Carta triste a todos los ideales que abandoné

Carta triste a todos los ideales que abandoné

Por: Bryan Longo -

Te compartimos el cuento sobre la tristeza, Ideales muertos, para cuando sientas que todos tus anhelos se acaban poco a poco.


Dicen que tener ideales es lo que nos mantiene con vida, pero cuando uno decide abandonarlos ¿qué nos impulsa hacia adelante? A continuación, te compartimos el cuento sobre la tristezaIdeales muertos, para cuando sientas que todos tus anhelos se acaban poco a poco.

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Carta triste a todos los ideales que abandoné 1

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Ideales muertos

Conservo un ideal, cuidándolo como si del último céntimo se tratara, como si fuera el único recurso que se posee, esa última alternativa cuando se está perdido, como la única cara conocida entre tantas más. Se conservan los ideales al igual que los recuerdos, funcionan como recursos entre los bolsillos de los pantalones, de un modo que puedas usarlos de manera inmediata con sólo mover la mano. Custodias tus ideales cual sepulcro al secreto; morimos con algunos de ellos, incluso en ocasiones morimos por ellos; algunas otras nos son arrebatados, y ellos hacen entonces, el significado de la muerte. Con cada cadáver de los ideales muertos, portamos millones de universos alternos reducidos a una teoría, transportamos genocidios sin decir una sola palabra y sin sorprendernos de la monumental inmolación. Callamos. 

Sacrificar es la muerte en la que hubo algún tipo de significado. Los significados se adquieren. Nada tiene significado sin antes haber existido algo. La muerte adquiere un significado cuando antes se ha existido, y se existe sólo si hay ideales, es por eso que los custodias, y mueres por o con ellos. Cuando un ideal se codea con otro, germinan otros más, es como la línea de un párrafo y el párrafo de una página y la página de un capítulo y el capítulo de un libro. Y si uno intima con el otro deja de ser inconexo, forman algo superior, forman un significado. 

Conservo un ideal, y es probable que sea el último que me queda. El miedo es paralizante, despierto cada día sin percibir descanso alguno, es como si todo mi cuerpo se mantuviera alerta toda la noche para vigilar cualquier cosa que amenace el último ideal que me acompaña. Paso horas en actividad cuando debería descansar, con la esperanza de alimentar el último ideal que conservo. Las manos me tiemblan; el despertar es inquietante, es como darse un pellizco para saber si aún se está vivo, como palpar el cuerpo y la cama para encontrar aquel objeto tan valioso, para saber si aún sigue ahí, a un lado, o para saber si ya se ha ido.

Conservo un ideal. El rendir más homenajes a ideales muertos es un acto inerte de la desesperanza y el miedo. Cada despertar es la extrañeza de mi cuerpo y la incertidumbre de saber si aún sigo siendo yo el que está acostado sobre la cama. Y comienza cada homenaje a cada ideal muerto. Levantarme y ponerme los zapatos en el mismo orden, primero va el derecho y luego el izquierdo; caminar por las mismas direcciones para hacer la cama; ir a algún lugar  donde tal vez, sólo tal vez, pueda escuchar o ver un fragmento de cualquiera de aquellos ideales que conformaron lo que una vez fui. Hoy escribo con el único ideal que queda, y es como el acto de autocomprobación de que se sigue con vida. Rindo homenajes como la desesperanza y el miedo a la renuncia, a la pérdida. 

Conservo un ideal a un precio que aún no sé si pueda llegar a pagar algún día. Sacrificar toda aquella confianza y seguridad que anhelaba de las personas a las que en algún momento busqué, llamé, escuché, abracé… Algo cercano a una imposición, porque en ningún momento pedí que se marcharan. Sacrificar aquel anhelo de tener personas a mi lado por conservar un ideal, el ideal de encontrar uno nuevo que pueda escoltar al anterior.

Sentirse solo a veces implica la desentonación de nuestros ideales con los del resto, o ser culpado por defenderlos. Pero el asesinar todos nuestros ideales sólo por pertenecer y lograr el abrazo de algunos implica la inexistencia misma: el abrazo frío y la compañía. la muerte misma del significado de morir.

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cuentos tristes

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Referencias: