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Distancia para quedarme

Letras Distancia para quedarme

 

-Los dones que la naturaleza nos brinda, no pueden ser opacados por banalidades de la vida, Carmela.
Eso le decía doña Zeferina a su nieta Carmela una noche mientras preparaba un delicioso y espeso pozol, como le gustaba a su nieta.

El olor llenaba toda la casa mientras Carmela rellenaba una canasta de mimbre con bolillos para la cena y la dejaba encima de la mesa, donde toda las noches compartía la cena con su abuela doña Zefe.

La cena era sagrada, algo así como la hora del té para los ingleses. Durante esas noches, Carmela había conocido a todos sus antepasados por medio de fotos antiguas que su abuela le iba pasando, había aprendido a tejer a la española y a la mexicana, bordar el punto de cruz, separar las yerbas por olores, cocinar hongos silvestres, brebajes para un dolor de panza o veneno de tarántulas… había conocido a sus dos ángeles guardianes: Narcisa y Víctor, sus padres, muertos hacía tanto que ya no recordaba su tacto y tan poco que aún recordaba su olor.

Carmela se había quedado con doña Zefe después de que ellos fallecieran en un accidente y la familia de Víctor tachara de maldita a aquella indefensa niña que ahora tenía casi diez y seis años.

-Sí, tienes razón abuela, ¿pero de qué me sirve un don tan poderoso con un cuerpo tan indeseable para cualquiera?

-No eres indeseable, estás dentro de un proceso, y las cosas que valen la pena comienzan así… por una pendejada, que tu crees que es real.

Carmela se mordió el labio para no rebatir ese argumento y bebió su pozol hasta no dejar una sola gota en el jarro, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla y un ligero sabor a sangre le inundaba el gusto, recordando ese trago amargo del que habían pasado casi tres años.

Era el día de su cumpleaños número trece, se levantó muy temprano con la corazonada de que algo impresionante pasaría, pero su pecho no sabía identificar si sería para bien o para mal. Se vistió deprisa, desayunó su tradicional concha de chocolate con natas frescas y un atole de masa. Llegó a la escuela, entre risas y abrazos una punzada -parecida al dolor de caballo que suele dar por comer o beber y correr demasiado- le dio en el estómago.

Salió de la escuela un poco jorobada por la mochila llena de libros y otro tanto por el dolor, ya sentía más de un estómago dentro, pero ningún dolor podría opacar su felicidad, esa que no sólo era por su cumpleaños, sino porque él, ese niño que le parecía tan hombre, se había acordado de felicitarla.

-Me acordé de cuando íbamos a la primaria, y de que te encantaban, así que te traje estos. Pero no te los comas todos de un jalón: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
Le había dicho Alejandro en medio de una risa nerviosa, mientras ponía en las manos de la chica una bolsa de celofán llena de frutas cristalizadas.

Faltaban dos cuadras y Carmela ya sudaba la gota gorda regañándose a sí misma por haber comido tanto. Sí, tendría que ser eso, un exceso de comida en las tripas de la chiquilla.

Botó la mochila en la alfombra de la sala y se acurrucó en su sillón favorito en posición fetal, ya que de otro modo el dolor era intolerable. Se quedó dormida entre retortijones.

En su sueño hacía mucho calor, de ese que sofoca y hace sudar. Era una colina llena de flores de todos los colores y árboles de frutas; algo como dicen que era el paraíso, pero ella llevaba ropa. Su camisón favorito, ese que sólo se ponía en su casa y cuando sabía que no iba a haber visitas, un poco descolorido después de tantas lavadas y rabón para su cuerpo que en el ultimo año se había desarrollado.

Iba caminando con los pies descalzos sin rumbo, pero todo era tan bonito que daba igual a dónde volteara, aquello no tenía fin, a lo lejos divisó una figura que se movía hacia ella y escuchó un ruido familiar.

Después de forzar sus ojos y aguzar el oído lo vio, con su sonrisa de sandía partida por la mitad y sus cabellos rebeldes siempre sin peinar. Alejandro.

Llevaba la bolsa de celofán, esa misma que en la vida real ella ya había consumido y le volvió a decir el mismo texto, como si fuera un montaje teatral.

– Me acordé de cuando íbamos a la primaria, y de que te encantaban, así que te traje estos, pero no te los comas todos de un jalón: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

A diferencia de lo que pasó en la realidad, ella se aventuró a darle un beso en la mejilla, abrazarlo por el cuello y susurrarle al oído un tímido  “gracias”.

Nada malo podría pasar, nada vergonzoso, pues era un sueño, privado y limitado a unos momentos.

