Cuentos de amor que te abrazarán el alma

Domingo, 26 de junio de 2016 8:04

|Diego Fernandez


 Los hombres hemos sido tildados por la costumbre y por la presión social. Desde pequeños se nos sentencia: el hombre no llora,  no se enamora apasionadamente; el hombre se enclaustra en una burbuja que le impide mostrar sus emociones.
Rompiendo con paradigmas y destartalando límites, me he dado a la tarea de escribir las siguientes historias cortas sobre hombres enamorados, para demostrar que nosotros también somos endebles ante el sortilegio del amor.




Cuentos de amor


I

Apenas había pasado una semana y ya sufría las consecuencias: estaba hecho un reverendo idiota y ya no se preocupaba de sí mismo; acostumbraba a hacer las peores locuras y constantemente se fregaba para siempre en menos de un minuto. Se levantaba con una sonrisa tatuada y sentía mariposas en el estómago sin saber si debía visitar a un gastroenterólogo o a un psiquiatra. Tal vez era el precio que tenía que pagar por haberla conocido. Suspiró abrumado por los niveles exorbitantes de imbecilidad que se cargaba. No había de otra, eran los indicios del peor padecimiento que existe en la concepción médica: estaba enamorado. Platón lo dijo con certeza: “El amor es una enfermedad mental muy grave”. Él lo sabía, pero era tarde: ya estaba condenado a las peripecias desastrosas del sentimentalismo. Estaba sentenciado a padecer aquel sufrimiento, pero de algo estaba seguro: nunca una enfermedad le había dado tanto sentido a su vida. 





cuentos de amor


II

Se cansó de esperarla. Pensaba que las mujeres hacen esperar a los hombres para darse a desear, para ambicionar el absoluto con la necesidad sombría de hacer sufrir al otro por medio del paso recalcitrante de los minutos, sin importar el grado de las quemaduras que provoca la espera incandescente. Los hombres no estamos en la misma cadencia que frecuentan las mujeres, por ello se dejaron de buscar sin decir palabra. Por incomprensión, no por falta de ganas. Nunca se dijeron “adiós”, quizás era algo que se debían, que se deberían toda la vida.
Una noche cualquiera se reencontraron en una fiesta alimentada por whisky y cigarro. En esa reunión muchos hubiesen dado su prestigio por cambiar de amores, por enmendar equívocos, por vitorear delirios. Sólo bajo los efectos de unas copas uno puede increpar la sosería de la vida sin detenerse a discurrir sobre la inconveniencia y el pudor.
Ella seguía siendo la misma niña de ojos profundos y labios delgados. Miraba rápido, con la decencia de no dejar hablar a su mirada; le daba vergüenza estar así por un hombre, ser tan infeliz y volverse una idiota sin que dependiera nada de sí.
Él estaba convencido de que, a pesar del paso de los años, nunca la había dejado de esperar. Había caído en cuenta de que bastaba con mirarla de nuevo para reafirmar que, a sabiendas del tiempo transcurrido, no la había olvidado ni un sólo segundo, que seguía tan enamorado de ella como el primer día.  Fue suficiente con volverla a ver para reconocer que la única cosa que él deseaba con la misma pasión con la que otros buscan el poder, el éxito, la fortuna, la fama y el dinero, era tenerla a ella; con todas sus locuras, sus esperas, sus enredos, su anacronismo, sus mentiras y sus desapariciones. Porque él era el hombre más puntual de la Tierra y ella, puntualmente, siempre llegaba tarde.



