De nuevo vuelvo a ser apocalíptico

De nuevo vuelvo a ser apocalíptico

Por: Jorge Sarquis -

apocalipsisFotografía por: Juan Carlos Sarquis Bello

Un nuevo día sobre la superficie de mi geografía imaginaria, del mundo, en el que llega la hora, el tiempo declina y el Sol da sus últimos rayos en silencio. Ahí veo la claridad de los colores, de las cosas. Tengo en mí aún todos esos impulsos destructivos, grandes, tan grandes que la jaula de la creación artística apenas los retiene. Soy apocalíptico, como lo es en ocasiones el presente.

Me gustaría ser anarquista, me gustaría ser muchas cosas pero ya es muy tarde porque, como ya dije, yo soy apocalíptico; lo soy sin la histeria, sin los nervios y el remordimiento. Lo pensado es lo sentido, y por ello, intento decirles en pocas palabras lo más que decir se pueda, porque en el tiempo se sujetan las raíces de lo eterno, porque en esta vida yo he visto cómo crece en mí el infierno.

Si tuviera un bote, me gustaría también ser un pirata, pero como me tocó crecer en la ciudad en pleno siglo XXI, soy jodidamente apocalíptico. Lo soy en vida como lo seré en la muerte, pero sobre todo en las escaleras de mi mala suerte. Lo soy cuando me descubro destruyendo algún espacio público, cuando en cada hora pienso en mil opciones de escaparme de esta vida, pero prefiero mejor no hacerlo o, mejor dicho, hacerlo lentamente.

Les repito, las veces que sean necesarias, para que quede claro: ¡Soy Apocalíptico! En esa frase el azar se esconde como el alma de las letras. El azar es el íntimo ritmo del mundo, su melodía que se escapa y se expresa a manera de un lenguaje ineludible. Como la gente no lo sabe, la mayoría de las veces me confunden con punketo, pero, afortunadamente, no soy tan amanerado y falso. Ellos son los más cobardes porque creen que son rebeldes cuando en realidad son todo lo contrario (Y no me refiero a la música que emergió a mediados de los setenta, sino a su filosofía de mierda. No existe esa cosa de los “outsiders”).

Un día mi único amigo me dijo: antes a los hombres les ponían en una mano la Biblia y en la otra un arma, nunca nadie soltó la segunda, pero algunos desecharon el libro canónico por una botella de Ginebra y la esperanza de ser algo más que historia… Historia que termina siendo parte de lo que se oculta más allá de las estrellas calvas.

 

 

 

 

Referencias: