De los niños, los jóvenes y los adultos

De los niños, los jóvenes y los adultos

Por: Carlos Villarreal -

De los niños, los jóvenes y los adultos
El niño no piensa, imagina; el niño no presagia, descubre. Sigiloso explorador. Se maravilla ante todo, ante nada, ante toda la nada; ante lo opaco y lo brillante; no como el adulto, con curiosidad soporífera que sólo se alimenta y engrandece cuando ese sopor se ciega y endurece por la candente luz de lo brillante: de objetos como el oro y el diamante.

Un niño se asemeja a una estrella: la estrella la vemos brillar; el niño brilla cuando ve. El crio no necesita de lo brillante, pues ¿quién necesita de lo lustroso cuando la luz proviene de sus entrañas? Claro, estas actitudes, si no emprendedoras, investigadoras, emergen como lava volcánica: de su interior. La magmática curiosidad del infante se calienta, trepando su temperatura escalonadamente sobre su voluntad, obligándolo a eructar, a salir a la superficie y a explorarla fluyendo por su pendiente: dejándose llevar por ella.

La lava sale y hasta gritos braman del volcán: del niño. Y sale como esputo a la superficie con la mente maravillada y sorprendida por lo inexplorado, por la superficie, por el exterior. Y conforme desciende por la pendiente, el niño va acostumbrándose al terreno. Comienza a notar que de aquí a allá el camino es igual y homogéneo: una superficie áspera y rocosa.

Y cuando el niño comienza a hastiarse por la esterilidad del paisaje, llega como un relámpago la juventud. La curiosidad infantil troca posiciones con el optimismo encantado de la adolescencia. La curiosidad mengua y la esperanza y la fe se propagan por la persona: el niño crecido, ahora un joven, un adolescente.

Ustedes me preguntan ¿Cómo es que un joven piensa? Yo les contesto: un joven piensa que piensa, que es muy diferente a pensar. Es terco no por añadidura sino por naturaleza. Pero es verdad que su necedad puede disfrazarse de tenacidad.

No es obstinado sino de corazón ilusionado. Es un romántico defensor de las pasiones que nacen en su interior, obstinado a presenciarlas en el exterior, en la superficie, afuera del volcán… aunque sean imposibles. El joven tiene complejo de héroe. No sé conforma con el abrupto terreno por el que se escurre; su corazón de fuego rechaza la hostilidad por la que pasa. Su corazón valiente se consagra. Incrementa su temperatura cual si fuera un Sol viviente, y, con corazón osado, su eructo volcánico se convierte en estallido.

Así, el paso de su lava se apresura. Desciende por la desértica montaña a toda prisa queriendo ver su apariencia cambiar, tornarse bella, esbelta. La mente del niño explorador se ha convertido en el corazón de un viajero, de un aventurero caminante. Y ese viajero va en busca de un destino desconocido, de algo nunca antes visto. Pero eso no lo atemoriza, su pasional propulsión consume todo brote de miedo: lo extingue.

Y así desciende por la pendiente hasta que lejos, en el horizonte, a las faldas de la montaña, lo café se vuelve verde, lo desértico se vuelve lozano. Y tras está visión el joven apresura su paso queriendo alcanzar lo verde, lo lejano. ¡Voy hacia ti! Le grita en silencio el joven a lo lozano.

El joven por fin cruza la frontera que divide ambos colores y ahora se encuentra rodeado de árboles, pinos, pájaros, insectos y renacuajos. Al ver esto el corazón del joven queda pasmado: maravillado. Y conforme se desliza entre ramas y ranas observa la variedad de especies, la variedad de texturas, de colores y temperaturas.

Y paso a paso el corazón del joven, ahora un poco crecido (convertido en casi un adulto), va conociendo a ciegas la ambición. Su corazón se ensalza en sus tinieblas ambiciosas. Dentro de él la avidez le ordena.

Su insaciable apetito lo ciega, lo encoleriza. Su corazón valiente, honrado y soñador se ha tornado frío y mezquino pero aun con la misma osadía. Y esa apetencia es estúpida, pues el muchacho quiere ver MÁS, y no se da cuenta que su misma ambición histérica no lo deja ni siquiera ver, ni siquiera mirar.

Continúa su camino llegando por fin a las ciudades convertido en adulto. El adulto, a diferencia del niño o el joven, tiene distintos caminos frente a él y sólo él sabrá, o no, cuál tomar. En su conciencia yace la opción: la decisión.

Entrando al borde de las ciudades conoce cosas nuevas. Conoce, por ejemplo, la violación de una mujer, el adulterio, las cantinas, las querellas violentas en ellas. Y pronto su corazón ya maduro se aflige. Después ve un beso inmortal entre dos muchachos, y después observa la amistad desinteresada de dos infantes. Y observando los dos tonos antagónicos, los malvados y los bondadosos, su aflicción se vuelve confusión.

El adulto escarba hacia sus profundos adentros. Con tribulación detiene un momento su andar para alejar un momento la mirada y poder pensar. Y cuando la aleja voltea hacia sus espaldas, hacia el camino por el que había pasado.

Al mirar bien puede no mirar (y sólo pensar) o mirar bien. El que mira bien queda atolondrado. Se percata que llevaba toda su vida recorriendo ese camino, mirando el camino y nada más. ¡Si tan si quiera se hubiera importado un poco él sólo! Pero claro, su avidez juvenil no lo dejaba verse a sí mismo. Él sólo quería ver MÁS. Nunca se había autoobservado, autoevaluado.

Se dio cuenta que el fuego de su sangre quemaba todo a su paso sin dejar rastro de ser viviente y desertificando toda tierra cultivable. ¡Y ni si quiera se había dado cuenta! Y dándose cuenta de eso el corazón del adulto puede tener dos destinos diferentes: si es de corazón noble y maduro: deserta su camino, se apaga; si es de voluntad brava y vengativa: decide devastar (irónicamente) con las ciudades, con sus actos ruines e impuros y también con los honrados y amorosos, pues no puede soportar que haya actos malvados.

El que decide acabar con las metrópolis, piensa que todo debe ser positivo, alegre, amarillo. Sin embargo, su discernimiento es inmaduro. El del maduro dice: ¡Gracias, camino, que el bosque, el desierto y los humanos me has enseñado. Y que de ti he aprendido que los humanos son ruines y desérticos como la montaña y hermosos y benevolentes como el bosque!

El niño es completamente feliz: su mente está asombrada porque todo es nuevo. El joven es completamente feliz: su corazón es un sueño. El adulto es completamente feliz: su madurez lo hace de sí mismo su propio dueño.

Hay que tener la mente de un niño, el corazón de un joven y la madurez del adulto.

mitos: imaginación humana (Destino vs destino)

Referencias: