Diario de la Niña Pólvora: el día que me involucré en un trío y estaba tan excitada que ya no pude parar

Jueves, 21 de diciembre de 2017 11:23

|Niña Pólvora

Querido diario,


No llevo 48 horas en esta ciudad y ya me veo así, desnuda y sin aliento, con una vela que me alumbra en la oscuridad de una habitación que no conozco. Sólo hay dos camas, un armario y una moqueta sucia. Por la ventana, pequeñas gotas de lluvia resbalan como plañideras que lloran en un funeral. Pero aquí estoy, intentando conseguir un trozo de manta con la que hacerme un parche. Otra noche entre trincheras que me deja herida. Bebo un sorbo de agua y, al verles a los dos, uno a mi lado y otro en la cama contigua, empiezo a recordar lo que sucedió anoche…


Conocía a A y B en una discoteca, pero pronto me decanté por A. Negro, exótico, su cuerpo esculpido en obsidiana, una piedra que, según dicen, arroja luz sobre tu ser cuando la tienes en tus manos. Kunta Kinte al rescate. Carbón por haber sido una niña mala, como la Lily de Vargas Llosa, quien desaparece una y otra vez dejando al pobre protagonista sumido en la mismísima mierda. En fin, sigo describiendo un poco a A: ojos negros que interrogan como un polígrafo. Contigo me declaro culpable, negrito, pero tú sigue fijando en mí esa pupila inquisitiva. Tu pregunta, que yo me mojo. Labios grandes y carnosos como una almohada mullida. Pupilas dilatadas. Pura droga sin cortar. Ay… ¡A! Mi primer negro.


Cuando le miré por primera vez, ya estaba fuera de mí. Calor empañándome las pestañas. Tigresa en modo “on” con el negro en el horizonte. En esta selva mando yo, cariño. Y ahí estaba él, negro, negrísimo, como una noche sin luna. Sus dientes como teclas de piano, tan blancos, tan alineados como las pirámides de Egipto. No recuerdo cómo empezamos a hablar. Sólo sé que, en pocos minutos, quería besarle, tenerle, tocarle. Él se resistía volviéndome aún más loca. “No me beso en público”, decía. “Vale, puedo esperar”, pensaba yo, porque esa indiferencia era fingida, de eso no me cabía la menor duda.



Yo también notaba su boca segregando más saliva, sus manos contenidas ávidas de piel mía. La atracción es un acuerdo tácito entre dos cuerpos. La razón es un reducto de humanidad que no funciona en estos casos. Pienso, luego desisto. Cuando hay carne de por medio, es mejor rendirse a tiempo. O sea, pronto. A su lado, un amigo. Bajito, atractivo, tatuado entero. Con gafas sin graduar porque es lo que se lleva. Ñam, es mi día de suerte.


Tengo que aclararlo. Nunca fue mi primera intención hacerlo con los dos. Me fui con ellos a su casa y, al llegar, comprobé que dormían en la misma habitación. Fui esclava de mis circunstancias, eso es. “Pero nos va a oír”, le dije al negro de oro, al oro negro que me dijo en el metro que me iban a temblar las piernas cuando entrara en su cama. “Da igual, no creo que le importe”, me contestó. Vale, más que de acuerdo. Yo a esas alturas tenía el coño aplaudiendo más fuerte que un padre en el recital de un colegio.  


Apagó la luz y ya no vi más al negro. Se fundió con la noche y desapareció en la oscuridad de aquel cuarto raquítico. Me absorbieron sus labios inmensos, me abrasaron sus manos de raza superior. Su lengua me atragantaba; sudor, olor, carne, el blanco y el negro fusionándose en esa química imperfecta y maravillosa que marcan dos cuerpos al descubrirse por primera vez. He venido a colonizarte, cuerpo de las tinieblas. Sólo lucho contra una materia abstracta que me azotaba, se escabullía y reaparecía al rato para morderme, chuparme, o agarrarme con rudeza. La dulce violencia del acto amoroso. En ocasiones, pienso en mi madre cuando estoy haciéndolo. “Qué pensaría la pobre”. Con el negro no me acordé: matter fugit. El negro me calcinó el pensamiento.


