Crónica de una tortura que duró 25 años

Martes, 16 de mayo de 2017 4:20

|Jennifer Baena



 A través de la Literatura, lector y escritor se adentran en un mundo en el que los aspectos más duros de la realidad son interpretados de manera en que sentimos empatía y nos acercamos a las personas reales ocultas en el relato.

En este breve cuento, Jennifer Baena nos narra una de las condiciones que sufren las mujeres alrededor del mundo: la violencia doméstica.


mujer violencia 1


Cuando escuchó la llave entrar en la puerta se llenó de terror, era un miedo similar al que sentía cuando tenía 7 años y docenas de paramilitares irrumpían en las fincas vecinas, acribillando hombres que acusaban de guerrilleros. Sin embargo, este profundo miedo no lo causaba un batallón como en aquella época; un solo hombre, al que yo llamaba abuelo, le generaba las profundas heridas psicológicas que hoy se ven reflejadas en la aversión a la figura masculina.

Cuando tenía 15 años se dejó llevar por aquel ser humano de piel negra y ojos color miel; con promesas de libertad tomó su mano y le permitió soñar con el paraíso. La definición de ser libre en aquella mente todavía infantil era escapar de la escuela donde una maestra la arrodillaba sobre maíz y golpeaba con una regla sus manos, de los cultivos de café donde trabajaba después de clases, de los oficios que demandaba la madre a las 4:30 am, de asistir a las iglesias evangélicas y vestir con largas túnicas que la cubrían del cuello a los tobillos y cantar y pedir perdón por pecados que ella sentía jamás había cometido. En la juventud nos parece tan impositivo el rol paterno que puede resultar agobiante, sin tener en cuenta que cada acción esconde un profundo acto de amor que no tiene otro objetivo que convertirnos en hombres y mujeres de bien.

En una sociedad donde pocos tienen la fortuna de salir ilesos de alguna patología mental, encontró a un hombre herido por el abandono de su madre, machista como ninguno, infiel, bebedor y abusivo. Secuestraba almas de mujeres utilizando palabras seductoras, poseía una juventud inigualable, su rostro no reflejaba ninguna maldad. La conquistó con tres palabras y la invitó a vivir en el infierno. Sólo bastaban tres tragos de cualquier licor para que empezara una danza de golpes sin fin: cachetadas, violaciones, humillaciones, improperios sobre su condición de mujer, embarazos forzados, la aciaga soledad que se genera cuando vivimos acompañados de un demonio.

Poco a poco su figura femenina de adolescente vivaz empezó a desaparecer, convirtiéndose en lo más parecido a un cadáver ambulante; su larga cabellera negra estaba completamente blanca, su cara ajada y marchita; la piel le cobijaba los huesos y se veía más cansada que los jornaleros que trabajaban en los cultivos. Sin embargo, se rehusaba a salir de la casa, diariamente su cara tenía golpes y sus mejillas parecían arcoíris, pasaban por varios colores: rojo, morado, verde, amarillo…  Mientras sanaba una herida se reemplazaba por otra, se podían ver a simple vista o en ocasiones se instauraban en el corazón.


llanto miedos existenciales


Pero desafortunadamente este no era un caso aislado, las vecinas del callejón se reunían en la tienda a contar las hazañas deshumanizantes de sus esposos, se consolaban unas a otras con menjunjes para aliviar el dolor y tejiendo cada día la esperanza de cambio en sus maridos. Pero los golpes eran un asunto cultural, para ellos no había nada de malo en adoctrinar y manejar a su antojo algo que consideraban de su propiedad. Por eso mi abuelo jamás se arrepintió y replicó el comportamiento en todas sus relaciones, donde había una mujer no había nada diferente a una vaca, un perro o una mesa.

Durante 25 años de infeliz matrimonio vivieron juntos, ella atormentada por una elección infausta y él viviendo como marioneta del diablo, sin ningún otro objetivo que la finca, el jornalero, el aguardiente y 12 prostitutas que eran reconocidas en aquella vereda. Sin embargo, como en la mayoría de las historias de represión, algún valiente aparece y con él llega la emancipación. De todas esas mujeres que se veían pasar con el dolor en su espalda, mi abuela de 40 años una noche decidió despedirse de los dos hijos que aún vivían en la casa, con el beso más amoroso, prometiendo que regresaría por ellos, tocando sus manos y abrigándolos bien. Les dejó preparado el desayuno, los cobijó con lágrimas. Ellos la miraban pasivamente, aunque el miedo se apoderaba de sus pequeños cuerpos preferían no volver a ver a su madre que retenerla en aquel suplicio.

Tomó el primer bus que vio pasar y se marchó sin ningún remordimiento, con una sonrisa dibujada en la cara pensando en el rostro de su marido al llegar a media noche, perdido por el alcohol, zafando su cinturón con la única idea de despertarla a correazos y ver por primera vez en 25 años que a su saco de boxeo le salieron manos y piernas, su corazón bombeó más sangre y sin la mínima sospecha de que esa noche le cambiaría la vida a ambos, le pagó todo el daño con la cruda soledad que lo acompañó por 53 años.


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