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Vamos a amarnos muy fuerte, vamos a hacernos promesas que jamás cumpliremos

December 21, 2017

Cafenlasvenas



Cuando nos imaginamos despertando cada mañana con una persona o recorriendo el camino completo de la vida junto a ellos es que no hay marcha atrás: nos hemos enamorado profundamente. Queremos habitar una casa con ellos, recorrer el mundo con ellos, envejecer y morir con ellos. Adriana Arias nos comparte un cuento en el que el amor se desborda hasta convertirse en promesas, en una declaración apasionada de algo que se siente eterno.





VAMOS A AMARNOS MUY FUERTE, VAMOS A HACERNOS PROMESAS QUE JAMÁS CUMPLIREMOS


Eran las siete de la noche, el sol había desaparecido ya varios minutos atrás. Al horizonte, muy lejos del lugar donde se encontraban, apenas se lograban distinguir las luces de la ciudad más cercana. Xavier y Grecia amaban transcurrir horas tras horas en aquel lugar del río que gracias a tantas horas de exploración habían descubierto. Nadie salvo ellos conocía esa zona tan tranquila, lejos del mundo.

 

Vamos, Xavier, tenemos que hacer algo loco ahora que estamos jóvenes y vivos trató de persuadirlo, pero se negaba rotundamente.

No, no y no. Alguien podría vernos, Grecia, y en este pequeño pueblo todo mundo habla de más. ¿Qué dirán? le respondió por tercera vez impaciente.

¿Acaso te importa la opinión del resto? No lo creo, además cuando estuviste lejos me lo prometiste, y una promesa es siempre una promesa, por más loca que te parezca. ¿Y si te regalo mi mejor sonrisa? Grecia sabía que Xavier no podía resistirse a eso, pues entre todos los encantos de esa pequeña y loca de atar, estaba su sonrisa, tan contagiosa y tierna.

 

No era la típica chica de revista, de hecho ella y esa clase de chicas no tenían nada en común. Grecia era pequeña, no era extremadamente delgada como los estereotipos del siglo XXI lo requieren, pero era delgada. Su piel era blanca, cálida, tenía los ojos marrones y una mirada “delicada”, así la definía Xavier cada que vez que hablaba de ella. Su personalidad era difícil de entender y explicar, era tan suya, tan honesta, tan verdadera. A veces era acelerada como un auto de carreras; en otras ocasiones era serena como un bebé cuando duerme.

 

Por otro lado, también era una chica muy fuerte mentalmente. Había perdido la cuenta de todas las veces que había llorado cuando estaba lejos de los ojos de todos; una desilusión, un fracaso, una despedida no deseada, ya no le cabían tantos insomnios en los ojos. Difícilmente alguien lograba derribar el muro que se había construido con el pasar de los malos años y entrar a esa parte de ella, la parte más vulnerable y más cristalina de su alma. Pero Xavier lo había logrado. Él la conocía más que nadie en el mundo, la admiraba tanto por ello; tanto así que por ratos se sentía algo inseguro a su lado. Sabía que era de esas chicas que no merecía, “demasiado bonita, demasiado madura, demasiado buena, demasiado perfecta para mí”, pensaba él; pero estaba perdidamente enamorado de Grecia y no podía lidiar con eso.

 

Por alguna extraña razón, el universo conspiró y quiso que ese espíritu rebelde de Grecia y el pasivo de Xavier se cruzaran. Tal vez lo suyo no habría durado toda la vida y a lo mejor luego habrían terminado por odiarse; pero si algo les puedo asegurar es que jamás, a pesar de los años, se habrían olvidado el uno del otro. Y así fue.

No me olvidarás, ¿cierto? preguntó Grecia, repegándose a él, cerquita del pecho.

¿Quién podría olvidarte? Xavier la abrazó fuerte, le dio un beso en el cuello.

Es verdad, ¿quién podría olvidar todo esto? Algún día me casaré con un buen hombre y lo amaré mucho, pero jamás podría amarlo tanto como te amo a ti. ¿Crees que te sucederá lo mismo?

Cuando te digo que jamás he amado a alguien como me sucede contigo, ¿me crees? la miró a los ojos. Xavier sabía muy bien que las miradas no mienten y quería asegurarse que esta vez ella le creyera.

Claro que te creo, tonto le sonrió con los ojitos rojos y brillosos.

Y por favor no me hables de casarte con alguien que no sea yo. ¿O quieres que no acepte tu genial idea de bañarnos desnudos en el río a estas horas de la noche? Además odio la idea de que otro hombre pueda tocarte. Tú eres mía, te casarás conmigo y tendremos dos hijos.

 

Xavier era celoso, pero desde que había empezado a salir con ella su nivel de celos había aumentado desmesuradamente.

 

¡Sí, sí, sí, sabía que terminarías haciéndolo señorito! Grecia estaba en el séptimo cielo, estaba tan feliz que se le olvidó por completo su miedo a las profundidades Bueno, creo que es momento que empieces a desvestirtele lanzó una mirada perversa y divertida.

Eres terrible y manipuladora, mujer. ¿Y si nos desvestimos el uno al otro?

Uhm, buena idea, empieza tú lo desafió.

 

Xavier miraba alrededor de aquel oscuro lugar asegurándose de que no hubiera nadie espiándolos, y sonriendo se acercó a Grecia. Le quitó la blusa, mientras le pasaba los dedos por la cintura provocándole cosquillas. Rieron los dos. No tuvo que pasar al sujetador, ella casi nunca lo llevaba y esa noche no fue la excepción. Le quitó los jeans y sus hermosos calzoncitos de encaje color negro. No podía dejar de mirarla, ella era hermosa desnuda, y esa noche a la luz de la luna era simplemente perfecta.

