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"Sombras que iluminan" cuento sobre la confusión de perder a un ser querido

5 de octubre de 2018

Celeste Garza

Compartimos "Sombras que iluminan" un cuento sobre la confusión de perder a un ser querido.

Sombras que iluminan

El título de este texto no tiene ningún sentido, tampoco los últimos días lo han tenido, quizás a causa de mis vagos recuerdos; ha sido como un viaje en drogas, aunque Dios sabe que estoy limpio, sin embargo mi memoria no da para más. Dejando de lado explicaciones iniciaré con los hechos.


Caminaba por una carretera, ésta me resultaba desconocida, abría mis ojos tanto como era posible; estaba rodeado por un inmenso y obscuro bosque, en algún momento dejé de sentir mis pies, tal vez iba flotando suavemente. Sentía paz y ligereza; entonces a mi mente llegó la sospecha de que había muerto.





Mientras miraba hacia el cielo, entre las ramas de los gigantescos árboles, encontré la tenue luz del sol; percibí los rayos solares fundiéndose en mi piel. Sentí dolor, me descongelaba probablemente, como un helado bajo el sol de verano, estaba dejando de existir y al observar mi entorno todo se veía más y más lejano, me hundía apresuradamente en la nada. 


Desperté entre paja, sucio y semidesnudo; sin preguntarme por qué quise ir en busca de ese bosque, algo me atraía a ese lugar y debía descubrir los motivos. Completamente desesperado tomé mi viejo abrigo que se encontraba en el piso del lugar donde pasé la noche; parecía un tipo de establo, aunque no había animales a la vista, tampoco personas. Salí a la calle sin pensarlo, desconocía la hora, debía ser muy temprano pues la niebla no me permitía ver el camino.


A ciegas y tiritando de frío, sin un destino pero tampoco me importaba el devenir, encendí un cigarrillo que pensé me haría disfrutar el camino pero al darle el primer jalón sentí como si estuviera masticando un puñado de colillas y de inmediato comencé a vomitar; no era un vómito normal su aspecto era más bien gelatinoso y verde.


¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasando? No obtuve ninguna respuesta y no sabía en qué momento caí en estas circunstancias.





Contuve las náuseas que aun sentía y seguí andando a paso lento, esperaba encontrar un poco de luz o algún lugar donde sintiera la seguridad que había perdido; caminé aproximadamente 40 minutos y por fin me encontré con algo visible, barrotes. Se trataba de una celda y entonces yo resultaba ser un prisionero, me senté sobre el suelo frío y húmedo, perdí aún más la esperanza; mi llanto fue incontenible, miles de dudas rondaban por mi mente y no había respuestas o al menos una pista que me ayudara a escapar.


¿Cómo se puede huir de un lugar que desconoces?


No recordaba como llegue a ese lugar, sentía temor e incertidumbre, comencé a gritar con toda la fuerza que conservaba, más fue inútil; quise retroceder pero al mirar hacia atrás encontré la obscuridad de la noche, un desierto o tal vez otra galaxia. Era momento de ponerme en movimiento, caminar era pesado y cada vez más complicado, sentía estar dentro de un charco de fango y hundiéndome sin remedio.


Quedé inconsciente, entonces nuevamente estaba en cama empapado en sudor; había sido todo un sueño pero fue tan real que me sentía diminuto y agotado, como si hubiera recibido una paliza. Eché una mirada rápida a cada rincón de mi habitación para comprobar que había vuelto a la realidad, y quedé sorprendido, ¡cuánto espacio!, jamás me sentí tan abatido por la soledad como en aquel momento. Por cuánto tiempo ansié la libertad, cuando era joven anhelaba ser un ermitaño viviendo en soledad en la montaña; algunos días mi trabajo resultaba mero tedio y al volver a casa deseaba encontrarla vacía, quiero decir, tener un momento de privacidad, un espacio para no hacer nada.


Las paredes de deshacían a mi alrededor y todo se tornó nuevamente obscuro, una opresión en el pecho cortaba mi respiración, mi mente por fin se quedó en blanco.





No sé si pasó un minuto o un año, caí en cuenta de la realidad, la cual tuve que enfrentar; me percaté que mis ojos empapados en lágrimas se encontraban fruncidos, mis manos sobre mi rostro y mi cuerpo hincado frente al ataúd de mi esposa, con quien compartí veinte años de mi vida. La gente hablaba, intentaba consolarme y yo sólo escucho balbuceos sin sentido y asiento con la cabeza; lo único que queda de ella son objetos sin valor, las prendas que guardaran su aroma solo por un lapso de tiempo para después apestarse del asqueroso aroma del polvo y la humedad, su lado de la cama estará vacío y la mesa que compartíamos ahora solo tendrá comida para uno.


Al final, en mi realidad solo existe mi mujer como una sombra desvaneciéndose; mientras invaden mi mente los momentos más importantes que vivimos juntos, me desintegro y como ella, voy dejando de existir.


También dedica estos 3 cuentos breves sobre la tristeza o el poema para los que saben que a veces hay que mentir para volver a amar

TAGS: Amor de tu vida Desamor crowdsourcing
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Celeste Garza


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