las tuberías y, mientras su nuevo amigo tomaba, leyó la placa que colgaba del collar del animal:


—​Buster ​, pero qué nombre gringo tienes, chico.


Salieron del apartamento por la puerta principal y subieron las escaleras. De vuelta en casa, Nahui se quitó la ropa llena de polvo y tierra y se metió a la ducha, el perro detrás de él. Mientras el niño dejaba correr el agua fría por su cuerpo, hidratando su piel, ​Buster, aún sediento, lamía el piso y las paredes a su alrededor.


—Espérame aquí, chico, voy a buscar a tus papás y a la mamá y a los tíos —dijo antes de salir y dejó los dos tazones llenos de agua.


Encontró a la mamá bañada en llanto y a los tíos preocupados. Lo abrazaron, y cuando le preguntaron por qué tenía el pelo mojado lo escucharon con atención. El tío miró por el rabillo del ojo a los militares que cuidaban la entrada del albergue.


—Lo sabía.

—¿Qué sabías? —le inquirió la tía con un tono que decía que ella ya conocía la respuesta.

—Nunca he confiado en los militares, negra, tú lo sabes.

—Tú no confías en nadie, Humberto.

—Tenemos que salir de aquí.

—¿De qué estás hablando?

—Vamos a volver a la casa.

—N...

—Primero hay que encontrar a los papás de Buster —interrumpió Nahui a la tía, que se preparaba para objetar.

—El perro.


Los buscaron pero no los encontraron. Seguramente se habían marchado a una ciudad lejana, con algún familiar, dejando atrás a su mascota, pensó enojado el niño. La familia se organizó rápidamente. A pesar de llevar allí solo un día, el tío conocía a la perfección los turnos de los militares que velaban el lugar.


—A las 12:30 del medio día cambian de guardia, pero el relevo no llega sino hasta la una, es la hora a la que van a comer. Mañana a esa hora nos largamos de este sitio —dijo sonriendo.


Esa noche Nahui tampoco pudo dormir. Con la mirada fija en el techo del albergue, pensaba en su amigo y susurraba: "ten paciencia, chico, ya pronto estaré contigo, yo no te voy a abandonar". La familia emprendió el camino de vuelta a casa atravesando la deshabitada Colonia Del Valle a la hora indicada del día siguiente, Nahui andando a toda prisa delante del grupo, guiándolos. Desde entonces, Buster, la mamá y Nahui ocupan el apartamento del segundo piso y los tíos el del primero. El agua nunca ha dejado de caer en el pequeño rincón del planeta que ellos habitan y los balcones de sus casas parecen jardines colgantes que se oponen a la aridez que, poco a poco, consume a la que alguna vez fue la ciudad más grande del mundo y, muchos años antes de eso, un enorme lago.


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El texto anterior fue escrito por Camilo Fernández.


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Si quieres leer más sobre la vida y los miedos que la inundan, te invitamos a leer estos 5 cuentos para reflexionar sobre el amor, la vida y la muerte. Además, aquí puedes leer algunos cuentos breves de amor que te abrazarán el alma.


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