cuentos de hombres enamorados

III

Se encontró con el ser más incompatible que jamás buscó. Pero así es esto; uno no elige en qué pieza del rompecabezas quiere embonar. Como si uno pudiera arrepentirse de lo que no escoge hacer.
Ella se atravesó en su vida y no había nada ni nadie que la arrancara ya de sus ojos y de su alma. Él era todo un soñador. Ella jamás había soñado y tenía la certidumbre de que nunca pasaría por su cabeza tan insana idea. La profesión de él era la de poeta y no tenía tiempo para dejar de idealizar quimeras: pasaba la mayor parte de las horas del día tejiendo metáforas, uniendo similicadencias; buscando antónimos para crear un oxímoron, deshaciendo frases para formar retruécanos y contando los pies de los versos para generar endecasílabos perfectos. A él le gustaba ella, con todo y la contradicción que eso implicaba. Ignoraba cómo apoderarse de su mirada, le recitaba poemas como quien se los recita a sí mismo. Le dedicaba estrofas que conectaba sigilosamente con las ideas planas y cuadradas de ella, hasta implementó un hechizo que le vendió una de esas brujas que cobran las perlas de la virgen por decir mentiras sobre el futuro. Su intención era clara: no quería bajarle las estrellas, pretendía obsequiarle la Nebulosa de Orión completa en una cajita de marquetería que bien había hecho su padre en heredársela. Aún olía a tabaco y conservaba la misma inscripción cursilona en la tapa que decía: “Si lloras porque no ves el sol, tus lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Pese a tremendo obsequio ella no se inmutó, no movió ni una pestaña ante al universo que él le ofrecía. No tenía tiempo para enamorarse de un poeta de ideas suicidas y menos de un vil recolector de estrellas.Tras bajarle hasta la luna, no alcanzó siquiera a tocarle la mano, pensó que había sido un error el hecho de haberse enamorado.
Llega un momento de la vida en el que uno no puede darse el lujo de enamorarse de cualquiera, sino de quien corresponde al indirecto llamado del enamoramiento. Dichosos quienes se quedan con el ser idolatrado. Por esto él entendió que lo único que ellos tenían en común eran los recuerdos. La vio por última vez en la calle paralela a la 32, ni siquiera se tomó la molestia de dirigirle la mirada. Hay quien dice que cada vez que él escribe poesía hay lluvia de estrellas sobre un firmamento que no deja de llorar.



cuentos hombres enamorados


IV

Además de una belleza prodigiosa, poseía una mente que excedía los cánones de la intelectualidad. Su plática la colmaba de arte, de libros, de ciencia y del mundo iluminado por los destellos de la cultura. Esto denotaba un peligro evidente para él, pues una mujer inteligente es capaz de zafarle un tornillo hasta al más cuerdo de los hombres. Volverse loco por ella no implicaba necesariamente perder el juicio y las facultades mentales. La locura provocada por amor sólo nos vuelve idiotas mientras dura la eternidad hipotética impuesta por un sentimiento pasajero. No es necesario el internamiento en un sanatorio para débiles mentales, aunque a veces pareciera la única y más certera opción. Pues es cierto, las cosas cambian de pronto de significado y es habitual mirar con ojos hiperbólicos a la persona amada, pero no pasa de eso. Pese a su locura, él no la amaba a ciencia cierta, pues sólo podemos considerar amar a una persona cuando conocemos su ira, sus malos hábitos, sus creencias absurdas y sus contradicciones. Él sólo la idolatraba como se alaban a los dioses. Con los ojos cerrados. Con la fe supuesta de creer en ella, en su belleza, ante la ausencia de la comprensión visual. Sin duda, ella era la religión de aquel ateo que no hablaba de Dios ni para negarlo. A esas alturas, ya era consciente de que la querría siempre, para su dicha. Pero también para su desdicha. Lo confirmaba cada noche, antes de dormir: se había enamorado de ella como se enamoran los genios, es decir, como un reverendo imbécil.




Cuando es amor las miradas y pequeños detalles se convierten en lo más valorado por nosotros, si has encontrado a quien inspira tus mañanas e ilumina tus pensamientos, Quédate con esa persona.


**
Las fotografías que acompañan los cuentos pertenecen al artista Pablo Montllau, conoce más sobre su trabajo en su página oficial.

TAGS: Amor
REFERENCIAS:
Diego Fernandez

Diego Fernandez


  COMENTARIOS