El Alejandro de sus sueños dejó caer la bolsa con dulces y la tomó por la cintura, buscando su boca con los labios entreabiertos, para después besarla apasionada y torpemente. Ella vibraba en medio de sus brazos mientras sus pechos se erizaban sobre el pecho de él, haciendo una fiesta de hormonas, que en medio de ese sueño danzaban a la par de los cuerpos de esos niños – jóvenes que en el mundo real no eran capaces de…eso.

Las flores eran una confortable cama sobre la que Carmela posó su cuerpo denudo a la vista del cielo, las flores, el calor y Alejandro, él a su vez la miró, al principio con timidez y después como si aquella escena hubiera sido el más grande sueño de su vida.

Se recostó en sus senos dejando que todo su cuerpo estuviera en contacto con el de ella para después, muy lentamente, introducir su sexo en el de ella que, con los ojos cerrados sentía miedo -sin saber si era miedo al acto o al placer- se encontraba en ese dilema cuando el dolor apareció. Pero no era entre sus piernas, era más fuerte, más real.

De un empujón llegó a la realidad y se encontró con el horror más grande que había sentido. Recostada en medio de la sala encima de toallas blancas miró a su alrededor para encontrarse con el rostro de su abuela que le decía “No despiertes, no te muevas, ya casi termino”. Consternada intentó levantarse, pero la espina dorsal, que literalmente se le encajaba como un tallo de rosa espinado, no se lo permitió.
Su cabeza se fue de lado y miró una tina llena de telas ensangrentadas, a la par que sentía una punzada más fuerte en el vientre; vio unas tijeras moverse hábilmente y el sonido de algo metálico y fino hundiéndose en un recipiente de cristal.

-Tranquila mi niña, no pasa nada, el dolor es temporal. Vas a estar bien.
Carmela volvió a caer en un sueño anestesiante, donde uno despierta sin recordar nada.

Eran las ocho de la noche cuando volvió en sí, ya estaba en su cama arropada con todos los cojines de la casa y cobijas de a montón; la explicación fue corta y la consecuencia profunda.
-Carmela de mi alma, bienvenida a esta nueva etapa de tu vida… Te volviste mujer y como todas las de esta familia también te convertiste en bruja, ahora tenemos tres años para descubrir tu don, tres años para entrenar tu temple… 
-Abuela, ¿esto es real?
-Es real mijita, fue tu primer periodo que a las brujas nos llega con una gran hemorragia, no todo lo bueno puede ser tan malo…

Carmela no termino de escuchar la última palabra cuando, con toda su fuerza, se quitó de encima las mantas para descubrir un cuerpo ajeno, un cuerpo raro, un cuerpo feo… era ella pero con un vientre abultado, grande, maleable. Era ella, pero rapada por el hocico de un burro, era ella, pero a la vez no.

-La familia de tu padre te llam maldita porque sabía de dónde venía tu madre, somos una familia de purititas mujeres, todas brujas sin excepción, ellos sabían que esto pasaría, a los trece años exactos. La luna se te viene encima, te guarda en un capullo para que estés solo concentrada en aprender, son tres años de ese cuerpo, sólo tres.

-Maldita… y en verdad lo soy, tres años…

-Carmela, no maldigas porque no desaparecerá en tres años, puedes no salir de la casa si te place, aunque seguro Alejandro vendrá a verte… lo llamaste en sueños.

Carmela no volvió a la escuela, todos decían que tenía algo muy contagioso y en un pueblo tan pequeño eso bastaba para no recibir visitas nunca más; los sueño siguieron y fueron su deleite personal e íntimo, su consuelo, su sostén al contar cada uno de los días que faltaban para dejar de ser esa cosa que miraba en el espejo, muy buena alumna y aprendiz de doña Zefe.

Al siguiente año no tenía ganas de festejar su cumpleaños, se recostó en la sala a leer cuando un toquido se escuchó en la ventana, se levantó y vio un sobre que alguien había pasado por debajo de la puerta. Lo abrió y con asombro encontró un dibujo hermoso, se trataba de su paraíso, su sueño, su espacio, el dibujo venía firmado por Alejandro, acompañado de una nota que rezaba: “Feliz cumpleaños. Te extraño”

Al año siguiente ocurrió lo mismo, el dibujo ya era mucho mas detallado y la nota mas extensa: “Feliz cumpleaños, este año no solo te extraño, te necesito”

-Carmela, ¿sigues aquí?
-Si, abuela perdón, ¿me puedo servir otra taza?
-Claro mi niña, hoy es tu última noche de “maldita” como dices tú, haz lo que quieras. Mañana será un gran día.

Carmela rió, al día siguiente se cumplirían tres años y para ella lo más importante era escuchar ese toquido en la ventana, este año sí saldría, ella también lo necesitaba a él.



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