Si amas lo que niegas el amor te enloquece

Miércoles, 31 de enero de 2018 13:38

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Neus Aguado es una escritora argentina nacida en Córdoba, en 1955. Además de su obra poética, se ha destacado como periodista y dramaturga. A continuación te compartimos su poema "Ciudad murada".


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Ciudad murada

Tus ojos medievales, quizá grises quizá verdes,

y los ojos azules mencionados en la literatura occidental.

Palabras inapropiadas como pingüinos en el Sahara,

y el saber que nunca supimos.


Preferir lo zafio a lo sublime

como un mandato que nos destierra del paraíso

y nos conmina a penetrar en el triple recinto:

en el primer recinto está la mano que sujeta,

en el segundo la mano que condena,

en el tercero las dos manos de la matrona universal.


Ciudad murada, recinto que llevamos impreso en el alma.


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Mar adentro, alma adentro, vida adentro.

Como un náufrago llegas a islas irreconocibles,

no hay mapas ni brújulas ni tan siquiera agua.

Sed, sólo sed durante todo el recorrido

y lejos muy lejos las huellas de otras vidas.


A tientas buscas el pozo, el aljibe de tus mayores

y encuentras un túnel infinito y no ves la salida.

Luz y agua buscas y encuentras muerte.

Y empiezas otra vez, aprendes a andar nuevamente:

"Un kilomètre à pied..." el canto de montaña

y al fin encuentras en el iceberg del alma un poco de sol

y de agua helada.


El mensajero de las siete llaves,

el que nunca recuerdo ni sé cómo se llama,

me dijo los secretos de tu vientre y tu cama.

Si niegas lo que amas el amor reverdece,

si amas lo que niegas el amor te enloquece.

Busqué el libro que tus manos habían sostenido,

el de la miniatura de Jean Fouquet en la cubierta:

"Dios une a Adán y Eva" en un jardín cercado

con ángeles, animales y la fuente, estrellas y palomas,

y pensé ¿habrá un ángel, un solo ángel clandestino

dispuesto a sostener el manto del creador en el jardín

de nuestros amores cercados donde hay agua y cielo

y un paisaje invertido como el de los antípodas

y un incansable deseo de desaparecer del cuadro?


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No quería la lujuria que me diste,

la que se echa sobre el lecho como un fardo,

ni tus ojos cerrados ni tu boca ebria.

Quería, Dios lo sabe, tu mirada

y la transparencia de estrella

que incluso los esclavos pueden poseer.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Alexander González Delgado.

***

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