 

¿Todo eso es mío? le preguntó.

No, es mío y cuando quiero lo comparto contigo le dijo como siempre, irónica.

Qué bueno que seas tan bondadosa entonces felizmente contestó el muchacho.

 

Grecia empezó retirándole la polo color rojo, agregó un beso en la barbilla, de esos que él adoraba. Luego procedió con sus pantalones y enseguida se deshizo de los boxers, hasta dejarlo completamente sin ropa.

 

Ahora recuerdo por qué me gustas tanto, señor novio mío lo abrazó fuerte.

Qué graciosa, ven, vamos a probar qué tal está el agua. Si está demasiado fría, olvídalo, no me meteré introdujo un pie, la temperatura era perfecta y al parecer una vez más la afortunada muchacha se había salido con la suya.

Bueno, ¿qué esperas? le dijo arrojándose al agua, Grecia lo siguió e hizo lo mismo.

 

Jugaban como niños, reían a carcajadas. Xavier era todo experto en clavados y Grecia trataba de imitarlo, pero lo único que obtuvo fue un reconocimiento por su torpeza y tragar mucha agua. Se divertían tanto juntos que siempre perdían la noción del tiempo.

 

La luna los miraba divertida, se reía disimuladamente y tal vez también estaba un poco celosa, porque ella también quería amar de esa manera tan intensa. Cuando empezaron a sentir un poco de frío, salieron del agua y se tumbaron sobre la cobija rosa de Grecia, era su favorita, había sido un regalo de parte de su madre. Tomaron otra manta y se refugiaron en ella para protegerse del frío. Grecia lo abrazó, apoyó la cabeza en el brazo izquierdo de él, con el índice de su mano izquierda definía los músculos del abdomen de Xavier, siempre lo hacía, era hipnótico para ella.

 

¿Cuando dijiste que tendríamos dos hijos lo decías en serio? interrumpió el silencio.

¿Por qué lo preguntas?

Porque son cosas serias, nadie debería decir eso a una chica si no lo piensa en serio. Yo no quiero que escupas palabras así por así; si no lo sientes, si no eres sincero, no vuelvas a pronunciar ese tema respondió ella, un poco preocupada.

Claro que fui sincero. Mira, Grecia, es verdad, jamás he querido hijos. Y sé que no he sido un hombre ejemplar. Está bien si no aceptas, me dolerá pero entenderé. Pero ahora que tengo la oportunidad de decir lo que siento y pienso, sólo escúchame. Te amo de verdad, pero a veces soy pésimo demostrándolo. Quiero seguir mi vida, aunque a veces ni yo la entiendo, porque soy un desastre, soy un maldito manipulador lo sé miró hacia otra dirección escondiendo las lágrimas que caían de sus ojos. Él jamás lloraba y para Grecia fue un asombro tan grande, que ni ella pudo contener las lágrimas.

Lo siento, no quise hacerte sentir así, lo siento le dijo abrazándolo.

Descuida, no eres tú, pero yo también lloro. No es fácil para mí decirte abiertamente lo mucho que significas en mi vida, mi desastrosa vida. Quédate a mi lado siempre, ¿sí?

¡Señor, sí, señor! le contestó ella, riendo y al mismo tiempo secando un par de lágrimas de sus mejillas ¿Tendremos dos hijos, entonces?

Cuantos quieras. Aunque no quisiera una niña, extrañamente en mi cabeza siempre aparece una pequeña le respondió Xavier feliz.

¿De veras? ¿Y cómo es ella? Dime.

Pues verás, creo que tiene alrededor de cuatro años, el cabello castaño hasta la cintura, es blanca como tú y tiene tu sonrisa. Tiene los ojos muy claros, color marrón, seguramente los heredó de mí, es muy bonita y cariñosa conmigo.

Parece una niña estupenda, y así como para mí, tú serás el gran amor de su vida le dijo, esperaba que así fuera, ya que ella no había tenido un padre ejemplar y no quería lo mismo para sus hijos.

 

Procedieron hablando del más y del menos, Grecia reía a carcajadas por los mordiscos de Xavier en sus piernas, mientras él trataba de cubrirle la boca para que nadie los oyera. Sentían el alma feliz aquella noche, y por un momento la vida les pareció tan fácil y serena que sin percatarse se quedaron profundamente dormidos hasta que la alarma del celular de él los despertó de sobresalto, marcando las siete de la mañana.

 

¡Mierda! Xavier, tu madre nos matará, debe de estar preocupada.

Ahora le marco. ¿Dónde están mis boxers? ¡Mi ropa, busca mi ropa!

Allá, en la piedra, mira, no encuentro mi sujetador, ¡maldita sea!

 

Esa mañana no fue tan perfecta, ni mucho menos mágica como la noche que había transcurrido. Grecia por fin recordó que no llevaba sujetador; pero eso era lo de menos, sus jeans nunca aparecieron, discutieron esa mañana y se echaban la culpa el uno al otro por aquel accidente. Pero al fin de cuentas no importaba, aquello habría sido una anécdota más de sus vidas, de la cual se reirían algún día.


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Inspírate leyendo estos poemas de amor. Y si ya te decidiste a escribirle a la persona que amas, aquí te damos algunas sugerencias para hacer cartas de amor muy originales.



TAGS: Cuentos Amor escritoras
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