En un momento, me puse sobre él y sentí a su amigo al lado, en su cama, tan quieto que no se oía ni su respiración. Pero podía notar su presencia y su deseo silencioso de ser también parte de mis partes. Entonces hice lo nunca, dije lo que nunca antes había dicho: “Anda B, ven con nosotros. Sé que te mueres por estar aquí”. Y vino, y nos dijo que ni siquiera se había parado al oírnos follar. Y que sólo me había visto a mí, como una silueta blanca, acaso la Venus de Botticelli, emanando de la nada oscura que se había tragado al negro pero no su polla, que emergía una y otra vez erecta y vibrante. 


Entonces le dije “túmbate” y empecé a chupársela despacio y con amor, con mucho cuidado, gimiendo para que él se excitara aún más. El negro A me humedeció de nuevo con sus dedos, abrió mis piernas y me la fue metiendo mientras estábamos los dos de pie, yo un poco en perpendicular y seguía haciendo que B, su amigo ahora sí bien parado, se integrara en el grupo.



Compartir es vivir. Estoy segura de que la aplicación práctica de este pensamiento haría de este asqueroso mundo un lugar mejor. Juntos los tres fuimos uno, y mientras uno chupaba, el otro metía, y yo me sentí feliz y reina y dueña del mundo. Como el personaje femenino de esa novela de Don Winslow, Salvajes, que tiene la gran suerte de ser amada por dos hombres que, a su vez, se quieren y se defienden juntos de las adversidades. El negro A derramó todo su semen sobre mi espalda. Dulce de chocolate bañándome como si yo fuera un buñuelo. Lista para servir, aunque a este pastel le faltaba todavía la guinda. O la guindilla, que es más picante.


Me limpió devolviéndome a la realidad y tuve que abandonarle para siempre (o eso creía yo, como verás si escribo más capítulos), poniendo en formol ese instante que perdurará siempre en mi memoria. Cuando te recuerde, recorreré África desnuda a lomos de una gacela, atravesaré sus campos y sus poblados para detenerme a orillas del río Ekuku, mientras el sol se pierde a lo lejos dejando rastros de fuego en el cielo. Ahí, en la inmensidad de esa tierra salvaje, pronunciaré tu nombre para que el eco te llegue.


Tierra llamando a Niña Pólvora. Sigo con la historia porque aún no he confesado que a mi me faltaba amar un poquito más a B (siempre me ha gustado ser equitativa). Le cogí de la mano y nos fuimos a su cama. A, mi negro bello, se quedó en la suya mirándonos un poco asombrado, pero generoso. Gracias A por ser tan buen amigo, seguro que el karma te devuelve algún día tan bonito gesto.


Hice el amor con B varias veces. No podía parar de besarle, de tocarle el cuerpo tatuado y un tanto infantil. “¿Por qué has dejado que me fuera con tu amigo si yo también te gustaba?”, le dije. “Tú elegiste así”. Me contestó. “Y ahora te he elegido a ti”, me defendí. Llevé su mano a mi clítoris y le di una lección rápida de cómo excitar a una mujer. ¡Qué pocos saben cómo tocar ese origen del mundo peludo y maravilloso que retrató Courbet en uno de sus cuadros!


B fue un alumno realmente maravilloso y logró durante algunos instantes que mi vagina encharcada ahogara toda la tristeza. Gracias por inundarme las penas, B. 



Y ahora ese dolor recobra fuerza. Quiero verle ya y aún faltan 48 horas para el esperado reencuentro. En dos días voy a verle. A ÉL. La verdadera razón que me ha traído a este país extraño. Menos mal que eres de papel y no puedes juzgarme, querido diario, porque sé lo que me dirías si fueras de carne y hueso. “¿Existe un “ÉL” y acabas de hacer un trío?”. Es lo que parece, amigo mío. Por algo me llaman la Niña Pólvora, pero todo tiene una explicación. R no es mío. Todavía. He venido para convencerle de que estamos destinados a estar juntos.


Pero eso, diario de la Niña Pólvora, ya es otro capítulo.



**


Si te cuesta dormir, entonces estos cuentos eróticos los debes leer antes y así poder conciliar el sueño...


**


Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Claudia de Lima.



REFERENCIAS:
Niña Pólvora

Niña Pólvora


  COMENTARIOS